Rompiendo el armario: la lucha contra la homofobia en el fútbol
En España y en el resto del mundo, miles de personas LGTBIQ+ siguen enfrentando insultos, agresiones, invisibilidad y miedo, simplemente por ser quienes son.
El fútbol es mucho más que un deporte. Es pasión, identidad, comunidad. Pero también, lamentablemente, un espacio donde la discriminación sigue encontrando terreno fértil. La homofobia en el fútbol, tanto profesional como amateur, sigue siendo una realidad silenciada en muchos contextos. En España y en el resto del mundo, miles de personas LGTBIQ+ siguen enfrentando insultos, agresiones, invisibilidad y miedo, simplemente por ser quienes son. El 28 de junio es el día del orgullo LGTBIQ+ y un buen momento para repasar la situación a día de hoy.
En los estadios españoles, los cánticos homófobos continúan siendo habituales. Insultos como “maricón” se oyen desde las gradas sin que, en muchas ocasiones, se tomen medidas efectivas por parte de las autoridades deportivas. Si bien la Real Federación Española de Fútbol (RFEF) y LaLiga han manifestado su compromiso contra la discriminación, los mecanismos actuales de denuncia y sanción son claramente insuficientes. La mayoría de los insultos pasan desapercibidos, sin investigación ni sanción, perpetuando la idea de que este tipo de violencia verbal forma parte del “folklore” del fútbol. Algo estamos haciendo mal cuando asistimos con normalidad a este tipo de agresiones verbales discriminatorias.
Además, la invisibilidad de futbolistas profesionales abiertamente LGTBIQ+ en el fútbol masculino español es un síntoma alarmante, algo que no ocurre en el fútbol femenino. A día de hoy, ningún jugador de Primera División ha salido públicamente del armario durante su carrera activa. El miedo a represalias, pérdida de patrocinadores o rechazo del vestuario y de la afición sigue siendo un muro infranqueable. Esta ausencia refuerza estereotipos y deja a jóvenes LGTBIQ+ sin referentes claros en el deporte más popular del país.
A nivel internacional, el panorama no es muy distinto, aunque hay señales esperanzadoras. En 2021, el jugador australiano Josh Cavallo se convirtió en el primer futbolista profesional en activo en declarar abiertamente su homosexualidad, una decisión valiente que fue recibida con apoyo global, pero también con amenazas homófobas. En 2023, el checo Jakub Jankto también dio un paso adelante. Estos gestos son vitales para visibilizar la diversidad sexual y romper con el estigma. Sin embargo, no podemos poner toda la responsabilidad de dar este importante paso a jugadores LGTBIQ+ si la sociedad no cambia.
Instituciones internacionales, como la FIFA y la UEFA, han lanzado campañas contra la homofobia y por la inclusión. Sin embargo, las acciones concretas siguen siendo insuficientes, especialmente cuando se celebran grandes torneos en países donde la homosexualidad está criminalizada o socialmente perseguida. El Mundial de Qatar 2022 fue un ejemplo claro de esta incoherencia: mientras se promovían mensajes de “inclusión”, los derechos LGTBIQ+ eran severamente restringidos en el país anfitrión. El propio Josh Cavallo llegó a afirmar que no se sentiría seguro en Qatar.
A pesar de todo, hay avances que merecen ser celebrados. Cada vez más clubes, sobre todo en ligas femeninas o en categorías inferiores, impulsan políticas activas contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género. Iniciativas como la del Rayo Vallecano, con su equipo LGTBIQ+ inclusivo, campañas educativas en escuelas de fútbol base o declaraciones como las del delantero internacional del Celta de Vigo, Borja Iglesias, a favor de la igualdad, marcan el camino hacia un cambio cultural.
El papel de las aficiones también está evolucionando. Grupos organizados de hinchas están empezando a plantar cara a la homofobia, denunciando cánticos discriminatorios y creando espacios seguros dentro de las gradas. Las redes sociales han sido clave para visibilizar estos movimientos y para exigir rendición de cuentas.
Desde Amnistía Internacional, recordamos que los derechos humanos no se detienen en la línea de banda. El césped no es solo un terreno en disputa para el balón. Exigimos a las instituciones deportivas que adopten protocolos claros, sanciones efectivas y campañas de sensibilización continuadas. El fútbol debe ser un espacio donde todas las personas, sin importar a quién amen o cómo se identifiquen, puedan disfrutar, competir y soñar en libertad.
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El silencio, en este caso, no es neutral: perpetúa la discriminación. Hablar, actuar y transformar el fútbol es urgente. Porque ningún gol vale más que la dignidad humana.
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