Golf | Masters de Augusta

Augusta celebra 25 años del ‘Tiger Slam’ sin Tiger

Este miércoles se cumple un cuarto de siglo de la gran gesta del golf contemporáneo, con Woods ausente tras su reciente accidente de tráfico.

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Redactor en Más Deporte
Nació en Madrid en 1995. Doble grado en Periodismo y Audiovisuales por la Rey Juan Carlos. Un privilegiado, hace lo que siempre quiso hacer. Entró en AS en 2017 y se quedó. Salvo un paréntesis en Actualidad, siempre en Más Deporte. Allí ha escrito sobre todo de rugby, golf y tenis. Ha cubierto el British Open, la Copa Davis o el Mutua Madrid Open.
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Parafraseando a Dickens, era el mejor de los tiempos y era el peor de los tiempos. El mejor para Tiger Woods, el peor para todos los demás golfistas profesionales. El fin de una era y el comienzo de otra. La era del Tigre. Este miércoles se cumplen 25 años de la gran gesta del golf contemporáneo, el ‘Tiger Slam’, los cuatro majors en su poder al mismo tiempo, aun conquistados en años distintos. El US Open, el British y el PGA Championship en el 2000 y el Masters de Augusta en 2001. Una efeméride empañada por su realidad actual, la de un hombre que hace unos días sufría un nuevo accidente de tráfico conduciendo bajo la influencia de opioides, era arrestado y se somete a tratamiento mientras espera juicio cuando debería estar en el rincón de Georgia en el que remató su obra maestra, su Mona Lisa.

Nadie se ha acercado tanto al imposible, conquistarlos todos en la misma temporada, con la configuración moderna de este deporte. Bobby Jones lo hizo, pero en 1930, cuando el Grand Slam comprendía el US Open, el British Open y sus respectivas versiones amateur. El golf profesional estaba aún en pañales. El PGA Tour había nacido solo un año antes, en 1929, el del crack bursátil que sumiría a Estados Unidos en la Gran Depresión. Nicklaus, la estela que ha perseguido Tiger toda su carrera, a la que habría dado caza de no haber ocurrido todo lo que ocurriría en la década siguiente, lo tuvo cerca en el British Open de 1972. Llegó como el vigente campeón de los otros tres, pero acabó segundo por detrás de Lee Trevino en Muirfield. Solo seis jugadores a lo largo de la historia han conseguido de forma no consecutiva las cuatro victorias que dan acceso al Nirvana golfístico, además de los dos citados Gene Sarazen, Ben Hogan, Gary Player y Rory McIlroy, este último con la chaqueta verde conquistada el año pasado.

La ‘cacería’ del Tigre, que por entonces ya había ganado un Masters (por 12 golpes, el mayor margen de la historia, y con 21 años, más joven que nadie) y un PGA Championship, comenzó en el US Open, en Pebble Beach. La confirmación de que este deporte asistía a un fenómeno sin precedentes. El californiamo se impuso en el más crudo de los majors con un -12 marciano. Solo en dos ocasiones más, ambas posteriormente (McIlroy con -16 en 2011 y Koepka con idéntico acumulado en 2017), se ha ganado este torneo en dobles dígitos, y nadie lo ha hecho jamás con los 15 impactos que les sacó a Miguel Ángel Jiménez y a Ernie Els. Paul Goydos, que jugó con él alguna vuelta de prácticas previa, diría de aquello: “Terminamos de jugar y les dije a algunos: ‘Este torneo está sentenciado, lo va a ganar por 10 golpes’. Muchos se burlaron, y lo cierto es que me equivoqué. Ganó por 15″. “Yo soy mortal. Todos lo somos. Él no”, apuntó Rocco Mediate.

Un par de meses después Tiger rendiría a sus pies St. Andrews, la catedral del golf, en otra exhibición que cerró con 269 golpes, 19 bajo par, y ocho de renta sobre Thomas Bjorn y de nuevo Ernie Els, uno de los que más sufriría su prime, camino a la primera Jarra de Clarete de su trayectoria. “Sentía que tenía la bola completamente dominada. Podía hacer cualquier cosa que quisiera”, se ufanaba mientras erigía una dictadura que duraría diez años.

La menos autoritaria de sus victorias en este lapso de perfección llegaría en Valhalla, escenario del último PGA Championship del siglo XX. Woods alcanzaría el -18, cinco golpes mejor que el segundo, Thomas Bjorn, pero insuficiente para sofocar la resistencia de Bob May, que le llevó a un playoff. En este torneo se disputa a tres hoyos, pero en realidad duró uno. Tiger le hizo uno de sus birdies más recordados al 16, con un putt de más de siete metros que empezó a celebrar ya a mitad de camino, siguiendo la pelota mientras apuntaba con su dedo hacia el hoyo, y el trofeo era suyo virtualmente. Un hombre en estado de gracia perpetuo. May solo estaba retrasando lo inevitable.

En el medio año que medió hasta el siguiente Masters, Tiger ganaría otras seis veces, entre ellas dos Campeonatos del Mundo, el Canadian Open, el Phoenix Open, lo que ahora es el Arnold Palmer Invitational y The Players. Era capaz de fabricar en un puñado de meses un curriculum que el 99% de los golfistas firmarían para la totalidad de su carrera. Vestiría la chaqueta verde por segunda vez en Augusta tras entregar cuatro tarjetas por valor de 272 golpes en total, 16 por debajo del par y dos menos que David Duval. Tercero acabaría Phil Mickelson, el mayor daño colateral de la carrera de Woods. La de este año será la primera edición desde 1994 en la que ninguno de los dos comparezca.

El ‘Tiger Slam’ quedaba completo y al mundo del golf no le quedaba más remedio que rendirse a la adoración de su dios viviente. “Es lo más grande que se ha hecho nunca en el deporte profesional”, llegó a afirmar Ken Venturi. “Solo hay dos cosas que puedan parar a Tiger: las lesiones o el matrimonio”, lanzó con sorna el reputado reportero Dan Jenkins. Quién le iba a decir que su chanza se convertiría en realidad una década después, cuando comenzó la espiral de problemas físicos e infidelidades que convertiría al Tigre en una sombra de lo que fue, precisamente en el tramo de su trayectoria en el que estaba destinado a rebasar los 18 grandes de Nicklaus y convertirse objetivamente en el mejor golfista de siempre. Lo que podría haber sido esa época permanecerá para los restos como uno de los grandes interrogantes de la historia del deporte.

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