OPINIÓN

Fondos de inversión, fondos de invasión

DIARIO AS
Director adjunto de As
Director adjunto. Licenciado en CC de la Información por la U. Complutense y máster en Transformación Digital y Estratégica (EOI), inició su carrera en el Diario Ya. Trabajó El Independiente y Diario 16. Llegó a AS en 1996. Ha ejercido las funciones de jefe de fútbol, redactor jefe, subdirector, director de la página web y director de Información.
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Nuevo fútbol. Admitamos que este ya no es (ni puede ser) el fútbol del siglo XX, ni siquiera el de la pasada década. Admitamos que resulta una anomalía que las decisiones de clubes como Madrid o Barça, con presupuestos de mil millones, dependan de una asamblea de socios cuya implicación no pasa del pago de un abono. Admitamos que un dinero que no produce el fútbol mueve ya buena parte del fútbol. Admitamos que es imparable el fenómeno de los clubes estado. Admitamos, pues, que para competir en este fútbol inflado no parece quedar otra que subirse a los fondos de inversión. Siete clubes españoles tienen a extranjeros como máximos accionistas.

Éxitos y fracasos. El último en llegar ha sido el Atlético, con la entrada de Apollo, fondo estadounidense y ya socio mayoritario. Antes fue el Espanyol, adquirido por Velocity Sports, que también es dueño del Burnley. El asunto va a más. La multipropiedad se extiende. El City Group controla doce clubes de Europa, Estados Unidos, Sudamérica, Asia y Australia. Red Bull maneja seis. Pachuca, cuatro, entre ellos el Oviedo. Hay casos de éxito y de lo contrario. A Chelsea o City, equipos de segunda línea en Inglaterra, les dio hasta para ganar la Champions. Valencia o Málaga han pagado un altísimo precio por estas aventuras, para desencanto de sus hinchadas.

El futuro. Los fondos de inversión, por definición, no tienen otro objeto que ganar dinero y han llegado a un negocio acostumbrado a perderlo, incluso tras reconversiones como la de las sociedades anónimas. Así, que los aficionados tendrán que acostumbrarse a que pisarán territorios que antes se consideraban sagrados, que se mantendrán distantes, que no frecuentarán los palcos y que comprarán o venderán en función de criterios no estrictamente deportivos, aunque hay que confiar en que cuidarán el producto, porque el objetivo final es la revalorización. En definitiva, estamos ante una invasión de los sentimientos no apta para románticos.

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