Año Nuevo

Leyla Morillo, psiquiatra: “Siempre empezamos el año con mucha energía y los propósitos nos duran hasta mediados de enero”

Con la llegada del Año Nuevo, 2026 se convierte en una oportunidad para revertir malos hábitos, pero estas metas han de ser realistas para no desistir.

Redactora de Tikitakas
Su trayectoria en Prisa comenzó en AS, en 2006, en la sección de Cierre. Posteriormente asumió la coordinación de la revista AS Color y la redacción de los blogs Match Point y Erratas de Campo. En 2017 pasó a formar parte de PrisaNoticias, en el control de producción de El País y AS, y volvió a AS a finales de 2022, como redactora de Tikitakas.
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Cada comienzo de año llega acompañado de una lista de propósitos que promete una versión mejorada de nosotros mismos. Sin embargo, con el paso de las semanas, muchos de esos objetivos se diluyen entre la rutina, el cansancio y la frustración. Esto no ocurre por falta de motivación, sino porque a menudo se plantean metas poco realistas, demasiado ambiciosas o desconectadas de la vida cotidiana. Por ello, pensar los propósitos de Año Nuevo desde el realismo no es renunciar al cambio, sino darle una oportunidad verdadera de suceder.

Así lo explica la psiquiatra Leyla Morillo a través de un vídeo divulgativo en sus redes sociales: “No nos digamos mentiras, siempre comenzamos el año con mucha energía y los propósitos nos duran hasta mediados de enero. Mi recomendación como psiquiatra es que los propósitos sean claros y específicos”.

“Nada de estar diciendo: ‘En el 2026 quiero hacer más ejercicio’. Ponte una meta clara, alcanzable y realista. Por ejemplo, en enero proponte hacer ejercicio dos veces por semana y luego en febrero subes a tres. Haciendo ejercicio cinco veces por semana y que te dure dos semanas no va a ser suficiente para mantener tus metas a largo plazo”, agrega.

Propósitos realistas

Un propósito realista parte del autoconocimiento. Implica reconocer el tiempo del que se dispone, los recursos personales y las limitaciones actuales. No es lo mismo proponerse “hacer ejercicio todos los días” que decidir “caminar tres veces por semana durante veinte minutos”. La diferencia está en que el segundo objetivo es concreto, alcanzable y fácil de integrar en la rutina. Cuando los propósitos se ajustan a la realidad, generan pequeñas victorias que refuerzan la constancia y la autoestima, en lugar de provocar culpa por no cumplirlos.

Además, los cambios duraderos suelen construirse poco a poco. El inicio del año no exige transformaciones radicales, sino la incorporación gradual de hábitos más saludables, productivos o satisfactorios. Ser paciente con uno mismo es clave para no decaer: habrá días en los que no se cumpla lo planeado, y eso no significa fracaso, sino parte del proceso. La flexibilidad permite retomar el camino sin abandonar el objetivo por completo.

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En definitiva, los propósitos de Año Nuevo funcionan mejor cuando se formulan con sensatez, claridad y compasión personal. Más que aspirar a una perfección inalcanzable, se trata de buscar mejoras posibles que acompañen el ritmo real de la vida. Así, el nuevo año deja de ser una promesa que pesa y se convierte en una oportunidad constante de crecimiento sostenido.

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