Opinión

La conjura de postal

En Pamplona volvió el Real Madrid convaleciente, sin ideas, carente de lectura de juego...

JAVIER GANDUL
Colaborador Diario As
Actualizado a

Se van a cumplir dos semanas desde que los jugadores del Real Madrid quedaron en un restaurante para cenar y los medios de comunicación se pusieron de acuerdo en calificar el encuentro como ‘conjura’. Al parecer se habían mirado a los ojos los unos a otros y puesto de acuerdo en que había que dar un golpe encima de la mesa, dejarse de caritas, lloros y quejas y comprometerse más. El efecto inmediato fue la recuperación del liderato después de un partido serio ante la Real Sociedad y el pinchazo del Barça en Girona, pero como las pastillas efervescentes que se diluyen en el agua y alivian en un pispás los síntomas del resfriado, la tos ha vuelto y la enfermedad persiste. La conjura fue de postal.

En Pamplona volvió el Madrid convaleciente, el que no tiene ni ideas, carece de lectura de juego, se abstiene de la presión, le cuesta un mundo ganar duelos individuales y sin ritmo, carácter, jerarquía, ambición ni agresividad, se deja llevar y lo apuesta todo al talento individual. Es decir, a que pare Courtois y marquen Mbappé o Vinicius. El Madrid se dejó el liderato como quien se olvida las llaves de casa: sin pensar.

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Arbeloa tampoco ayudó con los cambios y por una vez se dejó de frases de libros de autoayuda de criptobros para admitir lo que todo el mundo había podido ver: que jugaron mal. No sirve de consuelo, sobre todo porque se intuía que salvo catástrofe el Barça no iba a pinchar en casa ante el Levante, pero el técnico ya lleva el tiempo suficiente sentándose en el banquillo como para que se note en algo. Y nada, que no hay manera. Las excepciones fueron los partidos ante el Villarreal o la Real, pero la constante es la indolencia y el juego mediocre, así que a la afición, que está deseando enchufarse con el equipo, no le queda más remedio que resoplar y esperar que vuelvan a reunirse para compartir mesa y mantel en un restaurante exclusivo, en el comedor de Valdebebas o en alguno de sus casoplones y se conjuren de nuevo. Y si no es mucho pedir, que esta vez no sea un postureo.

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