SANTIAGO SEGUROLA

Prohibido dormirse al volante

El mal partido del Madrid en Varsovia fue sofocado por un cabezazo de Rüdiger en el último minuto, suficiente para empatar, pero no para inquietar al personal cinco días antes del Clásico de LaLiga.

JESUS ALVAREZ ORIHUELA | DiarioAS
Actualizado a

Los partidos salen cruzados sin aviso y en las situaciones más inesperadas. Hace una semana, el Real Madrid ganó al Shakhtar por un gol de diferencia, pero con una distancia abismal en goles y superioridad. Sin apretar el acelerador, además. Ancelotti no ocultó su satisfacción después del partido. En la vuelta, encontró innumerables razones para preocuparse, excepto el cabezazo de última hora de Rüdiger, que sirvió para empatar y para evitar más tensiones de las necesarias en los dos últimos partidos. El RB Leipzig ganó en Glasgow y en los minutos añadidos al Shakhtar-Real Madrid sólo estaba a dos puntos del equipo en la clasificación.

Rüdiger, que rescató una vieja tradición del Madrid (el central que se coloca con éxito como delantero centro cuando el agua está al cuello), se marcó un Sergio Ramos en Varsovia, unos segundos después de otro espectacular cabezazo. Se escapó por medio dedo. El siguiente, no. Tuvo el aire rotundo de los remates a la antigua, con dos rivales lastimados en el suelo, víctimas de un ciclón. Fue el único detalle de auténtica energía del Madrid en una noche de juego tristón.

El curso del encuentro reforzó su condición distópica. El Madrid se enfrentó a un equipo que hace años no puede jugar en su ciudad (Donetsk) y los ha pasado en plan nómada, de campo en campo por Ucrania, donde desde febrero tampoco puede disputar sus partidos, que en esta temporada de la Liga de Campeones los juega en Polonia. Este fin de semana tiene previsto regresar a la bellísima Lviv, cerca de la frontera polaca, para enfrentarse al Dinamo de Kiev en lo que se podría considerar el gran clásico del fútbol ucraniano. Es muy posible que no se celebre. Al igual que varias de las principales ciudades del país de Ucrania, Lviv acaba de ser alcanzada por los misiles rusos en la respuesta de Putin a la voladura del puente de Kerch.

Por el camino, el Shakhtar ha perdido a su legión de jugadores extranjeros, la inmensa mayoría brasileños que han aprovechado su estancia en el equipo como trampolín para saltar a las mejores ligas de Europa. Todavía le queda alguno, pero en el Bernabéu se alinearon 11 ucranianos. En Varsovia, fueron 10, en un campo magnífico, pero con más gente con deseo de admirar al Madrid que de volcarse en favor del Shakhtar, hasta que el gol de Zubkov adelantó al equipo local, si ese carácter se le puede otorgar a un equipo sistemáticamente deslocalizado por circunstancias bélicas.

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Zubkov le dio mucha guerra a Mendy hasta que el lateral francés cometió una torpeza en el gol del Shakhtar. Ancelotti dijo basta y poco después le retiró del campo. El partido entró en una fase sorprendente: el Madrid, relajado hasta la indolencia hasta entonces, se agitó con el estupor de la gente que no sale de la somnolencia cuando suena el despertador y avisa de llegar rápido al trabajo. Le costó varios minutos en entender lo que pasaba. Tardó una eternidad en comprender la gravedad de la situación.

Ancelotti sí lo entendió. Retiró inmediatamente a Hazard, que se empeña en profundizar en su triste situación. Su declive es tan dramático que inspira compasión. También retiró a Tchouameni, ofuscado toda la noche. Se sucedieron los cambios, con toda la caballería en acción: Modric, Vinicius, Alaba, Camavinga y finalmente Asensio. El de mayor impacto, Modric. ¡Qué jugador! Había que hacer algo con un partido que se atravesó en el césped y en las gradas. Los desinteresados espectadores polacos empezaron a torcer por el Shakhtar y aquello se convirtió en un clamor, sofocado por su cabezazo de Rüdiger en el último minuto, suficiente para empatar el partido, pero no para inquietar al personal cinco días antes del Clásico de LaLiga.

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