El desprecio de Kurt Cobain a Axl Rose que desató una de las guerras más violentas de la música: “No deja de llamarme”
Aunque se insultaban en público, Axl Rose estaba obsesionado con la genialidad de Nirvana. El suicidio de Cobain en 1994 dejó al líder de los Guns N’ Roses completamente roto y marcó el fin de una era. Esta es la historia de dos enemigos que, en el fondo, hablaban el mismo idioma de dolor.
A veces, para entender cómo cambia una era, no hay que mirar las listas de ventas, sino los pasillos de un backstage. En septiembre de 1992, en los MTV Video Music Awards, el mundo de la música no se dividió por géneros, sino por el olor. A un lado, el perfume caro, la laca y el cuero de Axl Rose; al otro, el sudor, la franela barata y el desprecio de Kurt Cobain.
Axl era el último dinosaurio de un rock que se creía intocable, un tipo que necesitaba guardaespaldas hasta para mirarse al espejo. Cobain era el virus que venía a matarlo, un chico de pueblo que odiaba todo lo que Axl representaba. Y cuando esos dos mundos colisionaron, nació una de las rivalidades más amargas de la historia.
Todo empezó por un intento de seducción. Axl Rose, que siempre tuvo un olfato privilegiado para la genialidad, se enamoró de Nirvana antes que nadie. Quería que fueran los teloneros de la gira conjunta de Guns N’ Roses y Metallica. “Nirvana es la mejor banda del mundo”, llegó a decir Axl.
Pero Cobain no quería saber nada. Para Kurt, Guns N’ Roses era el enemigo. Representaban el machismo, el sexismo y la vacuidad del rock que él quería enterrar. “No somos la típica banda que no tiene nada que decir como Guns N’ Roses”, soltó en una entrevista. La respuesta de Axl fue invitarle personalmente. Cobain ni siquiera le devolvió la llamada: “Maldita sea, Axl Rose no deja de llamarme”, repetía enfadado a sus más cercanos.
El punto de no retorno ocurrió en los premios de la MTV de septiembre de 1992. Kurt estaba sentado con Courtney Love y su hija recién nacida, Frances Bean. Courtney, que siempre ha disfrutado lanzando gasolina al fuego, vio pasar a Axl y le gritó con sarcasmo: “¡Axl, Axl! ¿Quieres ser el padrino de nuestra hija?”. Axl se detuvo en seco. Se acercó a Cobain, y le soltó una amenaza que ya es historia del rock: “Mantén a tu zorra callada o te sacaré a la calle y te patearé el culo”. Cobain, sin inmutarse, miró a Courtney y le dijo con una sonrisa cínica: “Cállate, zorra”. El backstage estalló en risas. Axl se fue echando humo. La guerra ya no era musical; era personal.
Cobain no solo despreciaba a Axl como persona, despreciaba su mística. Durante esa misma gala, Nirvana tocó ‘Lithium’. Al terminar, el escenario quedó sumido en el caos y todos comenzaron a destrozar los instrumentos. Dave Grohl se acercó al micrófono y empezó a gritar con un sarcasmo hiriente: “¡Hola, Axl! ¡Hola, Axl! ¿Dónde está Axl?”. Mientras, Kurt parodiaba al cantante de Guns N’ Roses, imitaba sus poses afectadas y terminaba arrojándose sobre la batería. No era solo música; era una burla pública, radiada a todo el planeta, que dejaba a Rose como un chiste de instituto ante la élite de la industria. No fue el único golpe de la noche. Antes de salir a escena, Kurt ya había marcado territorio. Vio un piano de cola en el escenario que estaba preparado para que Axl tocara 'November Rain‘. Cobain, en un gesto de pura rebeldía punk, sonrió… y escupió sobre las teclas.
“Pensé que estaba escupiendo en el piano de Axl, pero luego me enteré de que era el piano de Elton John”, confesó Kurt después con una mezcla de arrepentimiento y risa. Daba igual. El mensaje estaba claro: tu grandilocuencia me da asco.
Para Axl, el desplante de Cobain fue una traición personal. Él se veía como un rebelde, pero Cobain le hizo sentir como un viejo disfrazado de joven. Axl empezó a atacar en sus conciertos: “Kurt Cobain es un drogadicto con una mujer drogadicta. Si el bebé nace con deformidades, creo que ambos deberían ir a la cárcel”. La brutalidad de Axl solo servía para alimentar la leyenda de mártir de un Cobain que cada vez se hundía más en su propio pozo. Mientras, Kurt vivía en una realidad donde Axl era el símbolo de todo lo que estaba mal en el mundo. “Axl Rose representa todo lo que odio. Es una persona que cree que es más importante que los demás”.
Lo sorprendente es que la muerte de Kurt Cobain en abril de 1994 dejó a Axl Rose completamente KO. Cuando la noticia del disparo en Seattle llegó a sus oídos, se deshizo. Bryn Bridenthal, publicista de Geffen, lo recordaría años después con una frase que hiela la sangre: “Temía que Axl se lastimara. Sentía las cosas muy profundamente y tuvo una conexión real con Cobain, aunque fuera unilateral”.
Esa noche, el tipo más peligroso del rock pasó horas colgado al teléfono, hablando sin parar, buscando una explicación. Axl no celebraba la muerte de su rival; estaba llorando a la única persona que, en el fondo, hablaba su mismo idioma.
A partir de ahí, Axl se encerró a grabar un disco que tardaría quince años en salir, obsesionado con un perfeccionismo que olía a derrota. El mundo ya no quería héroes de cuero; quería poetas rotos. Y el poeta más grande de su generación acababa de decir adiós con un cartucho de escopeta.
Hoy, cuando escuchamos ‘Smells Like Teen Spirit’ o ‘Welcome to the Jungle’, lo que oímos es el eco de esa batalla. Cobain ganó la guerra cultural, pero pagó el precio más alto. Axl sobrevivió, pero tuvo que aprender a vivir en un mundo que ya no le pertenecía.
Al final, la historia de Axl y Kurt no es una historia de música, sino de cómo el éxito puede ser la peor de las condenas si no sabes digerirlo. Uno se fue demasiado pronto; el otro se quedó demasiado tiempo mientras se destruía su voz. Pero ninguno de los dos volvió a ser el mismo después de cruzarse en aquel pasillo.
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NOTA: la imagen que abre este artículo es un montaje de dos imágenes de Axl Rose y Kurt Cobain en los premios MTV de 1992. No existe ninguna foto conocida en la que aparezcan ambos juntos.
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