Una cuestión de perspectiva
Ellos nos señalaban que no teníamos ni idea de lo que es sufrir por el fútbol...
Dos de las personas que más admiro en esto de contar e intentar explicar el fútbol, Sergio Cortina y Enrique Ballester, son hinchas del Oviedo y del Castellón respectivamente. A ambos los considero de mis mejores amigos. Los conozco desde hace casi veinte años, dos décadas en las que sus clubes las han pasado de todos los colores, especialmente de los oscuros. Ambos tienen en común que, cuando yo u otro colega nos lamentábamos de derrotas puntuales en partidos clave, finales o derbis, ellos nos señalaban que no teníamos ni idea de lo que es sufrir por fútbol. Como esas personas que lo han pasado tan mal en algún momento de la vida que todo lo que vino después lo entienden como un regalo, Sergio y Enrique saben tomar distancia de las situaciones actuales de sus clubes. Uno intuyendo un descenso más que posible; otro atreviéndose a soñar (con esa mezcla de alegría y pudor de quien atisba un final feliz) con un ascenso después de más de treinta y cinco años. Los dos son capaces de ver las cosas con perspectiva. Podríamos decir, usando una expresión del primero que el segundo convirtió en título de un precioso libro, que en su mirada de hinchas habita la sombra del infrafútbol.
Esta temporada de altibajos en mi club me he acordado mucho de ellos. Cuando hemos encajado dos, tres derrotas seguidas, he imaginado sus palabras de hombres curtidos en el sufrimiento futbolero. Y, como ellos, me he forzado a girar la cámara: cambiar el plano, mirar un poco más allá y pensar en qué cabeza de hace unos años una temporada en la que has jugado Champions y llegado como poco a una semifinal de Copa se puede juzgar severamente.
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Escribo esto, claro, después del 1-2 en Oviedo, con la tranquilidad de tres nuevos puntos. Pero, aun así, sé que si me lamentara por los resultados, mis compadres me observarían con los mismos ojos con los que quien ha pasado hambre escucha los desvaríos de clase de un burgués acomodado. ¿Tres derrotas consecutivas? ¿Una derrota en la ida de una semifinal frente al rival local? “Luxury!”, gritaría uno de los dos, como los hombres de Yorkshire del sketch de los Monty Python. Y, alzando su copa, glosaría las desgracias pasadas sobre las que hoy respira más o menos tranquilo.
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