NBA

El puñetazo que cambió la NBA

El 9 de diciembre de 1977, Kermit Washington agredió en pleno partido a Rudy Tomjanovich. Una acción que pudo ser trágica y que marcó un antes y un después.

Bettmann
Redactor Jefe de la sección de Baloncesto
Nació en Haro (La Rioja) en 1978. Se licenció en periodismo por la Universidad Pontificia de Salamanca. En 2006 llegó a AS a través de AS.com. Por entonces el baloncesto, sobre todo la NBA, ya era su gran pasión y pasó a trabajar en esta área en 2014. Poco después se convirtió en jefe de sección y en 2023 pasó a ser redactor jefe.
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Los médicos dijeron que se habían enfrentado a casos con mejor pinta que aquel y que “no habían salido adelante”. Y comparaban las heridas con las que produce en un rostro el impacto a toda potencia de un bate béisbol. O un accidente de coche a 80 por hora. Kareem Abdul-Jabbar recordaba que había sonado “como si un melón reventara contra el suelo” y Thomas Bonk, periodista de Houston, que lo que llegó a sus oídos no podía diferir mucho de cómo tenía que ser el sonido de un disparo, “cuando una bala penetra en un cráneo”. Fue un puñetazo, pero uno tan violento, tan impactante y tan trascendente para el deporte estadounidense, que acabó teniendo nombre propio: The Punch. Sucedió el 9 de diciembre de 1977, en el Forum de los Lakers, todavía aquel fabuloso Forum que no conseguía acaparar la vida social de Hollywood pero que estaba a punto de hacerlo: Magic Johnson llegó a L.A. menos de dos años después. Y fue en un Lakers-Rockets que acabaron ganando, aunque ni siquiera quienes estaban allí lo recordaban después con seguridad, los visitantes (105-116).

Sucedió así: en el inicio del tercer cuarto y con los Rockets ligeramente por delante, Kareem falló uno de sus inolvidables ganchos y Kevin Kunnert, un 2,13 en formato tronco, cogió el rebote y, como hacían los pívots de la época, soltó rápido la bola para iniciar la transición al ataque. Kermit Washington, el cuatro en versión bulldog de los Lakers, el protector de Kareem Abdul-Jabbar (por entonces, los pívots estrella tenían un ala-pívot que les hacía el trabajo sucio… en todos los sentidos), agarró a Kunnert, una acción también habitual en tiempos en los que no había tercer árbitro (llegó justo después, otra consecuencia de The Punch) y los otros dos corrían ya hacia el otro lado de la pista, siguiendo la jugada. Kunnert se intentó quitar de encima a Washington, según a quién preguntes con un codazo poco trascendente o con un puñetazo más agresivo, y comenzó una tangana en la que Kareem, él siempre dijo que sin otro ánimo que evitar males mayores, sujetó a Kunnert de tal forma que le acabó dejando indefenso ante los golpes de Washington. Rudy Tomjanovich, alero all star de los Rockets, aceleró para poner paz. Washington solo vio un rival que llegaba por su espalda a toda velocidad y lanzó un puñetazo mientras se giraba que impactó de lleno en el rostro de Tomjanovich, que cayó fulminado, propulsado hacia atrás. En el suelo, su cuerpo se puso en posición fetal mientras todo se llenaba de sangre.

David Stern, que todavía no era comisionado pero ya trabajaba muy cerca del por entonces mandamás, Larry O’Brien, reconoció siempre que aquella jugada cambió definitivamente las reglas, desde entonces mucho más duras, para controlar las peleas en la NBA. Llovía sobre mojado. La temporada anterior había habido durante la regular season 41 peleas que habían acabado con al menos una expulsión. Para colmo, el segundo partido de las Finales acabó con una tangana muy violenta, con Darryl Dawkins (Sixers) y Maurice Lucas (Trail Blazers) como principales protagonistas. Costó separar a dos jugadores tan fuertes, y no se pudo controlar a familiares y amigos de Dawkins, que se metieron en el ajo. Desde luego, una pésima óptica para una liga muy preocupada por su imagen pública, lejos de un momento ideal. Después de aquel lío en el día en el que los Sixers se pusieron 2-0, los Blazers de Bill Walton remontaron, ganaron 2-4, firmaron una de las mayores sorpresas de la historia de las Finales y activaron la blazermania.

Cuando CBS cortó la emisión nada más acabar el sexto y definitivo partido para emitir golf (eran otros tiempos), en Portland no sentó precisamente bien y el narrador Brent Musburger, el rostro más reconocible de la cadena sobre el terreno, tuvo que ser escoltado por la policía, increpado por aficionados furiosos en su salida del pabellón e incluso en su llegada al aeropuerto. Más carburante para los que pensaban que, efectivamente, la NBA se estaba volviendo demasiado violenta. Aquel verano, el comisionado Larry O’Brien, con Stern a su lado, decidió junto a las franquicias cambiar las normas. Hasta entonces, la máxima sanción por una pelea era de 500 dólares y cinco partidos sin empleo y sueldo. Desde ese punto, la multa económica podía llegar a 10.000 dólares y los jugadores podrían ser apartados, sin empleo y sueldo, de manera indefinida. “Había que dejar claro que ciertas cosas no podían ser tolerables, parar las cosas antes de que empeoraran”, dijo Stern, que ascendió a comisionado en 1984.

Tomjanovich pudo morir aquella noche en el Forum. Y eso, ya no había duda, era lo que pasaba cuando jugadores tan fuertes y tan grandes soltaban golpes sin ningún control. En la NFL, había al menos cascos y protecciones; en la NHL, el hielo no permitía una posición estable para golpear con toda la fuerza posible. En la NBA no había ni cascos ni hielo… y los jugadores eran cada vez más grandes y más musculados. ¿Qué habría polémicas y suspicacias por sancionar a jugadores que salían del banquillo solo para separar a compañeros? Que así fuera. La alternativa era peor. Palabra de Stern: “Por trágico y desafortunado que fuera aquel incidente, dio sentido a lo que ya decíamos entonces de la capacidad que tenían nuestros jugadores para hacerse daño. Desde entonces, no se puede hablar de violencia en el deporte, en ninguno, sin citar lo que pasó entre Rudy y Kermit. Cristalizó aquellos pensamientos, les dio foco, quedó fijado en la mente de todos los deportistas como una demostración de lo que podía llegar a pasar”.

Washington se llevó la multa de 10.000 dólares, un tercio de su sueldo, y una suspensión de 60 días sin empleo y sueldo que, en la práctica, acabó con su etapa en los Lakers. Un castigo por entonces ejemplar, la mayor sanción hasta la fecha por una pelea en la NBA, para un jugador que quedó estigmatizado y que se convirtió en un problema de imagen para su equipo. A los dieciocho días, de hecho, ya había sido traspasado a los Celtics. Red Auerbach le conocía porque se había criado en la capital, donde el mítico hombre fuerte de los Celtics controlaba todo lo que pasaba. Sabía que Washington era un buen tipo que había tenido un mal (pésimo) momento, y aprovechó la ocasión para convencer al propietario de los Celtics de que sellara un pacto rápido entre jefazos. Jerry West, que entonces entrenaba a los Lakers, se llevó las manos a la cabeza. Seguía contando con Washington como protector de Kareem y, además, sintió que el equipo no había estado a la altura y había dejado que su jugador quedara expuesto públicamente, apenas defendido por los suyos.

Un desastre que dio la vuelta a EE UU

Veía la jugada y me veía en ella, pero era como si no fuera a mí a quien veía”, dijo años después un Washington que recuerda la espantosa imagen que devolvía la televisión: “Ni Hollywood podría haber hecho que pareciera un monstruo más horrible”. La acción recorrió América en tiempos en los que no existían los highlights, como un embrión de lo viral. La NBA, que no llegaba a muchas casas, se coló en los resúmenes de la NFL, en los informativos más allá de la sección de deportes, y hasta en los sketches del sacrosanto Saturday Night Live. Washington quedó retratado como un tipo horrible y violento, enzarzado para colmo con jugadores blancos (Kunnert, Tomjanovich) en una época de tremenda brecha racial a medida que la NBA se convertía en una competición cada vez más obviamente afroamericana. Con horribles dolores de crecimiento, problemas para llenar los pabellones y en una profunda crisis de imagen, la NBA también vio a Washington como un incordio pero, sobre todo, como alguien con quien dar ejemplo de una vez por todas.

Meses antes, de hecho, la temporada de los Lakers había comenzado torcida cuando Kareem se rompió una mano por darle un tremendo puñetazo en el estómago a Kent Benson, rookie de los Bucks, en el primer partido del curso. Como se perdió veinte partidos por la fractura de la mano, la NBA no sancionó más allá a Kareem. Así que hacía falta otro sobre quien pontificar. Y volvió a tocar en unos Lakers que no ganaban para sustos en su intento de enderezar su camino en los extraños años que separaron el anillo de 1972 del de 1980. Jerry West y Wilt Chamberlain de Magic Johnson y Kareem Abdul-Jabbar.

La peor parte fue para Tomjanovich, claro. Un jugador que en todos los pabellones miraba el techo para ver cómo estaban anclados los marcadores electrónicos porque no se fiaban de aquellos cacharros y pensaba que cualquier día le caería uno en la cabeza a alguien. Y, así lo recuerda el excelente libro de John Feinstein (un clásico de la literatura NBA: The Punch, One Night, Two Lives, and the Fight That Changed Basketball Forever), eso fue lo que pensó que le había pasado, que el marcador se había desplomado sobre él. No recordaba nada más allá de que corría hacia el conato de trifulca.. y oscuridad. Lo siguiente fue despertar en el suelo y alarmarse, poco a poco, al ver las caras de espanto que se iba encontrando en su camino hacia el vestuario. Por entonces, creía que podría volver al partido. No mucho después, estaba en la UCI. El doctor Paul Toffel le dijo que se olvidara de jugar, que no lo haría como mínimo en aquella temporada, y que se preocupara “de salir de esa”. Literalmente: “Tienes que resistir 48 horas, confiar en ir avanzando”. Tomjanovich no solo tenía fracturados el cráneo, la mandíbula y el tabique nasal, además de la obvia conmoción cerebral. Había más: notado un sabor amargo en la garganta que provenía de la pérdida de líquido espinal que se estaba filtrando, gota a gota, hacia su boca.

Lo siguiente fueron varias intervenciones quirúrgicas muy complejas, en las que los médicos dijeron que creían estar recomponiendo una cáscara de huevo rota con cinta adhesiva. También operaciones de estética. Y un periodo muy duro de recuperación física y emocional para un jugador que, con más de 21 puntos de media, marchaba embalado hacia su quinto all star. Tomjanovich es recordado, sobre todo, por sus años como entrenador en los Rockets, cuando ganó dos anillos con Hakeem Olajuwon como estandarte (1994 y 1995) y proclamó aquel inolvidable “nunca subestimes el corazón de un campeón” tras el increíble camino, siempre cuesta arriba, hacia el segundo de esos títulos. También llevó al oro olímpico al Team USA en Sidney 2000. Pero antes fue un excelente jugador, tirador fino y anotador masivo elegido con el número 2 del draft de 1970. Por detrás de Bob Lanier pero por delante de, nada menos, Pete Maravich, Dave Cowens, Geoff Petrie, Calvin Murphy, Nate Archibald…

Rudy who?” se preguntaba la prensa de San Diego, enfadada con una elección que acabó siendo certera. Tomjanovich formó parte del núcleo duro que viajo de California a Houston en 1971. Y era uno de los pilares de un equipo que apuntaba muy alto hasta que aquel desastre, The Punch, trastocó su temporada. Los Rockets venían de caer en la final de Conferencia y eran un proyecto al alza, lleno de posibilidades: Tomjanovich, Calvin Murphy, Moses Malone, John Lucas…

Tomjanovic solo jugó tres años más (fue all star en 1979, la quinta vez que se había escapado un año antes) y se retiró. Su número 45 está en el techo del pabellón de unos Rockets con los que solo han sumado más puntos Calvin Murphy, Hakeem Olajuwon y James Harden. Después llegó su inolvidable etapa como entrenador, problemas con la bebida que pudo dejar atrás, un cáncer de vejiga… una trayectoria excepcional que quedó marcada por un instante, una jugada, The Punch, que unió para siempre su destino al de un Kermit Washington que sintió después que el baloncesto le cerró muchas puertas, el estigma del peor día de su vida. Y que después, para colmo, acabó condenado a seis años de cárcel por desviar dinero de causas benéficas para fines personales. En 2022 salió de prisión.

Antes, como jugador, había sido un trabajador con poco talento que se había ganado su hueco a base de mucho esfuerzo y de poner músculo y energía en las pistas. Primero en la American University de Washington, a la que llegó (un sueño para un chico criado en condiciones muy difíciles) como una apuesta de perfil bajo y de la que salió como número 5 del draft de 1973. Después de unos primeros años difíciles en la NBA, aquella temporada 1977-78 estaba siendo la mejor de su carrera, feliz al lado de un Kareem que había sido su ídolo y muy mejorado tras un verano de mucho trabajo con el que pulió lo justo su juego de ataque y convenció a Jerry West de que merecía otra oportunidad en lugar de un traspaso que parecía cantado. Cuando mejor iba todo, llegó aquel Lakers-Rockets del 9 de diciembre, un error colosal que puso acabar en tragedia y una imagen, The Punch, que marcó a la NBA y cambió la forma de legislas y castigar las peleas en las canchas. Para siempre.

Y marcó a Washington, que nunca dejó de pensar que hiciera lo que hiciera, sería recordado solo por el puñetazo, por la agresión que, pasaran los años que pasaran, reaparecía en las televisiones, el contexto inevitable, cada vez que había una pelea seria en el deporte profesionales estadounidense. Y que formaba parte de todos los perfiles de Tomjanovich que se escribieron emitieron cuando este hizo campeones a los Rockets y se convirtió en seleccionador de Estados Unidos. Y en miembro del Hall of Fame, en 2021, cuando Washington cumplía su condena de cárcel por defraudar con sus impuestos y desviar para gastos personales dinero recaudado, su gran obra fuera de las pistas también quedó así manchada para siempre, para fines benéficos en África. Después de un cierto éxito como locutor de radio junto a Mychal Thompson en el área de Portland, naufragó en sus negocios, se divorció y acabó obsesionado con un regreso a la NBA como entrenador asistente que nunca se materializó.

Según él, porque nadie quería cargar con la hipoteca que suponía tener alrededor al jugador que pegó a Tomjanovich. Por eso, y después de incluso someterse a un polígrafo para demostrar que su versión era correcta antes de contar su historia en un artículo para el New York Times, acabó pidiendo cinco millones de dólares a la NBA, de la que no recibió absolutamente nada y a la que acusaba de apartarlo y estigmatizarlo, de haberlo convertido en la imagen de unos problemas que así dejaron de señalar a la propia liga.

En el verano 1979, después del regreso a las canchas de Tomjanovich, que se negó a que ambos se dieran la mano de forma simbólica antes del primer partido en el que se volvieron a encontrar (un Rockets-Clippers en Houston), Washington vivió mortificado las dos semanas de juicio en la que el demandado no era él sino los Lakers, a los que se acusaba de no haber podido controlar, entrenar o manejar a un jugador que, aunque no tendría que cargar con la pena económica, se sentía como poco más que un animal, un instrumento sin voluntad propia. El acuerdo se cerró con dos millones de dólares, una barbaridad entonces, para Tomjanovich, al que miembros del jurado pidieron autógrafos en los documentos oficiales del caso y cuya carrera, según los tribunales, había quedado ineludiblemente marcada por el puñetazo, The Punch. En el momento de la pelea y después: se retiró en 1981, cuando tendría que haber tenido, todavía (33 años), mucha carrera por delante. La acabó teniendo, por suerte y con un éxito que lo convirtió definiivamente en leyenda, en los banquillos.

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