Este Frankenstein se hizo en los despachos
La derrota apenas mancha a Arbeloa, como tampoco debió manchar a Alonso el Mundial de Clubes.
El irregular destino del Madrid en la Copa le pilla ahora en mal momento. En un año de decepciones y conflictos que ha derivado en la destitución de Xabi Alonso, personaje de respetadísima trayectoria en el fútbol, pero tratado en los últimos meses como un mindundi, la eliminación en Albacete aumenta la desazón de la hinchada, que no sabe qué pensar de lo que ocurre en el equipo y en el club, empeñado en abrir frentes de batalla por todos los lados: UEFA, Liga, Federación, árbitros, vecindario, regulación de la propiedad en el futuro...
La derrota en Albacete pertenece a la extraña saga de fracasos en el torneo. En este siglo fue eliminado por el Toledo, Real Unión, Alcorcón y el Alcoyano, de manera que lo ocurrido en el Carlos Belmonte forma parte de un recorrido con grandes socavones. Al memorial de patinazos, cabe añadir la eliminación contra el Cádiz por la alineación indebida de Cheryshev.
No es raro escuchar que el Madrid se toma la Copa con poco fervor, excepto cuando la gana, por supuesto. En algunas ocasiones, las consecuencias posteriores han sido notables. La Copa ha marcado a fuego la trayectoria de entrenadores como Pellegrini, víctima del alcorconazo durante su única temporada al frente del equipo. En cambio, la victoria sobre el Barça en la turbulenta final de Mestalla en 2011 alcanzó una magnitud comparable al de grandes éxitos del club en la Champions. Sirvió para entronizar a Mourinho como prócer del madridismo.
El episodio de Albacete ofrece una novedad con respecto a anteriores fiascos. Dos días después del cese de Alonso, debutó Álvaro Arbeloa como técnico, después de un extenso recorrido por los equipos juveniles del club. Una sucesión de tono ligeramente shakespeariano: Alonso y Arbeloa jugaron juntos y trabaron una gran amistad en el Liverpool, revalidada en el Madrid durante cinco años y en la Selección durante el ciclo 2008-2012.
Florentino Pérez siempre se identificó más con Arbeloa que con Alonso. La fervorosa adhesión de Arbeloa a Mourinho fue un factor instantáneo de enganche con el sector más radical del Madrid, al que no hizo ascos el presidente. Ahora le llega el turno de dirigir al equipo, en circunstancias complejas, perjudicadas por la imprevista eliminación de la Copa. El Madrid jugó mal en Albacete, siempre marchó al compás de los goles de su rival y aprovechó en dos saques de esquina (en el 45’ y en el 90’) para empatar. No tuvo la picardía de aguantar dos minutos y llegar a la prórroga para decidir el partido. Se descosió de manera absurda y permitió el elegante gol de Jefté en el último minuto.
La derrota apenas mancha a Arbeloa, como tampoco debió manchar a Alonso el Mundial de Clubes. Se subió en marcha a un tren que finalmente le llevó al desastre contra el PSG y el implícito rechazo de Florentino. La novedad es que, por vez primera, se escuchan voces críticas contra la dirigencia del Madrid. Se ha criticado a Xabi y a los jugadores, se ha censurado a Vinicius y el leñazo de Albacete no mejora las cosas.
Buena parte de que el Madrid no funcione se debe a las decisiones que han convertido al equipo en un Frankenstein, largo por allí, estrecho por aquí, sobresaturado en unas zonas -la punta derecha del ataque tiene cinco aspirantes y ninguno destaca-, agotado por las lesiones y la edad en buena parte de la defensa, huero de estrategas en el medio campo. Nada de eso es achacable a Arbeloa, Alonso, Ancelotti o Zidane. De ese negociado se encargan los jefes, defendidos por un sistema antimisiles mediático.
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Esta vez no será fácil desviar la atención. El madridismo ha entrado en la tercera o cuarta fase de desconcierto en las dos últimas temporadas. Por primera vez después de 20 años, cabe la probabilidad de que los hinchas dirijan algún reproche, por ligero que sea, al palco presidencial.
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