Shearer, corazón y cabeza
Nacido en Newcastle, el máximo goleador de la Premier League no paró hasta que pudo jugar en el equipo de sus amores. Ahora, trabaja para que se investigue el daño que causa rematar de cabeza en los futbolistas.
Saint James’ Park es el estadio con más pubs a una milla a la redonda en todo el Reino Unido. Raro es no entrar en cualquiera de los 174 que rodean al estadio y no encontrar una camiseta, una foto o las dos cosas de Alan Shearer (Newcastle upon Tyne, 13 de agosto de 1970). Y se se pierden, hay una estatua del delantero en la entrada principal del campo.
Shearer es una leyenda en Newcastle, pero le costó llegar al equipo de sus amores donde se dejó la salud. Nació en Gosforth, a las afueras de Newcastle y su sueño fue jugar para los ‘magpies’, que le rechazaron en unas pruebas cuando era un niño e ingresó en el Wallsend Boys Club. Ahí es donde llamó la atención del Southampton que no dudó en ficharle. Los ‘Saints’ se dieron cuenta enseguida de que habían conseguido una perla. Para prueba, el día de su debut como titular con 17 años y 240 días y ante el Arsenal el chaval marcó un hat-trick.
Obviamente de ahí pasó a la selección donde esperaba la oferta del equipo de su vida. Pero las urracas no se movieron del árbol. Fue el Blackburn Rovers quien le firmó por 3,6 millones de libras, lo que le convertían en el refuerzo más caro del fútbol británico en aquel momento.
En el Blackburn la destrozó. En su primera campaña quedaron subcampeones, marcó 31 goles y le eligieron mejor jugador de la Premier. Fue durante cuatro campañas consecutivas máximo goleador de la Premier formando una asociación letal con Chris Sutton. En su segunda campaña en el Blakburn, ganaría la Premier, el único título de su carrera.
Podía haber ganado muchos más, pero le pudo el corazón cuando le llegó finalmente la oferta del Newcastle.
Ya tenía apalabrada una casa en Manchester y había estado comiendo en casa de Alex Ferguson. El United le pagaba más, pero el corazón le pudo y cuando todo parecía acordado para que se uniera a los Keane, Cantona y compañía y arrasara en la Premier, decidió cumplir su sueño de niño.
Fichó por el Newcastle y no ganó títulos. Metió goles a porrillo hasta ser a día de hoy el máximo goleador del equipo, con 206 goles en 405 partidos y de la Premier con 260 goles en 441 partidos oficiales. Y si no marcó más, fue por las lesiones. Hasta tres veces se rompió los cruzados. La última vez, en 2006 cuando marcó su último gol ante el Sunderland. Se tuvo que retirar y no pudo ni jugar el partido homenaje que le había organizado el Newcastle ante el Celtic, donde salió apoyado en muletas a saludar.
El corazón le llevó a Saint James’ Park, pero casi le cuesta la cabeza. En 2017 Shearer reveló que padecía pérdidas de memoria y se estaba sometiendo a pruebas neurológicas. Todo ello producto, como se demostró de los remates de cabeza que afectaron a su cerebro.
“Por cada gol que anoté de cabeza marqué mil en los entrenamientos, eso me pone en riesgo si es que hay un vínculo entre ambos factores. Es un deporte duro y brillante, pero hay que estar seguros de que no sea un juego mortal. Cuando uno se convierte en profesional, se espera tener más tarde problemas de espalda, rodilla o tobillo. Pero jamas pensé que el fútbol estaría ligado a enfermedades cerebrales” declaró.
Shearer, que uno de cada cinco de los goles que anotó los logró con remates de cabeza, reconoció que en los entrenamientos solía realizar unos 150 remates de cabeza cada día.
Su coraje al denunciar su situación se vio confirmado después cuando el University College London Hospital y el Hospital Británico de Neurología y Neurocirugía realizaron un estudio en el que quedaron demostrados los riesgos de contraer enfermedades neurológicas que sufren los futbolistas que más emplean el recurso del cabezazo que dio origen al documental de la BBC “Demencia, el fútbol y yo” que tiene a Shearer como protagonista.
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Se fue al Newcastle por el corazón y ahí se dejó la salud. No es raro que los 174 pubs de una milla a la redonda de Saint James’ Park tengan todos una camiseta suya colgada en la pared.
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