Culpar a Camavinga es indecente
Algunos quieren hacer del centrocampista el árbol que esconde el bosque de mediocridad de otros. Y son muchos, y más famosos.

Pasan los días y el partido del miércoles en Múnich sigue desarrollándose en mi cabeza. No consigo deshacerme de esa certeza de que el Madrid iba a clasificarse para la semifinal de la Champions, a pesar de la evidencia de que el Bayern tenía mejor equipo y mejor juego. Nos robaron, a todos los amantes del fútbol, sea cual sea nuestro club de corazón, la oportunidad de vivir una prórroga histórica. Por supuesto que, delante de mi televisor en París, llamé de todo a Eduardo Camavinga cuando cometió la estupidez de retener la pelota y de darle la ocasión al árbitro de sacar una dolorosa e incomprensible tarjeta roja. Mi reacción fue epidérmica y, en aquel instante, quise poner a mi compatriota en el primer puesto de la lista de los que deben salir del Madrid a final de temporada.
Sin embargo, después de unas horas, y viendo y escuchando los violentos ataques a Camavinga que prosperan en la prensa y en el mundillo madridista, pienso necesario defenderlo con contundencia. Un futbolista no puede ser la única cabeza de turco y un error puntual no puede ser la razón del fracaso de todo un club. Es injusto y ridículo. Demasiado fácil. Algunos quieren hacer del centrocampista el árbol que esconde el bosque de mediocridad de otros. Y son muchos, y más famosos. Y cobran más. Empezando, por ejemplo, por Vinicius Junior y Trent Alexander-Arnold.
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