Simoes: “Guttmann nos dijo: ¡Están viejos, si corremos más, les ganamos seguro!"
Era el extremo zurdo habilidoso del mejor Benfica de la historia, el de la década de los 60 que ganó dos Copa de Europa (al Madrid, la del 62) y llegó a tres finales más.
Le brillan los ojos cuando habla de los mitos del Madrid a los que pudo enfrentarse siendo un joven de apenas 18 años. Aún tiene el récord de ser el jugador de menor edad que levantó la Copa de Europa. Antonio Simoes (Seixal, 1943), es historia viva del Benfica y del fútbol portugués, y fue el mejor amigo dentro y fuera del campo de Eusebio. Es el cuatro hombre con más capitanías en Las Águilas (244). En total jugó 611 partidos y marcó 90 goles con el Benfica.
¿Tenía usted mucha amistad con Eusebio?
Toda la del mundo. El Benfica tenía una casa grande en el centro de Lisboa con muchas habitaciones para que durmieran los solteros. Al principio, Eusebio y yo vivíamos allí. Y al poco compartimos habitación. Luego, también, en cada desplazamiento durante toda nuestra carrera.
¿Qué tenían en común?
Es difícil de explicar… química. Quizá yo sabía protegerlo, le entendía. Los genios, a veces, necesitan protección.
Le hacía sentir bien.
Mire, mediados los 60 fuimos a jugar a Irán y aún estaba el Shah, que quiso que Eusebio fuera a visitarle a su Palacio. Él no quería ir, sólo si yo le acompañaba, y me convenció. ¿Sabe? El Shah tenía dos hijos, uno de ellos aún vive en EE UU, y Eusebio vio que tras la residencia había un campito de hierba. Y allí que terminamos jugando un dos para dos con los hijos del Shah. Eusebio era capaz de crear esos momentos.
¿Llegaron a la vez al Benfica?
Yo un poco antes, con 15 años. Me pusieron a jugar con los juniors. Y entre tanto llegó Eusebio, que por un tema jurídico estuvo ocho meses sin poder jugar. Y hubo un momento en que los dos estábamos actuando con el segundo equipo.
Dos jugones con el filial.
Los dos nos quedamos en tierra cuando los mayores, que habían ganado la final de la Copa de Europa al Barça en 1961, se fueron a jugar la vuelta de la Intercontinental a Montevideo. Perdieron 5-0 y hubo un partido de desempate dos días después. Pues resulta que Eusebio y yo terminamos de jugar un partido con el segundo equipo y vino alguien del club a toda prisa, nos teníamos que montar los dos en un avión para ir a Uruguay a jugar contra Peñarol.
No me diga…
Viajamos toda la noche, aterrizamos y jugamos. Eusebio tenía 19 años y yo, 16. Al menos, sólo perdimos 2-1 (risas).
¿Qué recuerdos tiene de la final del 62 ante el Madrid?
Yo tenía 18 añitos y, de hecho, aún tengo el récord del ser el más joven que ha ganado la Copa de Europa. Di Stéfano, Puskas y Gento eran como tres dioses para mí. Cuando saltamos al campo miré a mi derecha y los vi, me dije: no puede ser. Si hace poco estaba viendo yo en televisión la final del Madrid ante el Eintracht, pensé, deslumbrado por aquellos tipos que ahora tenía a mi lado.
¿Cómo era Puskas?
Un coloso. Di Stéfano le puso un pase y corrió 30 metros, y después… ¡pum! Le pegó un latigazo seco abajo, pegadito al poste. Nos hizo dos más, todos en la primera parte. Mire, ahora pienso que dentro de Puskas había algo de Maradona.
¿Lo dice por la barriguita?
Un poco sí, y por las piernas, la forma del cuerpo, por esa manera de correr tan rápida, la zurda. Ellos han sido la antítesis del cuerpo de atleta, pero eran tan buenos…
¿Y Di Stefano?
Era más completo. Pero los dos, cada uno a su manera, eran igual de importantes en los partidos. Puskas era capaz de hacer cosas fuera del guion. Di Stéfano era el partido mismo, era él quien escribía el guion, capaz de estar exactamente donde el juego del Madrid necesitaba. Fue en realidad el primer futbolista al que yo vi hacer eso. Llevaba el nueve, pero a mí no me engañaba.
Se fueron al descanso perdiendo 2-3. ¿Cómo reaccionaron?
Fue el técnico Guttmann. Más que un gran estratega era un gran motivador. Se puso a gritar y nos dijo: “¡Vamos a ganar! Vamos a ganar porque somos más jóvenes y vamos a correr más que ellos. Y esa es la forma de ganar al Madrid. ¡Porque el Madrid está viejo, ellos son mayores!”. Y con ese razonamiento, Guttmann se metió en nuestras cabezas. Salimos, y ganamos.
¿Cree que tenía razón?
Con 18 añitos aquello me impresionó. Después del partido Guttmann alardeó: “¡Yo siempre he dicho que la victoria ante el Barcelona no fue un accidente! ¡Y aquí está la prueba!”.
¿Qué más recuerda de aquella final?
Quiero tener unas palabras para el hombre que me marcó, Casado. Yo era mucho más joven que él, y creo que fue leal, me respetó. Pudo haberme pegado duro, era un gran defensor, pero jugó con nobleza. Me enfrenté a un jugador, pero también a un señor.
¿Pegaba duro aquel Madrid?
A mí el que me imponía era Santamaría. Menuda figura tenía en el campo… Infundía respeto.
¿Y cómo era la delantera de aquel gran Benfica?
Joao Augusto iba por la derecha, Eusebio se pegaba a ese costado un poquito, entre él y Aguas, que era el 9. Y luego Coluna, el 10, y yo mismo, que en realidad desplacé a Cavern a la mediapunta. Cavern también era buenísimo y se juntaba mucho con Coluna.
¿Quién era el mejor tras Eusebio?
Todos éramos diferentes. Joao Agusto era peligroso, rápido y la ponía de miedo. Aguas, el 9, era un jugador muy fino, inteligente y elegante. Tenía muy buena técnica e iba muy bien de cabeza.
¿Y Coluna?
Era el líder, el que hablaba y decía ‘vamos por aquí’ o ‘vamos por allá’. Era como el entrenador dentro del campo.
¿Cómo jugaba usted?
Era pequeñito, rápido, sin miedo a perderla, regateador... Todo por la izquierda. Fui un jugador de riesgo, siempre intentaba irme, un poco como ahora Vinicius, aunque yo me iba menos para adentro porque no era un chutador, sino un pasador.
¿Cómo se llevaba Eusebio con Di Stéfano?
Para Eusebio el mejor de todos los tiempos era Di Stéfano. Cuando terminó el partido se cambió la camiseta con él y se la metió dentro de los calzoncillos para que en las celebraciones no se la quitaran. ¡Hay fotos! Se ve a Eusebio subido a hombros, rodeado de gente, agarrándose la entrepierna porque ahí estaba la camiseta de Di Stéfano y no la quería perder (risas).
¿Por qué le admiraba tanto?
Porque Eusebio era un poco como Di Stéfano, quería ganar el partido antes que ser el mejor en el mismo. Eusebio era así en contra, por ejemplo, que Cristiano Ronaldo, que quiere ser elegido el mejor de todos los partidos. Eusebio priorizaba ganar, como Di Stéfano.
¿Cómo fue el postpartido?
Estábamos todos de fiesta en el vestuario, celebrando. Y de repente nos damos cuenta de que faltaba uno. ¡Angelo! ¿Dónde está Angelo? ¿Dónde está Angelo? ¿Y sabe dónde estaba Angelo?
Por favor.
Lo tuvieron que sacar del foso que rodeaba el campo, se había caído allí en la celebración en el césped y no podía salir (risas). Afortunadamente, estaba bien.
¿Qué recuerda del 5-1 en cuartos de la Copa de Europa ante el Madrid, en el 64?
La noche de antes fuimos al cine San Jorge, en la Avenida de la Libertad. Nos preguntaron y quisimos ver una película de Gina Lollobrigida. No sabíamos de qué iba, pero todos queríamos ver a aquella mujer (risas). Luego, en el campo, yo creo que la clave fue que nunca le perdimos el respeto al Madrid.
Claro…
Y ocurrió algo extraño. En el camino del bus al estadio la gente nos rodeó, histérica: “¡Simoes, cinco, hay que meterles cinco!”. Todo el mundo estaba fuera de sí y yo pensaba: ‘Esta gente está loca, suerte si ganamos de uno’.
¿Y qué ocurrió?
Aquel Benfica tiró un poco del trono al Madrid campeón de las cinco Copas de Europa. Fue una revolución futbolística. El ambiente era increíble, ardía, y a los 25 minutos ya ganábamos 30. Y fue entonces cuando nació el eslogan ‘El Infierno de Da Luz’, que aún sobrevive hoy.
¿Eusebio fue lo mejor que vio en un campo?
Para mí, sinceramente, fue Pelé. Era distinto. Cuando estábamos jugando él y yo en EE UU montaron un partido de promoción contra Inglaterra, e hicieron un combinado de nuestra Liga. ¡Y ahí me vi yo, jugando al lado de Pelé, una cosa increíble! Luego jugué otro par de veces más con él.
¿Cómo era Pelé?
Muy buena persona, no te hacía sentir inferior. Yo hice buenas migas con Rivelino, y él me decía: “Si viene un bistec que no está bueno, Pelé nunca dirá nada. Pero si se hace un mal entrenamiento será el primero en quejarse”. Pelé terminaba el entrenamiento y se quedaba tirando faltas. Y a veces llamaba a Rivelino… Y luego él me dijo: “Nunca he conocido una persona así. Pelé sabía que era el mejor, pero trabajaba como si hubiera sido el peor”.
¿Eran amigos Pelé y Eusebio?
Había una rivalidad lógica. Algo parecido a la que han podido vivir Cristiano y Messi. Los dos querían ser los mejores, lógico. Pero cuando todo terminó, se hicieron amigos.
¿Y quién era mejor?
Pelé hacía lo mismo que los otros grandes genios, Di Stéfano, Maradona, Eusebio… Pero yo le vi hacer algo más, una cosa que no le vi a nadie más.
Dígame.
Fue en Maracaná, él en el Santos, en la final de la Intercontinental del 62. Le vi tirar la pelota contra un defensa nuestro para regatearle. Lo tenía parado enfrente, se la tiró a la tibia, la controló cuando le volvió y se esfumó. Nunca he vuelto a ver eso.
¿Y Eusebio qué tenía de especial?
Corría como un velocista en una pista de atletismo, incluso con la pelota controlada. ¡Era imposible tener tanta coordinación! Y leía muy bien los partidos. Y mire, nunca vi a nadie chutar como él. Ni a Puskas, ni a nadie.
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