Andrea Combalia, experta en cuidado de la piel, sobre la rutina al levantarse: “Puede minimizar el efecto”
Expertos en dermatología advierten de que usar agua demasiado fría o muy caliente puede dañar la barrera cutánea a largo plazo.
La limpieza facial es el primer paso de cualquier rutina cosmética y, paradójicamente, uno de los más descuidados. Basta con observar los hábitos diarios: agua rápida, un poco de limpiador, aclarado exprés y a seguir con el día. Sin embargo, ese gesto aparentemente sencillo puede marcar la diferencia entre una piel equilibrada y otra sensibilizada, deshidratada o apagada.
Dermatólogos, cosmetólogos y expertos en dermocosmética llevan tiempo alertando de que no solo importa qué producto utilizamos, sino también cómo y con qué lo aplicamos. Y en ese “cómo” hay un factor determinante que a menudo pasa desapercibido: la temperatura del agua.
El mito del agua fría y los poros
Durante años se ha defendido que el agua muy fría ayuda a “despertar” la piel por la mañana y a cerrar los poros tras la limpieza. La escena es habitual en redes sociales y rutinas virales: chorros helados como símbolo de firmeza y vitalidad cutánea. Pero, desde el punto de vista dermatológico, estas creencias no se sostienen.
La dermatóloga Andrea Combalia, autora del libro ‘Piel sana in corpore sano’, lo explica con claridad en la revista Telva: “Lavar la cara con el agua muy fría desde el principio puede minimizar el efecto de la limpieza facial porque hace más difícil retirar los residuos”.
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¿La razón? El frío contrae la piel y endurece la grasa. Esto provoca que el sebo se vuelva más denso y que el limpiador no pueda emulsionarlo con la misma eficacia. El resultado: restos de maquillaje, protector solar o contaminación que permanecen adheridos, aunque la sensación final sea de frescor inmediato.
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