Una danza con la muerte: 50 años del ‘Thrilla in Manila’
Ali ganó a Frazier el tercer capítulo de su trilogía hace 50 años. Una batalla cruenta que el dictador Ferdinand Marcos llevó a Filipinas.
“Es lo más cerca que he estado de la muerte”. Las palabras que pronunció Muhammad Ali resumen mejor que ninguna crónica el Thrilla in Manila. La cruenta batalla que el 1 de octubre de 1975, hoy hace cincuenta años, ganó a Joe Frazier en el Coliseo Araneta de Ciudad Quezón, en las afueras de la capital de Filipinas con casi cuarenta grados de temperatura ya a las 10:45 de la mañana, hora elegida para coincidir con el prime time de Estados Unidos. El tercer y definitivo episodio, con el cinturón de los pesados en juego, que cerró la trilogía entre los dos gigantes. Smokin había acabado con la imbatibilidad de El Más Grande (31-0) en el Garden de Nueva York en 1971, que se tomó revancha en el mismo escenario en 1974. Había cuentas pendientes, y Ali ya era un icono en todo el mundo después de pasar tres años suspendido por negarse a combatir en Vietnam.
Don King, el avispado promotor que había montado el Rumble in the jungle en Zaire (Ali-Foreman) un año antes, convenció al dictador Ferdinand Marcos para nutrir la bolsa (cuatro millones de dólares para Ali y tres para Frazier) y poner así a su país en el mapa. El sportswashing no es una cosa que se inventara en Arabia Saudí. Y allá que se fueron.
Antes, la verborrea de Ali calentó más que nunca el choque. “It’s gonna be a thrilla, and a chilla, and a killa, when I get the gorilla in Manila”, recitaba mientras golpeaba a un hombre disfrazado de simio. La conmoción, el thriller, estaba servida.
Sobre el ring, los dos púgiles descargaron todo su odio y su orgullo en un combate programado a 15 asaltos (ahora los Mundiales se dirimen a 12). Primero dominó Ali. Luego, en el sexto asalto, un hook terrible hizo crecer a Frazier. “Le di golpes que hubieran derribado ciudades”, explicaría luego. El Más Grande recurrió al rope a dope con el que desconcertó a Foreman en Kinsasa. Hizo saltar el protector bucal de Smokin a la grada en el 13º con una terrible derecha. Un ojo de Frazier estaba peligrosamente cerrado por la hinchazón. Eran dos zombis sobre la tarima. Ali tampoco podía más. “Córtame los guantes”, exigió fundido a su preparador, Angelo Dundee, porque no podía soportar ya el dolor. Pero Eddie Futch, en la esquina de Frazier, había decidido parar la pelea antes de salir al último round. “Se acabó, nadie olvidará lo que hiciste aquí hoy”, consoló a su boxeador, roto.
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“Si Dios me enviara a una guerra santa, le pediría que Joe Frazier luchara a mi lado”. Ali salió vencedor de Manila y el combate entró en la historia. Una historia jamás repetida, pero mil veces contada.
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