Pistons: radiografía de un milagro
El equipo de la MoTown es el mejor de la NBA, con una derrota menos que los Thunder, en el parón del All Star. Hace dos años, era uno de los mayores desastres de la historia.
La semifinal de la NBA Cup marcó un punto de inflexión obvio en la temporada. Ese día, los Spurs ganaron a unos Thunder que, en ese momento parecían incapaces de perder, intocables. El campeón apilaba 16 victorias seguidas y marchaba en 24-1, algo que solo habían logrado los Warriors del 73-9, el mejor equipo de regular season de la historia. Antes de ese partido en Las Vegas (y después también, en realidad), era impensable que el escuadrón de OKC iba a llegar al parón del All Star con 14 derrotas (42-14), las mismas de toda la temporada pasada (68-14). Ya a años luz de las mejores regular season de siempre pero, además, obligado a remangarse después de un 18-13 en 31 partidos que tiene la obvia coartada de las lesiones pero que sigue siendo un dato horrible para un equipo tan dominante en su versión óptima.
Los Thunder afrontan la recta final (superados el cierre de mercado y el All Star) con solo (para lo que llegó a parecer) tres partidos de ventaja, en el Oeste, sobre esos Spurs que les ganaron en Las Vegas y tres veces más: 4-1 para los texanos en un duelo particular que ha acabado siendo la metáfora de la humanización del campeón: veremos cuánto miedo da (debería ser mucho, claro) cuando por fin vuelvan a estar todos, en rotación y en forma. Pero hay más, porque si ahora mismo se jugaran los playoffs, no serían los Thunder los que tendrían asegurado el factor cancha en todas las series. Ese derecho, el del equipo con el mejor balance de la temporada, el mejor, sería para Detroit Pistons: 40-13 en el parón. Un 75,5% de victorias por el 75% de unos Thunder que han jugado tres partidos más. Solía decir Phil Jackson que los aspirantes de verdad al título son los que cumplen la regla del 40 antes de 20, los que llegan a la victoria 40 antes de sumar la derrota número 20. Ambos están en ese rango al que solo pueden llegar ya, además de ellos, Spurs (38-16) y, por los pelos, Celtics (35-19).
Cuando los Thunder estaban 24-1, los Pistons marchaban en 20-5, un excelente ritmo opacado entonces por las cábalas sobre un líder que parecía capaz de cuestionar el 73-9, el patrón oro de las fases regulares. Ahora, cuando se retome la competición y cada zancada apunte ya a las eliminatorias, nada podrá evitar (esperamos que tampoco el debate sobre el tanking) que uno de los grandes focos de la NBA siga cada movimiento del, ahora mismo, mejor equipo de la competición. El que menos pierde. Y uno que llevaba exactamente veinte años sin ser el mejor en el parón del All Star. Desde 2006, cuando firmó el mejor balance de su historia (64 victorias) y envío cuatro jugadores (Chauncey Billups, Rip Hamilton, Rasheed Wallace, Ben Wallace) y a su entrenador, Flip Saunders, al partido de las estrellas. Por entonces, marchaba 42-9 en un trance histórico durante el que la franquicia de Michigan enlazó siete años seguidos en un mínimo de 50 victorias y seis finales del Este seguidas. En aquella, la que vendría en los playoffs 2006, perdió en la antesala de la lucha por el anillo (2-4) con el que sería después campeón, Miami Heat.
Números de equipo apabullante
En el Este, los Pistons tienen cinco partidos y medio de ventaja sobre los Celtics y seis sobre los Knicks, a los que visitan en su regreso post All Star, todavía sin los sancionados (por la pelea contra los Hornets) Jalen Duren (segundo y último partido de ausencia obligada) e Isaiah Stewart (segundo de siete). Así que será un buen reto después de dos victorias aplastantes en la MoTown, que les garantizan la serie particular de la temporada y el desempate a favor, contra unos Knicks a los que visitan en el Madison por primera vez desde aquella eléctrica, ultra competitiva, primera ronda de la temporada pasada (4-2) en la que solo el primer partido se resolvió por más de seis puntos de diferencia; un +11 para los Knicks que necesitaron una heroicidad (parcial de 21-0 y 40-21 total en el último cuarto) para arrancar con victoria una serie en la que perdieron dos partidos en su pista. El aviso de que los nuevos Pistons estaban llegando. Una especie de presentación en sociedad.
Esos Pistons 2024-25 fueron una historia increíble en sí misma. Acabaron rompiendo una racha de quince derrotas seguida en playoffs, la peor de la NBA, en esa eliminatoria contra los Knicks a la que llegaron después de una resurrección con trazas de milagro: el primer equipo capaz de triplicar su número de victorias entre dos temporadas (de 14 a 44) y el que menos había ganado un año antes de jugar unos playoffs. Después de nueve años sin superar el 50% de triunfos, fueron capaces de invertir la que había sido una de las peores temporadas de siempre, de cualquier equipo: 14-68, la duodécima peor marca (17,1% de victorias) con, por el camino, 28 derrotas seguidas. Algo nunca visto porque el otro equipo que enlazó tantas, los Sixers, lo hizo a caballo entre dos temporadas (2015-16). Pero esos Pistons 2023-24 estuvieron dos meses seguidos sin ganar, del 30 de octubre al 30 de diciembre de 2023. Cuando estaban en el infierno, balance de 2-26 y gritos permanentes de sell the team (vended el equipo) a los propietarios en el pabellón, Cade Cunningham dijo, en pleno trance de frustración, algo que muchos usaron para hacer bromas a su costa: “No somos un equipo tan malo como para estar 2-26”. Algo más de dos años después, él ha sido dos veces all star y los Pistons, desde luego ya sus Pistons y con la misma base joven que acumulaba palos entonces, son uno de los aspirantes al título.
Al actual 40-13 los Pistons han llegado sin trampa ni cartón. A estas alturas de la temporada, siempre es así. Lo que se ve es lo que hay. Son uno de los seis equipos en el top 10, por rating, en defensa y ataque: segundo y décimo. Los otros son Thunder (primero y cuarto), Spurs (tercero y séptimo), Rockets (quinto y sexto), Timberwolves (séptimo y octavo) y Celtics (noveno y segundo). Llevan dos meses recortando distancias con respecto a la única defensa mejor, la (histórica en su versión top) de los Thunder. Es segunda en porcentaje de tiro concedido a lo rivales (44,1%), la mejor si se ajusta el valor extra del tiro de tres (effective field goal). Los Pistons son primeros en robos (10,6) y tapones (6,3); el equipo que provoca un porcentaje de pérdidas más alto (el 17,2% de los ataques), el segundo en puntos generados por esas pérdidas (22,3) y el que menos asistencias concede (22,9) a unos rivales obligados a jugar más uno contra uno del que acostumbran. Es el tercero que más anota en transición (18,4), tercero también en porcentaje de rebotes totales que asegura (52,3%), quinto en puntos rebañados en segundas oportunidades (16,6), el que más bolas sueltas recupera y el séptimo que más pases del rival ensucia. Manos por todas partes. Y domina las dos zonas: es el segundo que más anota en la pintura rival (57,2) y el tercero al que menos puntos le meten en la suya (42,6).
Mismo Cunningham, nuevo Duren
Ese es el retrato robot de un equipo que, obviamente, se nutre de su defensa y ataca en un formato que rompe moldes que parecían inevitables en la NBA actual: es el cuarto que menos triples lanza (31,8), el décimo que con peor porcentaje (34,9%) y el cuarto que menos ataques acaba en la línea de tres (el 35,5%). Y por todo eso, el segundo que menos se apoya en un triple que le da solo el 28,4% de su anotación. Por si esa deficiencia supone, y es muy probable que acabe pasando, un quebradero de cabeza en playoffs, en el cierre de mercado llegó Kevin Huerter, un escolta que tira el 57% de sus tiros desde el triple y que intentará cubrir parte del hueco que dejó Malik Beasley, cuya carrera NBA está congelada por las investigaciones relacionadas con asuntos de apuestas. Este verano se fueron él y Tim Hardaway Jr. Entre los dos, 6,1 triples por partido. Duncan Robinson, fichado en verano para disimular ese vacío en formato perfil bajo, anota 2,9 con un porcentaje que ronda el 40%.
Entre la temporada 2023-24 y la 2024-25 los Pistons tuvieron un crecimiento de 29 victorias, el sexto mayor de siempre en un ranking que lideran (42, de 24 a 66) aquellos Celtics de 2007-08 que, además, acabaron siendo campeones con el recién formado big three Paul Pierce-Ray Allen-Kevin Garnett. En el verano de 2024, un trance crucial en Detroit, Troy Weaver dejó los despachos y su lugar lo ocupó Trajan Langdon, una leyenda de las canchas de la Euroliga que empieza a tener (49 años) un currículum importante de verdad en los despachos de la NBA. Monty Williams, que había usado 36 quintetos distintos en esa lastimosa temporada 2023-24, fue despedido después de cumplir solo uno de los seis años que había firmado por más de 78 millones de dólares. Langdon creía que el hombre capaz de forjar una cultura distinta, de responsabilidad y seriedad competitiva, acababa de ser despedido por los Cavaliers tras un mal paso por los playoffs 2023: JB Bickerstaff.
El nuevo eje de mando (oficinas-banquillo) decidió apostar por un núcleo joven en el que muchos habían perdido la esperanza después de una temporada catastrófica. Sin grandes golpes de efecto, llegaron veteranos firmados para enseñar el oficio, poner profesionalidad NBA en un vestuario en el que nadie había sido capaz de establecer una forma de vivir, unos códigos: Tobias Harris (segunda etapa en el equipo para un veteranazo que firmó por dos años y 52 millones), Hardaway Jr y Beasley. Muchos tardaron en ver que esa temporada era mucho más que la anterior, pero en un sándwich alrededor del parón del All Star 2025, los Pistons ganaron ocho partidos seguidos, su mejor racha desde 2008, y empezaron a llamar a las puertas de los playoffs. El crecimiento hasta ahí había sido obvio: 10-6 en enero, aldabonazo en una gira de diciembre por el Oeste en la que ganaron como visitantes a Suns, Lakers y Kings.
Para este año, la filosofía fue la misma: retrasar los movimientos masivos y reforzarse en los márgenes: Robinson, Caris LeVert, Javonte Green. Los Pistons tenían que ser, por encima de todo, el equipo de Cade Cunningham (24 años), que acaba de ser titular en su segundo All Star y que fue Jugador del Mes en noviembre con 27,5 puntos, 6,4 rebotes y 9,3 asistencias por noche. En esas semanas, generó por puntos o pases el 35% de los puntos de su equipo, alfa y omega: marcha (47,5) en ritmo de retar, veremos si superar, los 47,7 puntos por partido que produjo (puntos y asistencias) la temporada pasada, la mejor marca en la historia de la franquicia. En el All Star, además (seis equipos tuvieron más de un representante) debutó Jalen Duren, un pívot de 22 años que dedicó el verano, con sesiones dobles extenuantes y mucho trabajo con Vitaly Potapenko, a convertirse en, sencillamente, un jugador mejor. En sus primeros pasos en la NBA era un finalizador por encima del aro más espectacular que verdaderamente efectivo y débil, por inconsistente, en defensa. Ahora promedia 17,7 puntos y 10,4 rebotes. Ha crecido como protector del aro y ha reducido drásticamente su número de faltas. Y en ataque ha ampliado su rango con bote y toque cerca del aro. Efectivamente, un jugador distinto: mucho mejor y con un techo que no se le adivinaba hace dos años. En las nubes, ahora.
Alrededor del péndulo Cade-Duren funcionan en formato caja fuerte Isaiah Stewart, un interior pequeño (poco más de dos metros, 24 años) pero un bulldozer increíblemente efectivo en la defensa interior, y Ausar Thompson (23), un especialista en perseguir por toda la pista a la estrella del equipo rival gracias a una capacidad física apabullante. Hasta Ron Holland (20) progresa, concentrado en defensa en un armazón en el que inciden en ataque Harris, Robinson, LeVert… y desde ahora, o eso esperan, Huerter. No hay más misterio ni hay trucos mágicos: los Pistons son físicos, duros, resilientes y competitivos todas las noches. Y funcionan en las coordenadas de una NBA que regresa a los quintetos grandes, que vuelve a valorar de verdad el rebote y el músculo, en la que siempre han funcionado los equipos con química, coraza, un gran jugador franquicia (Cunningham), un escudero de hierro (Duren) y un sistema de cuerpos ultra comprometidos girando alrededor de ellos. Visto así, y con un entrenador que ha dado la vuelta totalmente a la forma de operar de su vestuario, todo tiene sentido en el nivel más básico: por qué no iban a ser buenos, muy buenos, estos Pistons.
Duren tiene claro que lo que vivieron hace dos años va en el código genético del equipo que sale a la pista en cada partido, siempre hambriento: “Es como si has estado en la ruina y pasas a tener dinero. No quieres volver a estar como antes. Y de eso se trata. Hemos visto cómo es estar en el pozo y no queremos volver a sentirnos así. Tenemos orgullo como jugadores, queremos ser buenos en lo que hacemos. Lo que vivimos y saboreamos... no queremos repetirlo”.
A este equipo todavía le queda para ser una versión 3.0 de los Bad Boys, una continuación de los equipos campeones en la MoTown (1989, 1990, 2004). Pero la tentación siempre está ahí, la comparación a mano y a medio pasito del tópico. ¿Unos Pistons competitivos, físicos, duros, peleones y con guard dominante que está entre los mejores de su generación? A veces es cargante, pero el recuerdo es inevitable. Este equipo, más allá de eso, tiene que hacer su camino, escribir su historia, enfrentarse a la exigencia de unos playoffs a los que no llegará, ya no, como viajero en tránsito ni como invitado inesperado. Tomar decisiones en verano… el ciclo de los proyectos, en fin. Este es el de Langdon, el de Bickerstaff, el de Cade y Duren. El que tenía dentro mucho más de lo que parecía, hace no tanto. Y el que ha sacado de las cloacas a uno de los equipos emblemáticos del Midwest. Realeza de la NBA, marca registrada de la MoTown: sudor y esfuerzo de cultura blue collar. Unos nuevos Pistons con, sí, algo de los de toda la vida. Mejor así.
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