Opinión

Columna de un culé encantado

El mérito nunca es de Laporta, aunque siempre le toque a él desenterrar al muerto y resucitarlo.

GORKA LEIZA
Actualizado a

Supongo que ya se le habrá pasado el cabreo a mi buen amigo Xabier Fortes, ese hombre indignado porque el Barça luciese coralino en Sevilla, que es como enfadarse porque ya no se pueda fumar en los restaurantes ni sacrificar cristianos en el Coliseo: el mundo avanza y los tiempos cambian, querido Xabi. De nada sirve gritarles a las palomas ni pedirle a Laporta que se disfrace de Nicolau Casaus, el último directivo culé que supo hacer las cosas como Dios manda, además textual. El Barça fue el Barça en La Cartuja con independencia de los modelitos que Nike le obligue a utilizar, un equipo del que sentirse orgulloso por lo que es, lo que hace y cómo lo hace: todo lo demás, se cura abrazando un peluche de CAT, la mascota balsámica.

Resulta sencillo dar por sentadas ciertas cosas, además de peligroso, comenzando por esa idea tan extendida de que un proyecto como el actual lo puede armar cualquiera. Mucho se habla del carisma de Laporta, a menudo como un recurso casi caricaturesco, y de esa supuesta flor en el culo que le lleva a dar con la tecla una y otra vez. Un mago de la improvisación al que todo le sale bien porque, ya se sabe, la fortuna sonríe a los guapos. El mérito nunca es suyo, aunque siempre le toque a él desenterrar al muerto, resucitarlo, vestirlo y ponerlo otra vez a bailar. Lo hizo tras el huracán Gaspart, que dejó el club como un solar. Y lo está haciendo, por segunda vez, después de que Bartomeu nos recordase que hay desgracias mucho peores que los huracanes.

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Al 2-8 de Lisboa se presentó el Barça con el proyecto más costoso de la historia del fútbol mundial, en traspasos y en sueldos, con una media de edad que rondaba la treintena y unos 150 millones cedidos en forma de Coutinho al Bayern: el chiste se cuenta solo. Lo que vimos el sábado en Sevilla es exactamente lo contrario. Que vistan de coralino o de purpurina es casi lo de menos, aunque a nuestro Xabi le pueda dar un infarto cada vez que no luzcan la blaugrana: si algo bueno tiene la modernidad además de Lamine Yamal, mi querido amigo, es la rosuvastatina.

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