Atlético-Real Sociedad | Musso

Descubriendo a Juan Musso

El argentino es portero por influencia de su padre y de Leo Franco. Su afán de introspección le condujo hacia la meditación y el autoconocimiento. Otra de sus vías de evasión es tocar la batería.

Colaborador de Diario As
Actualizado a

A Guillermo Musso, ingeniero de profesión, le habría encantado ser portero profesional. En su larga y apasionada aventura como arquero de perfil bajo por los humildes campos de San Nicolás, al norte de Buenos Aires, se imaginó muchas veces como héroe de los tres palos, haciendo paradas imposibles en grandes estadios repletos de hinchas coreando su nombre. El deseo nunca pasó de quimera, pero el destino le tenía reservada una sorpresa.

Su hijo Juan, que comenzó flirteando con el baloncesto, recogió el testigo paterno para ponerlo en órbita y darle una dimensión impensable. La genética hizo un trabajo excelso y mejoró cualquier previsión. Leo Franco, paisano y amigo de la familia, aportó el ingrediente que faltaba a una pócima infalible. El pequeño Musso creció viendo los partidos de su vecino en el Vicente Calderón y su admiración crecía a la par que su pasión. El caldo de cultivo estaba listo y el tiempo hizo el resto. Al regresar a casa, Leo contaba a Juan historias que avivaban su fuego interior mientras las rayas rojas y blancas se iban asentando en su espíritu con la intención de quedarse para siempre. Franco alcanzó el grado de icono y una foto suya junto al Kun Agüero, firmada por ambos, se convirtió en la joya más preciada que jamás tuvo aquel pequeño que aspiraba a emular a su ídolo.

En casa de la familia Musso Lemme nunca faltó nada, pero tampoco sobró. Él, ingeniero, y Marcela, abogada, inculcaron a sus cuatro hijos la cultura del esfuerzo como método innegociable para aspirar a manejarse con solvencia por el mundo. A la vista de los resultados, no lo hicieron nada mal. La tenacidad y un entorno apropiado permitieron alumbrar a otro ingeniero, dos chicas contables y un guardameta de talla mundial.

La fascinación de Juan por el deporte le hizo coquetear con el periodismo mientras subía por la escalera del éxito con los guantes puestos. Su incursión como juntaletras duró menos de un año. Su vocación iba por otro lado y la llamada de la portería ejercía una insuperable atracción sobre él.

Musso, con Udinese.ALBERTO LINGRIA

La vida le iba enviando señales en color rojo y blanco. En Racing de Avellaneda el Cholo Simeone lo llevó de pretemporada con el primer equipo para seguir alimentando una ambición imparable. Con sudor y talento fue superando etapas y agrandando su figura. Udinese y Atalanta le encumbraron y el gran sueño llamó a su puerta. En el Atlético encontró su lugar en el mundo, el que había perseguido desde niño. Nunca disfrutó tanto del fútbol ni alcanzó tal grado de felicidad en un vestuario como ahora.

Opacado en su llegada por un gigante indestructible, Juan logró escapar poco a poco de la enorme sombra que Oblak proyectaba para hacerse un hueco junto al mito, con quien mantiene una magnífica relación de cordialidad y respeto mutuo. Sus largas charlas con su padre y con Leo Franco, su consejero espiritual, fueron modelando su profundo mundo interior.

El destino siempre le ha tratado bien y él lo agradece. Se considera bendecido y siente la necesidad de restituir a la afición, como recompensa, una parte del ingente cariño que él ha recibido. Bajo una apariencia recia, el gran hombre se vuelve tierno y emotivo visualizando los éxitos que pueden llegar e imaginando miles de corazones rojiblancos latiendo plenos de euforia.

Musso y Oblak en el entrenamiento previo del Atlético-Barcelona.PEPE ANDRES

Musso no es un deportista común. Su afán de introspección le condujo hacia el universo de la meditación, la conciencia y el autoconocimiento. Suele leer libros del psiquiatra estadounidense David Hawkins y ha profundizado en la lectura de la Biblia, lo que le ha permitido establecer su propia conexión con Dios, algo que le aporta paz y seguridad. Reza, medita y visualiza cada día. Son tres pilares ineludibles en su desarrollo como ser humano. Se ha puesto frente al espejo para conocerse mejor a sí mismo, para analizar sus virtudes y sus defectos y ha desarrollado la confianza como gran arma para abrirse camino en todos los ámbitos.

Otra vía de evasión para el gran soñador argentino es la batería. Entre platillos y tambores, juega a ser Ringo Starr, el legendario batería de sus admirados Beatles, la banda de culto de Juan a pesar del abismo generacional existente. La música ejerce sobre él un poder evocador y actúa como eficaz mecanismo de desconexión de su rutina habitual.

Sin embargo, el gran motor de su vida se llama Alessandro y tiene tres años. Su hijo, nacido durante su estancia en Italia, es su mayor pasión y su principal razón de ser. El desafío del guardián rojiblanco es que algún día, cuando crezca, ese pequeño se sienta tan orgulloso de su padre como Juan lo está del suyo. Entretanto, desde el otro lado del Atlántico, don Guillermo, sin cuya decisiva influencia esta historia nunca habría sucedido, sonríe con satisfacción intuyendo, a mitad de camino de un año que puede ser mágico, que lo mejor del cuento aún está por llegar.

Noticias relacionadas

Final de Copa | Atlético-Real | Griezmann

"Le debo mucho a la Real"

¡Lleva el deporte contigo! Descarga la App de AS para recibir alertas al instante y configura en MiZona qué quieres leer, sigue a tus equipos y consulta sus partidos. Descárgala aquí.

¿Además buscas licenciar contenido? Haz clic aquí

Etiquetado en:

Te recomendamos en Copa del Rey

Lo más visto

Más noticias