¿Quién vigila al vigilante?
Los errores arbitrales se ceban con la Real Sociedad en los últimos partidos.
La sensación de injusticia en el entorno de la Real Sociedad ha pasado de la perplejidad a una indignación difícil de contener tras lo visto en los últimos partidos. El goteo de errores arbitrales en este mes de febrero describe un escenario donde el club txuri-urdin parece estar peleando contra los elementos más que contra sus rivales. Todo estalló en el derbi con la expulsión de Brais Méndez, un castigo excesivo por una acción que el VAR no quiso corregir, sumado a una mano flagrante de Aymeric Laporte tras un cabezazo de Duje Ćaleta-Car que se quedó sin castigo.
El ‘vía crucis’ continuó en el Bernabéu, donde Jon Aramburu sufrió el rigor de un criterio que castigó con dos penaltis sobre Vinícius, en los que el brasileño se estaba cayendo ya antes de que el venezolano le hubiera apenas rozado. La gota que colmó el vaso llegó este sábado en Anoeta, cuando Munuera Montero ni siquiera amonestó a Eric Bailly tras un derribo clarísimo sobre Mikel Oyarzabal siendo el último hombre; un agravio que dolió el doble cuando el propio central del Oviedo acabó firmando el empate en el descuento.
Esta sucesión de atropellos deja en evidencia la ineficacia de un sistema que prometía justicia. ¿De qué sirve meter luego a un árbitro en la ‘nevera’, como ya ha sucedido con dos de los colegiados de estas polémicas, si el daño ya está hecho? ¿Para qué sirve ese castigo interno si llega otro árbitro a la jornada siguiente y supera todo lo malo de lo anterior? La frustración radica en que el VAR, que nació como el invento del siglo para erradicar la polémica, se ha convertido en un artefacto insoportable que funciona de forma aleatoria. Es el vivo ejemplo de ese chiste popular sobre lo que uno pide por internet y la versión de baja calidad que le acaba llegando a casa; una herramienta de precisión manejada con un criterio desconcertante. Los datos de agravios comparativos en penaltis y el uso del videoarbitraje confirman que el rasero es, sistemáticamente, diferente según el escudo que esté sobre el césped.
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Ante este panorama, la Real se encuentra en una encrucijada peligrosa. Si se habla, se le tacha de victimista; si opta por el silencio y el señorío que siempre ha caracterizado a la Real Sociedad, la siguen tomando ‘por el pito del sereno’. No se reclama un trato de favor, simplemente se exige el respeto y la equidad que merece un club que nunca ha buscado el ruido mediático. Con la vuelta de la semifinal de Copa en el horizonte y la pelea por Europa al rojo vivo, existe un miedo real a que el trabajo de toda una temporada se vea truncado por decisiones que pueden rectificarse pero no se quieren corregir. Si los realistas quieren cumplir sus objetivos, tendrán que superar el ‘más difícil todavía’: ganar al oponente y, además, sobrevivir a un estamento arbitral que, jornada tras jornada, parece empeñado en ser el protagonista involuntario de sus partidos. Respeto.
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