El contexto llena de gloria a la Real y pierde al Atleti
En el trance decisivo, bailó Marrero y se plegó Musso. La jerarquía invertida durante toda la noche en una final que alcanzó un clímax emocional extraordinario, superior a cualquier razonamiento táctico.


Las finales de Copa son otra cosa, ajenas a veces a la teórica superioridad futbolística de uno u otro y predispuestas a la emoción y las alternativas. No lo fue menos el envite entre el Atlético y la Real Sociedad, que tuvo un ganador, aunque bien pudo haber sido el otro. Un duelo fantástico que llevó el suspense hasta el final y coronó a los de Matarazzo. Nadie le podrá negar su mérito.
Empezar perdiendo la final nada más salir del vestuario nunca es un buen presagio. Eso le sucedió al Atlético, víctima de la relajación en una jugada que dictaminó que el partido le venía de nalgas. Guedes y Barrene, dos extremos de absolutas credenciales, fabricaron el gol con la colaboración de Nahuel, Giuliano, Ruggeri y Musso. Cuádruple error para tambalearse desde el principio, y más si cabe con la pretensión de Simeone de no verse acogotado por las transiciones de la Real.
Matarazzo quiso que su equipo se desempeñara desde la verticalidad. Como objetivo no sonaba mal, pero bien le hubiera venido ser capaz de tener más el balón. Pese a que Oyarzabal siempre aparece en los momentos de enjundia y en Sevilla se impuso a Koke, Le Normand y Pubill, la Real vivió encorsetada. Guedes sí explotó la espalda de Nahuel, aunque el centro del campo realista nunca se sacudió el dominio rojiblanco. Extrañó que Sucic acabara el encuentro cuando pidió casi ser el primer cambio.
La búsqueda de Lookman se convirtió en el principal activo ofensivo del Atlético. Fue una estrategia diseñada con cambios de orientación para que el nigeriano se la jugara en el uno contra uno ante Aramburu. El empate tuvo su firma, aunque el origen fuera distinto. La aparición de Julián entre líneas, que castigó siempre así a la Real, derivó en la presencia de Lookman en el área y en una definición de altura con la izquierda. A partir de ahí el duelo se sosegó hasta que la Real hizo fortuna en el balón parado.
El contexto perdía y perdió al Atlético. Matarazzo mandó a la Real establecerse en un bloque muy bajo tras el descanso, sabiendo de las dificultades rojiblancas para desacoplar a rivales con ese traje. La cuestión es que lo hizo muy pronto y obligó a sus jugadores a emprender un ejercicio de supervivencia al límite. Pareció no contar con el volumen en los cambios de un Atlético que agradeció la contribución de Nico, Sorloth, Baena, Almada y Cardoso, además del paso de Llorente al lateral. Con Koke como maestro de ceremonias, el Atlético tejió asociaciones interiores, abrió bien el campo y cargó la zona de finalización ante un inmenso Jon Martín. Durante mucho tiempo, solo se jugó en un campo, escenario que se agravó con la sustitución obligada de Oyarzabal y la rebatible de Guedes. Matarazzo solo quería defender.
El cañón de Julián se encargó de poner justicia. Las estrellas tienen ese talento. La influencia del argentino se escenificó en su movilidad y habilidad para aparecer en zonas de confusión para una Real Sociedad muy hundida. Estuvo muy suelto en lugares que le vienen de perlas. A través de sus apariciones, el Atlético pudo evitarse una prórroga en la que la Real espabiló y desplazó sus complejos. Kubo fue decisivo para recomponer el guion, junto a Pablo Marín y Oskarsson, que conoció en primera persona el motor corrector de Marcos Llorente.
En definitiva, dos equipos cuya dignidad resultó impecable y que acumularon un desgaste físico fuera de lo común se reservaban los penaltis como método de desequilibrio. En el trance decisivo, bailó Marrero y se plegó Musso. La jerarquía invertida durante toda la noche en una final que alcanzó un clímax emocional extraordinario, superior a cualquier razonamiento táctico. Que los hubo, pero el fútbol también es eso.
Enjaulada

La Real Sociedad defiende por acumulación con diez de sus once jugadores metidos en el área. Julián se libera en la frontal y tira de recurso de élite para maravillar en el 2-2. Koke y Baena, otras opciones de remate.
Avispado

Carlos Soler se da prisa para ejecutar el balón parado y descolocar al Atlético. El desmarque de Guedes estaba dibujado en la pizarra. Giuliano reacciona tarde, el bloqueo de Sucic ayuda y Musso sale a destiempo para hacer penalti.
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