Pasaba por aquí | Rafa Cabeleira

Lamine, Mourinho y la sonrisa de un niño

Normal que se intente poner en duda un modelo que divierte a las masas

GORKA LEIZA
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Todo lo demostrado por el Barça de Flick a lo largo de la temporada quedó patente en su partido contra el Celta del pasado miércoles y lo mismo podría decirse de Del Cerro Grande, sin duda el más regular cuando de anular goles se trata. Algún día se estudiará en las universidades esa capacidad innata suya para encontrar el fuera de juego imposible, ese que nadie más puede ver incluso utilizando las imágenes que él mismo nos selecciona para ilustrar sus decisiones: como en aquellos cuadros que se exponían en los centros comerciales para entretener al respetable, si miras fijamente sus recreaciones en 3D podrías encontrar un perro escondido. O un barco.

Dos Barça, quería decir, como el resto de la temporada. El Barça de Lamine Yamal, tan divertido y demencial como para crear una ocasión de gol a los cinco segundos de comenzar el partido y conceder dos antes de cumplirse el primer minuto. Y el Barça de Pedri, el de la nana canaria, capaz de dormir el juego durante más de una hora porque es lo que conviene a su equipo y, por qué no decirlo, a mi corazón. Normal que los rivales se pongan nerviosos. Normal que se intente poner en duda un modelo que divierte a las masas, arrasa en España (que sigue siendo Europa, no se dejen engañar) y terminará levantando una, dos, tres, cuatro Ligas de Campeones o ninguna: en el peor de los casos, mal que les pese a los cenizos, habremos sido muy felices.

Lo cierto es que uno ve jugar a Lamine Yamal –o a Pedri en su ausencia- y entiende perfectamente que el primer impulso del máximo rival sea traer de vuelta a Mourinho: si no puedes vencerlos, al menos eleva el tono en las ruedas de prensa. Y ese es el gran triunfo del Barça en los últimos 20 años: haber conseguido que el club más laureado de la historia del fútbol mundial, incluida la más reciente, proclame a los cuatro vientos que todo está podrido por la sencilla razón -escúchenme bien- de que no soporta la sonrisa en la cara de un niño. El niño de cualquiera, por cierto. Quién sabe si el niño de un madridista.

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