Alberola, un ‘¡Tozudo!’ que merece más
Imaginaos por un momento en un día rutinario de trabajo. Y a partir de ahí, que debéis emplearos en la oficina ante vuestros jefes y compañeros de siempre con alguna diferencia a la norma establecida. Os desplazáis de despacho en despacho sin quitaros el pesado abrigo. Deambuláis con los bolsillos cargados con la correspondencia del buzón de casa que no os ha dado tiempo a abrir. Aún lucís el lanyard del festival heavy-metal al que asististeis el sábado. Lleváis la tartera en una mano y el móvil en la otra porque, mientras tecleáis, seguís conectados a la reunión online con la profesora de vuestro hijo más gamberro.
Ahora, por unos instantes, visualizaros en un día de playa. En el cuello tu toalla, la de tu pareja y las de los tres retoños con ánimos de guerra. Colgando de un brazo tienes alguna que otra hamaca. En la libre, la nevera. Y en la chepa, cual costalero, una mochila de montañero equipada con los bañadores de la familia numerosa y hasta de la suegra, con los bronceadores, el AS, el Hola, los videojuegos, las palas, el cubo y el rastrillo por si al personal le da por construir castillos. Y hasta con un paraguas, porque puestos a imaginar, andáis por el norte y nunca se sabe con las galernas.
Así es como están obligando a ejercer su profesión a los colegiados. Vi la final de Copa con el corazón en un puño. Y no por ser del Atlético o de la Real Sociedad, ni por el hecho de que Javier Alberola Rojas sea paisano. Sino por temor a que en algún momento nuestra bandera de La Mancha, ese espigado juez tan rubio, descarrilara como un tren de mercancías. Por si fuera poco cargar con la presión que ya llevan en los hombros, con la impopularidad general que existe respecto a los árbitros, el estrés al que le han sometido en los últimos años con el Caso Negreira y en los últimos días el madridismo que se resigna a mirar donde debe, va la Federación e innova con su mejor intención. La cámara que le puso colgada de la oreja, en connivencia con el CTA y LaLiga, es una cruz en toda regla. No descarto que, por el peso soportado, pronto deambulen por el campo en patinete eléctrico.
Recuerdo, para el que no lo sepa y por aportar contexto a este innovador paso (RefCam) en busca de la mejora del producto audiovisual, que los colegiados ya llevan encima un atuendo que, de por sí, es diferente al de todos los demás protagonistas de un partido. Para empezar, no pueden llevar la camiseta por fuera del pantalón como puso de moda Sanchis. Ni bajarse las medias como hacía Gordillo y ahora todo el mundo imita. Ni, mucho menos, poder agujerearlas para liberar esos gemelos. Los partidos de 120 minutos como el de La Cartuja son iguales para todos. Menos mal que aún quedan caballeros como Rodrigo, cuyo outfit siempre es solidario con este gremio.
Además, los trencillas a veces llevan su pulsómetro, y en algunos bolos hasta se permiten el lujo de incorporar el chaleco que también portan los futbolistas y que miden cada paso y gesto con científica precisión para su estudio. Luego, como complemento, añaden un reloj o relojes, que los hay maniacos y supersticiosos, o simplemente precavidos por si a uno se le para el cronómetro. Añadan a ello un silbato con su cuerda, las tarjetas —una roja y otra amarilla—, una libreta más un bolígrafo para apuntar matrículas y los auriculares con su correspondiente alimentador para estar debidamente conectados con los asistentes y la sala VOR. Para colmo, han unido en los últimos tiempos a este completo disfraz un espray, junto a su estacionamiento incorporado en la espalda, para marcar con precisión la distancia en las barreras. Normal que algunos, sobre todo en los 90′, llevarán muñequeras para absorber tanto sudor. Un árbitro es lo más parecido a ese carrito en el que hay de todo en las ferias y del que alguien tira con la esperanza de que le vayan comprando piezas.
Choca y duele verles así, cuando en el fútbol profesional, al que pertenecen y del que son una parte fundamental, camina en sentido radicalmente opuesto. Los jugadores ya no llevan botas pesadas como antes. Lo de ahora son casi calcetines, muy livianos, con tacos más afilados y menos bastos. Las espinilleras de ayer, que en algunos casos cubrían tibia y gemelo, son hoy pequeños trozos de cartón para regatear el reglamento, como el que conduce a 121 kilómetros por hora o se toma las cervezas previas con limón. Las medias se pueden hacer trizas con el fin de liberar las canillas. Y las zamarras están hechas con tejidos de última generación para que pesen lo mínimo al mojarse y sean una segunda piel. Al no jugar ya con camisetas interiores ni calzoncillos Abanderado, y al no poder cargar con anillos, sellos, pulseras ni la Cruz de Caravaca, los jugadores hoy vuelan mientras los colegiados parecen un bazar. Pronto les incorporarán gafas en 3D o, vete tú a saber, cupones de la Bonoloto o décimos de Navidad.
Es curioso cuando alguien quiere empoderar a los árbitros y pide que hay que tratarles como deportistas más que agentes. Pero para cambiar esa visión mejor sería arrancar por el principio. Son personas y se muestran al mundo como mulas. Evocan a ese juego que nos regalaban de pequeños, el ¡Tozudo! Vamos añadiéndoles año a año piezas hasta que, agotados por un cargamento que ya va al límite con tantas quejas, insultos y desprecios, acaben haciendo saltar todo por los aires. Al menos, todos los periódicos deberían haber contrarrestado ese sufrimiento con otro par de fotos de su partidazo en Sevilla y en las tertulias, qué costaba, haber regalado algún que otro elogio más. Marrero fue el héroe. Y Koke estuvo de sobresaliente. Pero lo de Alberola y sus asistentes fue digno de resaltar y para que la UEFA, FIFA y compañía, de una vez, les dé el sitio en el mundo que ya se han ganado.
¡Tus opiniones importan! Comenta en los artículos y suscríbete gratis a nuestra newsletter y a las alertas informativas en la App o el canal de WhatsApp. ¿Buscas licenciar contenido? Haz clic aquí