Swan Fyahbwoy: “Éramos chavales pobres que querían salir del barro y obsesionados con una movida extranjera”
El artista madrileño recuerda en una conversación con Diario As el inicio del dancehall en España y los caminos vitales que le han conducido a su último trabajo: ‘Iter Animae VII’.
Hace mucho tiempo que Elán Swan Fernández Hernando (Madrid, 1979) decidió que su trayectoria profesional sería la de un caballero errante en la industria o, directamente, no sería. Proyectó una vida lejos de Europa, rodeado de palmeras y con monos durmiendo en el jardín de su casa en el Caribe, pero había nacido en la capital de España, eran los noventa y no había mucho más reggae que Bob Marley. Jamás hubo precio para soñar. La historia de cómo se acerca a la música es la del nacimiento de un género en España: no se puede hablar de la incursión del dancehall en el país sin mencionar la leyenda del ‘Chico de Fuego’.
Han pasado 20 años desde que Swan Fyahbwoy iniciara un camino vital que este mes de febrero abraza su séptimo capítulo. ‘Iter Animae VII’. Su nuevo disco no es un trabajo musical al uso, sino la exhibición de su propia esencia. Su alma. Un desnudo. Cuando la música urbana danza en torno a cambios experimentales y practica funambulismo sobre intereses personales y comerciales, Swan, como tantos de la vieja escuela, prefiere ser un transeúnte más que escribe canciones por amor al arte.
De sus letras se escapan las clásicas lecciones en las que más de un chaval se refugió tiempo atrás por los devenires propios de la adolescencia; todo ello, con un mayor grado de madurez, pero con la humildad de siempre. Así lo confiesa a un servidor en la tercera planta de un edificio alto y con poca personalidad en pleno centro de Madrid. Fuera de su zona de confort. Al fin y al cabo, solo era alguien que quería vivir tranquilo en el Caribe.
¿Qué has desayunado hoy?
Café con leche sin azúcar y dos huevos a la plancha con un poquito de mantequilla. Y una tostada de pan de centeno con mermelada de tomate.
¿Sueles desayunar eso todos los días?
Sí: huevos y café. Me he vuelto un poco ‘keto’, que es como llaman a esta dieta basada en huevos, leche, queso de oveja, carne y pescado. Y me he quitado los ultraprocesados. Como lo más natural posible, pero como consistentemente.
¿Eres una persona de costumbres?
Trato de serlo. No soy súper metódico, pero con la alimentación y la salud sí; siempre he tratado de llevarla lo mejor posible.
¿Eres más de pedir perdón o de pedir permiso?
De pedir perdón. Siempre he sido un poco ácrata y anarquista de mentalidad, sobre todo de adolescente, cuando actúas sin pensar en las consecuencias. Pero siempre he tratado de vivir una forma de vida sin molestar a los demás, haciendo lo que yo creo conveniente y lo que a mí me apetezca. Por eso soy músico, creo. No tengo jefes, no tengo ese tipo de presiones porque no sé hasta qué punto las soportaría.
Y con ese estilo de vida llevas ya dos décadas en la industria.
En 2006 saqué la maqueta. Clavado, sí, sí. Se cumplen 20 años este 2026. De hecho, ahora en octubre vamos a celebrar el aniversario de estas dos décadas montando un evento especial en Madrid.
¿Qué has aprendido en este tiempo?
Que los que empezamos en mi generación y en la anterior hacíamos la música desde el corazón. No pensábamos que el día de mañana fuese a ser un negocio, ni que fuera a ser una forma de vida, ni que fuese a traer retorno. Hacíamos música por el cariño. Hoy en día, todos los artistas nuevos entienden que esto es un negocio. En eso ha cambiado muchísimo el juego.
He aprendido que he perdido muchas oportunidades de ganar dinero, pero también he sido feliz y con menos presión. He regalado más de lo que he pedido en el mundo musical. No me arrepiento. He aprendido que ahora no tengo que demostrar nada a nadie; vivo de la música, aunque no haya vendido mi producto para convertirlo en un ‘superproducto’ para volverme popular y ganar muchísimo dinero. He preferido seguir haciendo reggae, que es una música para minorías. A mí me sigue dando de comer a día de hoy.
De esas cosas he aprendido. Al final, sacrifiqué tener una vida muy profesional, multinacional, cargada de trabajo y de éxitos, por una vida más humilde, más tranquila, sin jefes y a mi bola.
¿Tuviste la oportunidad de hacerlo?
Sí. De hecho, me ofrecieron Sony. Tuve varias propuestas de contratos, pero tomé otra decisión: creé el crowdfunding antes de que se llamase crowdfunding. Hice ‘Support the Fyahwboy’ y vendí mis tres primeros discos a mis fans antes de fabricarlos. Puse el proyecto, la gente pagó; luego con ese dinero fabriqué ediciones limitadas de CD y se lo envié a todo el mundo a sus casas con una camiseta y con una serie de cosas. Y luego ya empezó el crowdfunding con plataformas de crowdfunding oficiales. El último disco que hice bajo esta fórmula fue con una empresa que ya tenía su web montada, pero los dos anteriores los creé a través de mi página web, con mis medios y con unos colegas que me ayudaron. Y así fueron los inicios, tío.
Los que empezamos en mi generación hacíamos la música desde el corazón; no pensábamos que fuera a ser un negocio ni que fuese a traer retorno
Swan Fyahbwoy
El producto que ofrecías era reggae y dancehall, que en España había muy poco. Y mainstream muchísimo menos. ¿Cómo llega a ti esta música?
Desde chiquitito. A mí me llegó lo que le llegaba a todo el mundo: una cinta de Bob Marley. No había Internet. Así conocí al propio Bob Marley, a Peter Tosh, The Skatalites... Cosas muy concretas. Ya en la adolescencia, casi entrando en los 19 o 20 años, andaba muy enganchado e intentaba descubrir el raggamuffin y el dancehall de Jamaica. Unos amigos que tenían una banda de reggae me pasaron discos de Sizzla, de Capleton, de Anthony B... El cantante de aquel grupo era el hijo de Rosendo, Rodrigo Mercado. Y eso fue lo que a mí me hizo descubrir una raíz del reggae que yo tenía ‘en busca y captura’: había escuchado alguna canción de refilón, pero nunca había descubierto qué género musical era ni de dónde salía.
Y ahí me vino todo de golpe. Entró Napster, entró Internet. Esa fue mi baza de poder... Buscabas el nombre de un artista y te recomendaba otro del mismo estilo. Conocía a tres, pero la propia plataforma me daba la oportunidad de ‘bajarme’ a Elephant Man, T.O.K., Bounty Killer, etc. Ahí empecé a volverme loco. Me quedé atrapado en esta cultura.
Imagino que este género habrá cambiado en estos 20 años.
Muchísimo.
¿Cómo?
Bajo mi opinión, el reggae y el dancehall en esta última década han tenido su peor momento. En Jamaica, que es la cuna de esta música, sobre todo. Lo que ocurre es que el relevo generacional... Lo que escucha la gente de 20 años, pues los de nuestra generación ya casi no lo entendemos. Nos cuesta, ¿no? Son cosas un poco muy diferentes, muy agresivas, demasiada electrónica. No lo sé. Cada uno tiene su forma de verlo. En Jamaica los jóvenes tenían el oído puesto en el trap americano. Y trap, trap, trap, trap... Fusionaron su sonido con el trap, pero se perdió. Prácticamente nadie de la nueva escuela hacía dancehall y reggae al uso.
Los artistas nuevos eran voces que no son características de Jamaica, que llevaba 50 u 80 años caracterizándose por las voces de los cantantes: los de reggae con una afinación impoluta y de dancehall, con una potencia y un grave y un roto... Y de repente aparecen los ‘niños rata’. Todos a cantar sin actitud, sin letras que representen a la cultura y sin ritmo musical. Se perdió muchísimo la esencia.
¿Y ha remontado?
El que está consiguiendo que vuelva el dancehall es Kybba, un productor italiano que vive en Holanda. Ha reinventado el género con una rama que le llaman ‘shatta’, que es un dancehall un poquito más electrónico, más pariente del moombahton. Kybba ha grabado a distintos artistas para hacer la fusión de Jamaica con los latinos y lo ha puesto en el top 100 de Spotify y de muchas plataformas.
Y ahora en Jamaica toda la gente mayor está poniendo la oreja en lo que hace Kybba, lo que hacen en Italia y lo que hacen Tribal Kush en Holanda. Al final, están reinventando el sonido y llevándolo de nuevo a las listas con Sean Paul, con Busy Signal y con otros artistas como Ryan Castro. Está perdiendo un poco de fuelle el reggaetón y está ganando el dancehall en algunos sectores. Y eso está muy guay.
¿Ha llegado esto a España?
Sí, porque Kybba ha hecho ‘sold out’ en todas las ciudades de España donde ha venido. En todas. En Málaga, en Madrid, en Barcelona... Es que se acaban las entradas en el día. Él es un trendsetter: ha creado una tendencia, una moda. Y ha creado un movimiento, tío. Puede poner algún tema o algún remix de reggaetón, pero todo lo lleva a su terreno. Ahora mismo Kybba es el representante de la movida. Yo se la doy la doy a él.
Después de conocer el dancehall, ¿cómo nació ‘El Chico de Fuego’?
Fue una mezcla de causalidades, porque no creo que sean casualidades. Yo trabajaba en una tienda, en un ‘grow shop’. Un día entró un chico, que a día de hoy es de mis mejores amigos y mi socio, y dijo que estaba montando fiestas de raga y que si podía poner un cartel. No se llamaba ni dancehall. Yo le contesté que eso no existía aquí, y me dijo que sí, que iban a ir unos cantantes, unos DJs, unos colegas... Se montaron las Ganja Time y empezaron todas estas fiestas. Y ese fue el nexo: yo escuchaba reggae y dancehall todo el día, y empecé a contactar con DJs y productores de Madrid que estaban empezando. Morodo ya estaba en la escena.
Iba a las fiestas y veía que el nivel vocal era muy malo. Éramos underground, era primario, era básico. No cantaba todavía, pero veía que todo el mundo imitaba lo que ya había: hacían lo mismo que Morodo. Era muy difícil en español crearte un estilo propio sin referencias cuando solo había una. Yo escuchaba mucho reggae y dancehall de Jamaica y de Panamá... Esto es importante: en Panamá ya hacían dancehall en español hace más de 30 años.
¿En Panamá?
Sí, han sido la referencia del reggae en español. Desde hace muchos años. Kafu Banton, El Roockie, El General, Nando Boom... Son los que empezaron el dembow antiguo y de donde salió el reggaeton. Salió de Panamá, no salió de Puerto Rico. Lo que hizo Puerto Rico fue apropiarse de él porque lo profesionalizó, pero nació en Panamá. Tanto el reggae en español, como el dembow... La cuna es Panamá. Y, a su vez, la cuna de Panamá es Jamaica. Todo viene de Jamaica, pero los primeros en adaptarlo al español y empezar a transformar el sonido siempre han sido los panameños.
No es algo que demasiada gente sepa.
Lo saben los panameños, pero a ellos les escucha una minoría porque, al final, la música popular es justo la de las islas, no la de Panamá. Es importante saberlo y que se sepa. Lo dice el propio Daddy Yankee, y mucha gente de Puerto Rico se la da a Panamá. Hay un documental de reggaeton que se hizo hace muchos años llamado ‘The Chosen Few’, que no he vuelto a encontrar en ningún lado, y en la que salía gente de muchos lados hablando del género. Incluso de España. Y todos contaban cómo los panameños fueron quienes empezaron.
Cogían los vinilos de 7 pulgadas de dembow jamaicano, que venía la canción por un lado y la instrumental por otro; entonces ellos ponían la instrumental para cantar encima y, en vez de a 33 revoluciones por minuto, la ponían a 45. Y empezaron a rapear sobre esos ritmos. Así nació tanto el dembow, como el reggaeton, como todo. Y fue en Panamá.
Esa referencia fue clave para el nacimiento de ‘El Chico de Fuego’...
Claro. Yo estaba en contacto con el reggaeton español de Panamá. Con todo eso. Conocí gente en mi ciudad que montaban esas fiestas en las que unos pinchaban y otros cantaban. Al ir y escuchar a la peña, claro, todos querían sonar como un español, pero nadie quería hacerlo como en Jamaica o Panamá. Entonces yo, con mi cabeza tan impulsiva, intenté hacer un estilo propio que no recordase a mi colega Morodo, que era parte de la pandilla, y que recordase más a lo de allí.
Tampoco sé si lo conseguí, pero lo que sí tengo claro es que hice algo diferente. Y eso a la gente le llegó. Y ahí fue que me dio el calambrazo con alguna canción, se la pasé a los colegas, me animaron a seguir grabando, hice la maqueta y la subí a Internet. Y ahí explotó la movida.
¿Qué recuerdas de la época de ‘Vida Grimey’?
Aquello fue para el segundo y para el tercer disco y... Pf. Lo que recuerdo, tío, es que estábamos viviéndonos una película que flipas. Yo estaba empezando a petar en España. Darmo, Iván Nieto, Carmona y la gente de A13 estaban teniendo su momento. En esa época, en Madrid y en todos lados estaban reventándolo. Todos los que estábamos en ese ‘tinglao’ y alrededor de esa marca echándoles un cable, porque al final se hacía todo por amor y no por dinero, nos lo estábamos viviendo. Era una película. Y el grabar esos videoclips con explosiones, con efectos especiales... Era una experiencia de la hostia.
Éramos gente normal, de barrio, pero en esos ratitos nos hacían sentir un poco superestrellas, ¿no? Vaya despliegue. Moló mucho cuando salió. Nadie se esperaba que eso iba a pegar un pelotazo e iba a ser viral porque en esa época las cosas no eran virales. Y mira ‘Blondapetit’, con Gordo Master. Son temas que para nosotros eran una canción más y, de repente, se convierten en himnos generacionales y del país.
Son muy buenos recuerdos. Hoy en día no nos vemos casi nadie, pero en esa época estábamos súper unidos y quedábamos todos para ir a todos lados o para fiestas en casa de alguno. Ahora somos mayores... Hay hijos, responsabilidades o, directamente, no apetece salir de casa. Todo ha cambiado, pero esa época fue muy guay.
¿Seguís teniendo contacto?
Sigue intacta la relación. Sí, sí. Seguimos siendo una familia, pese a que no nos llamemos o no nos veamos más que cada muchos meses por festivales o cuando es el cumpleaños de uno. Pero en esos momentos, tío... Por ejemplo, SFDK. Nos han juntado tres veces en los últimos años en Sevilla y en Madrid. Y simplemente estar ahí echando la tarde todos juntos, reencontrándonos...
En la nueva escuela no lo sé, pero de la escuela de donde yo vengo, a la que pertenecen todos estos grupos... Aunque haya quienes han podido tener sus rencillas a lo largo de la vida, todos nos llevamos de puta madre y todos nos queremos muchísimo. Y eso es una movida que en España mola mucho, realmente. Todo el mundo.
O sea, da igual. Nach, Kase O, SFDK, Sharif, Rapsusklei, los de Violadores, el Langui... Da igual el que digas. Nos vemos y nos abrazamos porque nos queremos todos muchísimo. No ha sido una escena de envidia. El ego del rapero siempre ha estado ahí, pero la envidia creo que no ha existido nunca entre los artistas consolidados. Sería absurdo. Lo que había era que apreciabas la carrera del otro: valoras sus esfuerzos, sus logros, cómo ha hecho esto... Aprendemos todos de todos. Y al final es un poco así. Nadie nos ha enseñado cómo venía esto. ‘Esto’ se creó a base de chavales pobres que querían salir del barro y estaban obsesionados con una movida que venía de fuera. Y eso es lo bonito de la escena de España.
Y comentabas que ha cambiado todo mucho...
Supongo que ha cambiado. Es verdad que los chavales jóvenes... Tengo relación con algunos, me encuentro con ellos. Yo siempre trato de llevarme bien con todo el mundo y me gusta conocer gente, pero es verdad que ha cambiado el juego, ha cambiado la música, ha cambiado... Claro, ahora mismo los artistas ya no son raperos; que hagan rap, de verdad, muy pocos. Y los raperos, la mayoría no hacen rap. A lo mejor a ellos les molesta que lo diga. Yo no lo digo con ninguna maldad, pero es la realidad. Tú coges el disco de un rapero y, ¿cuántas canciones de rap hay? Tres. Cinco a lo sumo. Porque luego hay house, luego hay rock and roll, luego hay una de hard techno... Has querido abarcar todo para que los chavales puedan irse con tu música de fiesta, a la playa, etc.; y ya no es sólo el rap ‘me cago en todo’, pesado y para un público objetivo. Ahora, claro, es un negocio para ellos.
Nosotros seguimos haciendo la música de otra manera. Más con el corazón, más con otro mensaje. Los chavales de ahora quieren vender multis en sus letras; que no les pagan, pero les queda muy bien decirles a los chavales ‘mira qué ropa más cara de estas marcas visto y el coche tan guapo que tengo’. Siempre me ha parecido ridículo, pero es lo que vende hoy en día. Igual que venden los cursos de los vendehumos en Instagram y los cursos de ‘hazte rico con el trading y sigue mis señales’... Y la gente cae, tío. Es un poco la consecuencia de tu responsabilidad y del mensaje que quieras dar.
Creo que eso ya va en los artistas. Hay artistas a los que les dan igual las consecuencias y no les importa que su hijo les escuche y diga ‘qué son estas sandeces’. Y hay otros que sí sienten que tienen un deber moral más allá con aquello que están dejando eternamente. Porque tu música va a quedar ahí para siempre.
¿Y cuál es el mensaje que das en tu nuevo disco?
Desde los inicios de mi carrera hay una mayoría de canciones con un mensaje que te hace pensar, que te invita a ser mejor persona. No te invito a ser peor. No te invito a ir a las casas que apuestas, ni a que seas alcohólico, ni a que te compres coches caros o ropa cara, porque a mí eso me parece absurdo y me parece tirar tu vida. Siempre trato de dar los mismos consejos que yo me doy a mí; que las letras puedan servir a los demás como algo positivo y no como algo destructivo.
Y en el nuevo disco viene un poco de todo. Siempre hay ese mensaje de barrio, oscuro, callejero, vacilón; en este disco hay dos o tres temas un poquito más así, porque es parte de la esencia, parte de la música que yo siempre me he vivido y me encanta. Hay alguna colaboración y algún tema solo que es más de ese rollo: caña para el gueto. Pero la gente entiende por contexto que eso es puro vacile, puro desahogo para hacer una canción.
La mayoría del disco tiene un mensaje de una persona que comete errores, que trata de aprender de ellos. Y si a los demás les sirve escuchando mis cagadas y mis aprendizajes para poder llevar un poquito mejor sus cagadas y sus aprendizajes... Eso es en lo que se basan muchas de mis canciones.
Quizá en este disco hay un punto más introspectivo, un grado más de adultez...
Supongo que sí, que se me nota el padre. Mi hijo tiene ya 7 años. Cuando es un tamagotchi, cuando es un bebé, no tiene nada más que aportarte que su imagen y su energía. Pero claro, yo ahora tengo un colega: tengo una persona con la que hablo, que me pregunta todas sus dudas existenciales. Eso te hace llevar tu responsabilidad más allá, te hace vivir de otra manera; te hace escribir de otra manera y volverte más adulto.
Yo siempre he sido muy niñato, tío. Tengo 46 años y hace cinco seguía pensando que tenía 20, ¿sabes? Y sigo sintiéndome joven, pero sí llevo la responsabilidad a otro nivel. Porque ya la siento; siento que pesa más que otras cosas.
Si metes tu disco en una botella y la lanzas al mar, ¿qué mensaje querrías que llegase al náufrago que la encontrase?
Pues quizá el título. ‘Iter Animae: VII’. El séptimo capítulo, el séptimo camino del alma; el séptimo trabajo de un ser humano a lo largo de su vida. A la vez, es una forma de reflejar el paso del tiempo: es mi ‘yo’ más adulto hasta el momento, el que se empieza a acercar a la vejez. Me siento joven, pero en cuatro años cumplo 50. Estoy en ese camino de expresarme, entenderme y tratar de mejorar a otros niveles; a los niveles de un señor más que de un chaval.
El destino es un tema recurrente en el disco, ¿no?
Así es.
¿Crees en él?
No sé. Las cosas están ahí, tío, y cada uno puede interpretarlas como quiera. Pero es muy difícil... No sé si el día de mi muerte y todo lo que yo consiga ya está planeado. Desde luego a mí me pasan cosas que parecen guionizadas. Muchas veces cuando uno toca fondo y pide o imagina algo mejor, llega, ¿sabes? Son tantas las causalidades que incluso puede ser que sí exista el destino. Llega un punto en el que dudo de tantas cosas... De joven crees todo, pero al crecer nacen dudas. Siempre he sido ateo, pero nunca he negado la existencia de Dios. ¿Quién soy yo para poner en duda todo esto?
Hay muchas cosas que te invitan a pensar. Vivo en un mar de dudas y prefiero dejarme llevar. Me permito mucho dudar y escuchar; y últimamente me permito cambiar de opinión, que es algo que estaba mal visto en el ser humano y en la sociedad. Sobre todo en esta movida urbana y callejera, donde parece que si cambias de opinión estás faltando a tus ideas o estás siendo un hipócrita. Tío, la vida es cambiar de opinión. Continuamente. Aprender, equivocarse y cambiar de opinión. Es súper lícito darte cuenta de que lo que pensabas antes no es lo que piensas ahora. Así somos los seres humanos, tío.
Si en 20 años nos tomamos una cerveza, ¿qué te gustaría decirme?
Es curioso. Siento que ya he conseguido todo lo que quería. Mis sueños se cumplieron; ahora me dedico a disfrutar y a fluir. Es probable que no haya disfrutado, que no haya sido todo lo feliz que debería porque siempre estaba preocupado con cosas del futuro. Pero ahora, por fin, estoy en ese punto. Proyecté desde muy joven que yo quería vivir en el Caribe. Y tengo mi casa en el Caribe y un pie puesto allí.
Me representa mucho más vivir en el Caribe que en Europa. Ese era mi sueño: vivir allí, que sea verano todo el año; palmeras, monos, cocos. Y ya está. Mi casa está allí, entre palmeras, monos, cocos y verano. La música me ha dado de comer y se ha cumplido todo. Me mantengo hasta lo que dure. He sido un chico inteligente que ha sabido reinvertir el dinero para tener planes ‘B’ y ‘C’; muchos han funcionado, otros no. Pero el día de mañana espero tener la espalda cubierta.
Ahora mismo solo me queda disfrutar. En 20 años te diría que sí, que al final me fui a Costa Rica y que te vengas cuando quieras; que llevaré 20 años mirando las palmeras y que sigo con mi socio haciendo cositas y disfrutando la vida. Eso es lo que me queda por hacer. Estoy aquí por mi hijo, pero en cuanto crezca un poco y sea adolescente y vuele... Allí tiene a su padre, que vaya a verle cuando quiera.
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