El Barça, una singularidad temeraria
En lo bueno y en lo malo, el equipo de Flick es diferente a todo. Su sello inequívoco se traslada a un fundamentalismo táctico hacia lo salvaje, radical y entusiasta, colindante con la imprudencia.
Nadie juega como el Barcelona. Y eso no es ni bueno ni malo, simplemente se trata de una constatación indiscutible. Su arriesgada idea de juego no tiene comparación porque la lleva al extremo, entre la temeridad y la emoción desbocada. Esa vocación única es un regalo para el aficionado, pero presenta contrariedades muy potentes que ponen en duda, de algún modo, su candidatura a esta Champions. Aunque el disfrute del camino, pase lo que pase, no se lo va a quitar nadie.
El Barça jugó una mala primera parte y se desató en la segunda con una actuación antagónica que sí recogió lo mejor de su fútbol. En ese primer período tuvo que vivir exclusivamente de Lamine; después fue ya un equipo superlativo. Del descontrol más absoluto al dominio de todos los escenarios.
El Newcastle le sacó los colores durante un rato, casi más por demérito blaugrana que por condiciones propias, como quedó demostrado luego. Que Pedri pasara de puntillas en el primer tiempo habló peor del colectivo que de él. El Barça fue incapaz de juntarse con el balón y moverse de forma ordenada. Se abocó a un intercambio de golpes, que hasta parece entendible por la manera de jugar de Fermín, Raphinha o Lamine, que le dejó más de un trasquilón.
Sin orden posicional y con la posesión en el aire, la línea defensiva del Barça quedó desabrigada por todos los lados. Es imposible defender hacia delante si existe un distanciamiento evidente entre los jugadores. A eso se añade, por ejemplo, el flojo perfil defensivo de Cancelo. Todo lo bueno que es en el campo contrario contrasta con su falta de atención y rigor para cubrir el lado débil. Bajo ese guion, el Newcastle tuvo las mismas opciones que un Barça que, a diferencia de la visita a Inglaterra, sí supo cómo atacar esa presión hombre a hombre creando espacios interiores. Lamine fue la gran diferencia, un fenómeno andante.
El paisaje cambió por completo en la reanudación. El Barça recuperó las ideas, el juego interior y la jerarquía escénica. Se identificó consigo mismo al sacarse de encima tantas imprecisiones y justificarse siempre a través de la pelota. Los primeros pases de Cubarsí y Gerard Martín, el poso de Bernal y la gestión de Pedri acondicionaron su fútbol, propulsado después por el vértigo de Fermín y Raphinha, la calidad exponencial de Lamine y el reencuentro goleador de Lewandowski. Un Barça total, también en las acciones de estrategia que tanto bien le hacen, para minimizar hasta la nada al Newcastle.
En lo bueno y en lo malo, el equipo de Flick es diferente a todo. Su sello inequívoco se traslada a un fundamentalismo táctico hacia lo salvaje, radical y entusiasta, colindante con la imprudencia. Una bendita osadía con una cara b que tendrá que administrar en paradas de mayor exigencia.
Lamine, por dentro
Cada aparición del ‘10′ en el carril interior destrozó al Newcastle. Gerard Martín, perfecto en la salida, conecta con él y Lewandowski deja espacio en la posición de delantero.
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