Owens y el racismo yanqui
Cuando Jesse Owens volvió a Estados Unidos, tras ganar cuatro oros en el corazón de la racista Alemania Nazi, fue aclamado por decenas de miles de personas en Nueva York. Era un héroe para su país, pero el héroe regresó a su condición de villano poco después, porque una cosa era ganar medallas para el Tío Sam y otra muy distinta que el Tío Sam reconociese derechos a un negro en los años treinta. Jesse volvió a su trabajo de botones en el Waldorf-Astoria y a sufrir en sus carnes de campeón olímpico el racismo feroz de la época.
Lo cuenta en su autobiografía, publicada en 1970: "Cuando volví a mi país no pude viajar en la parte delantera de los autobuses. Regresé a la parte de atrás, la reservada para los negros. En Berlín no fui invitado a estrechar la mano de Hitler, pero tampoco fui invitado a la Casa Blanca a dar la mano al presidente de los Estados Unidos". Ese presidente era Franklin Delano Roosevelt. No quería disgustar a los votantes sureños. Hubo que esperar a 1976 para que Gerald Ford le concediese la Medalla de la Libertad y a 1990 para que George Bush, padre, le otorgara la Medalla de Oro del Congreso. Lástima que el fumador empedernido Jesse Owens hubiera muerto de cáncer de pulmón diez años antes...