Opinión

De repente, la última columna

Dejo de escribir en el As pero el As no dejará de ser mi periódico.

Redactor Diario AS
Actualizado a

Se podría decir que casi aprendí a leer en el As. Lo de silabear y formar palabras fue un poco antes, en el parvulario, con los cuadernos de caligrafía Rubio y los libros Palau. Pero leer, entender un poco qué es lo que se quiere decir, más allá de ‘mi mamá me mima’, fue con el As. Sus ejemplares se acumulaban en lo que en gallego llamamos O canizo, una especie de desván que cubría con tablas de madera la cuadra donde se encerraba el ganado y se ahumaba la carne de la matanza. Allí, en Caroi, una paleolítica aldea batida por los vientos, la lluvia y la nieve, entre las borrascosas montañas de Pontevedra, los primos de mi padre acumularon durante años los ejemplares que iban comprando cuando bajaban a la ciudad. Eran madridistas acérrimos. Quizás por oposición, por un punto de rebeldía propio de la edad, y sobre todo por el hartazgo que nos causaban las habituales victorias y títulos del Madrid, mis hermanos y yo nos hicimos del Barça. Bueno, por eso, y por la llegada de Cruyff.

De niño pasaba tardes enteras de invierno expurgando aquellos ejemplares del As, algunos auténticos incunables con varios años de antigüedad. Imagino que servirían también para prender la lumbre en la cocina de hierro donde preparaba los cocidos mi tía abuela Saluda. Dos eran mis secciones favoritas: Aquí Canaletas, con las noticias que nos llegaban del Barça, y Mi selección Ideal, en la revista As Color, que se vendía los martes. Buscaba siempre en sus páginas centrales el póster del Pontevedra. Nunca lo encontré. Muchos años después, viendo con Alfredo Relaño un partido de la Selección en el salón noble de la redacción del periódico, Elortegui fue al archivo y me regaló un ejemplar original del equipo granate posando en Pasarón a todo color. Lo enmarqué y colgué en la habitación de mi hijo pequeño Mario, heredero de mis neuras futboleras, y allí sigue.

Nunca imaginé poder llegar a escribir en las páginas de aquel periódico en el que aprendí a leer de corrido cuando era un niño. La alternativa, en la edición gallega, me la dio Fermín de la Calle en 2004, con el ascenso del Pontevedra a Segunda División. Nunca se lo agradeceré bastante. Por seguir con el argot taurino que tanto le gusta, la confirmación de la alternativa para la edición nacional fue ya cosa de Relaño. Debutaba la Selección española en Pasarón y el entonces director del As, que me había presentado Juan Cruz, me llamó por si le podía escribir una columna sobre la mística del viejo estadio pontevedrés. Lo titulé Aquella portada del Pravda, una leyenda local según la cual el Pontevedra del Haiqueroelo ocupó una vez la portada del diario soviético tras conseguir el liderato de Primera División a mitad de los sesenta. Al parecer, el boletín oficial del PCUS presumía de que en la liga de los millonarios capitalistas españoles el líder era un equipo del pueblo, proletario, cuyo capitán conducía el trolebús de la ciudad. Nunca se llegó a demostrar, pero tampoco se ha demostrado que el Apóstol Santiago esté enterrado en Compostela y ya ven la que se ha liado en estos siglos.

Empecé a escribir desde entonces un poco cuando me apetecía o cuando me hacían un encargo. Al llegar Vicente Jiménez a la dirección del As me ofreció ya escribir todas las semanas unas contracrónicas canallas sobre el Barça, en las que el fútbol fuese casi lo de menos. Y así he estado estos años, tecleando frenéticamente tras cada partido...hasta hoy. Un reajuste de gastos y una lógica renovación de firmas nos obliga a marcharnos a unos cuantos colaboradores. No solo no lo critico sino que lo entiendo perfectamente. Son las rotaciones, como en el fútbol. Atravesamos tiempos de crisis en el negocio y mejor que continúen los que viven de esto. Para mí era una afición. A fin de cuentas, me divertía y sacaba en cada partido para unas copas y algún homenaje.

Nunca pido explicaciones cuando me nombran para algún cometido, ni por tanto tampoco las pido cuando prescinden de mí, pero sí me gusta despedirme de los sitios por los que he pasado y he sido feliz.

Dejo de escribir en el As pero el As no dejará de ser mi periódico, en el que he hecho unos cuantos compañeros de viaje en estas dos décadas, desde mi íntimo ‘enemigo’ del alma Tomás Roncero, a Joaquín Maroto o Patricia Cazón, pasando por supuesto por mi compatriota Rafa Cabeleira. En Barcelona dejo también la amistad insobornable de ‘Los Giménez’, Santi y Juan, que sufrieron la labor de edición y corrección de mis apuradas crónicas lunáticas al acabar cada partido del Barça. A todos ellos, y sobre todo a los lectores que me sufrieron y aguantaron en estos 22 años, gracias, disculpas...y un abrazo de gol.

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