Sevilla

La injusticia persigue a Almeyda desde México, Estados Unidos, Grecia...

La conducta del técnico sevillista contra el Alavés tuvo precedentes en sus anteriores etapas y siempre justificado por su “sangre caliente contra las injusticias”

Toni Rodriguez
Redactor de la Delegación de Sevilla
Redactor de la delegación de Sevilla de Diario AS desde 2013. Sevilla y Betis, Betis y Sevilla, copan su día a día laboral, por lo que podrás leer sus informaciones en cualquiera de los dos equipos. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla.
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Matías Almeyda se enfrenta a una sanción ejemplar. La redacción del acta de Galech Azpeitia lo puede dejar sin sentarse en el banquillo del Sevilla prácticamente hasta final de temporada. Su actitud, unida a la reincidencia por haber sido expulsado ya en el Bernabéu, abona el terreno. Pero Almeyda, al fin y al cabo, no ha hecho más que ser fiel a sí mismo y repetir lo que ya había hecho en México, Estados Unidos o Grecia.

Ya en 2016, cuando entrenaba a Chivas de Guadalajara, Almeyda fue sancionado con un partido por decir, textualmente, que el árbitro César Ramos era “un delincuente”. Un año después, sí vio la roja en el terreno de juego, Roberto García Orozco lo expulsó y Almeyda le dio la mano a él y al cuarto árbitro antes de patear una botella que había en el suelo.

En Estados Unidos, como técnico de San José Earthquakes, protagonizó un incidente en 2019 en el que fue expulsado tras protestar al cuarto árbitro y al colegiado Kevin Scott. Camino del vestuario, se encaró con un aficionado y tuvo que se reducido para no subir a la grada a pelear con él. “Por mis venas corre sangre. Me caractericé por tener sangre y no tener agua. Las injusticias muchas veces me dan mucha bronca y mucha impotencia, y cuando no hay diálogo más todavía. En ningún momento yo falté el respeto. He perdido la cabeza y por eso pido disculpas públicas por esta reacción que tengo. Quien me conoce sabe que siempre he reaccionado así, hasta cuando jugaba, pero por las injusticias”, explicaba después. Unas palabras que suenan muy parecidas a las oídas en Nervión la noche del sábado.

En Grecia no iba a ser menos. Tras sufrir una remontada por parte del PAOK, Almeyda, que entrenaba al AEK, perdió los nervios. Según palabras textuales de la prensa local: “Almeyda estaba tan desbordado que se enfrentó con un integrante de la policía de la Sección de Violencia Deportiva, y lo agarró del cuello. Su propio cuerpo técnico tuvo que intervenir y retirarlo a la fuerza, ya que nadie lo podía calmar”. Pidió disculpas de una forma que ya suena familiar: "“Cuando veo que me cometen una injusticia, respondo. Soy un hombre, la sangre corre por mis venas. No voy a cambiar mi personalidad".

La afición del Sevilla, necesitada de alguien a quien le duela lo que le ocurre al equipo como a ellos, se ha agarrado a Almeyda. En pie de guerra con el palco y con unos jugadores que dan poco pie a la esperanza, el técnico es el clavo ardiendo de los sevillistas, que lo vitorearon cuando se encaró con Galech. Y Almeyda no ha engañado a nadie, puesto que estos incidentes han lustrado toda su carrera y en Nervión se supone que sabían lo que fichaban. Sangre caliente mezclada con el paupérrimo nivel del arbitraje español, mala combinación.

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