El Barça y Flick pierden el oremus
El trabajo del entrenador es olvidarse de fantasmas arbitrales y volver a hacer jugar a su equipo como hace un año.
Después de dejarse un 95% del título de Copa en el Metropolitano, el Barça perdió el liderato de LaLiga en Montilivi. Bastó con ver el final del partido para entender cómo un equipo que había despegado en enero, título de la Supercopa incluido, ha caído en una peligrosa dinámica. Primero, futbolística. Los errores que cometió el Barça durante el partido resultaron incontables. Volvió a relajarse después del 0-1, perdonó infinidad de oportunidades de gol; y, falló un penalti por culpa, en parte, de la tibia gestión que está haciendo su entrenador de los lanzadores. La línea Flick fue frágil, el Girona llegó mucho a Joan García. Y lo peor que puede decirse de un equipo: acabó desordenado e irreconocible. Una pieza fácil para cualquier rival.
El desvarío futbolístico se ha convertido también en una crispación insoportable con los árbitros. El pisotón de Echeverri sobre Koundé en la jugada del 2-1 fue claro, pero eso no justifica el festival de protestas. Las primeras, de su entrenador. Flick, que ya fue a cantarle las cuarenta a Martínez Munuera en el vestuario del Metropolitano, también se quedó hablando con Soto Grado.
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Está bien conversar y buscar explicaciones en los árbitros. Pero tal vez se las debería pedir a sus jugadores. Incluso, exigírselas a sí mismo. El trabajo de Flick es olvidarse de fantasmas arbitrales y volver a hacer jugar a su equipo como hace un año. Entonces, pensaba, defendía, atacaba y ejecutaba en sexta. Ahora va en cuarta. Y con eso no le va a alcanzar.
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