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El declive del partido de las estrellas

Un viaje a través de la historia de este evento que explica por qué un partido que antaño despertaba el interés mundial se ha convertido en algo prácticamente imposible de ver.

ALAN MOTHNER | REUTERS
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“That was the worst basketball game ever played”. Ese fue el peor partido de baloncesto de la historia.

Mike Malone pronunció entre risas esta frase después del partido del NBA All Star 2023; una declaración que no se queda en una mera anécdota, sino que refleja la realidad del declive en el tiempo de este evento. En 1993, veinte millones de espectadores estadounidenses sintonizaron a la vez la televisión para ver el partido de las estrellas. Michael Jordan (30 puntos) perdió en la prórroga (135-132), y los ganadores no fueron otros que John Stockton y Karl Malone, nombrados co-MVPs ante su afición, en Salt Lake City; lo que pasó después con sus respectivos equipos es historia. En la década de los 90, el All Star Game era la cúspide de la temporada regular, una celebración del baloncesto con los mejores jugadores del mundo compitiendo entre sí con fiereza. Era mucho más que un partido: en juego estaba el orgullo, el legado, la rivalidad; mucho más que una exhibición. Treinta años después, solo 4,6 millones de personas (la peor marca en 72 años de historia) se reunieron para ver el partido de 2023, que Jaylen Brown calificó de la siguiente manera: “esto no fue baloncesto, sino una rueda de calentamiento disfrazada de jugadas espectaculares”. Entonces, ¿qué ha pasado con el partido del All Star?

La primera vez que se jugó fue en 1951, y con el tiempo la NBA fue añadiendo aditivos para cautivar a las masas; el objetivo era hacer de este evento algo especial, y la historia de este partido ha dejado toda una colección de momentos. En 1972, Jerry West metió un tiro ganador en la cara de Walt Frazier (112-110). Cuatro años después, en el 1976, se añadió el concurso de triples, y ocho años más tarde se estableció como algo habitual en concurso de mates. Un fin de semana completo; el mayor especáctulo de baloncesto del planeta. Los aficionados esperaban entusiasmados este momento de la temporada; todo el mundo ama ver a las estrellas de la liga enfrentarse cara a cara, y cada año era el partido más visto durante la fase regular de la temporada. En el 2003, Jordan metió lo que parecía un game winner por encima de Shawn Marion, pero en la última jugada Kobe Byant forzó una falta y sacó tres tiros. Jordan se acercó al joven Kove para meterse en su cabeza, ninguno de los dos quería perder. Dos de los tres intentos acabaron dentro, y tras dos prórrogas, el pupilo batió al maestro (155-145). En 2012, Kobe ya era todo un veterano, y después de que Dwayne Wade le rompiera la nariz durante una acción, ‘la mamba’ activó el modo depredador: defendió a LeBron James en las posesiones finales. ‘El rey’ no le atacó, y en su lugar pasó el balón en dos ocasiones seguidas; perdió la posesión en la segunda. Ante esto Kobe se acercó a LeBron gritando: “shoot the fucking ball”. Lanza el jodido balón a canasta. Ese era el partido de las estrellas.

El concepto de rivalidad ha cambiado. Prácticamente todos los jugadores de hoy (sobre todo las superestrellas) se llevan bien; se ríen juntos, no hay hostilidad ni rencor en la pista. El modelo de negocio de la NBA, centrado en sus estrellas, ha empequeñecido el pique entre jugadores, equipos y ciudades, algo que se debe a un cambio social que en cierta medida se escapa del control de la propia liga. La realidad es que las redes sociales motivan a los jugadores a meterse en menos líos. El resultado: menos competitividad. Ahora este partido sirve como un descanso para los mejores; una reunión entre amigos, y un festival de triples y mates. En 2016 el Oeste anotó un máximo histórico: 196 puntos, y al año siguiente, en 2017, se registraron 83 mates, con el máximo marcador de la historia del evento (192-182), 374 puntos combinados. La especulación de las causas del declive confluyó en una variable que se repetía en el imaginario colectivo: ‘el efecto Curry’. El mejor triplista de la historia cambió la forma de jugar, y la cantidad de triples intentados y puntos anotados batió todos los límites establecidos hasta la fecha, tanto en los partidos de la temporada regular como en el All Star. Las faltas en este evento decayeron, y la ausencia de contacto en la zona mitigó toda esperanza de pique; la visceralidad del juego se volvió inexistente.

En 2018, la NBA erradicó la división de equipos por conferencias; el formato había quedado obsoleto y necestiaba un cambio. Adam Silver implementó el sistema de elección con capitanes (los jugadores más votados de cada conferencia) mediante un draft, que empezó con LeBron y Curry como líderes. Este formato dio para hablar fuera de la pista (rumores de traspasos, conexiones entre jugadores), pero no mejoró el partido en sí. Cuando en 2019 se intentaron 167 triples, la liga dijo basta. El final Elam (Elam ending), llegó en un 2020, que si bien fue trágico por muchas razones, devolvió la vida al partido de las estrellas. Este formato eliminó el reloj del partido en el último cuarto, y en su lugar estableció un objetivo de puntos: en honor a Kobe fueron 24, tomando como referencia los puntos del equipo que lideraba el marcador en ese momento. Esto regaló un final histórico, de los mejores que se recuerdan en este evento. El nivel de contacto subió; las estrellas se jugaban el orgullo de honrar a uno de los más grandes. Las faltas aumentaron, y con ello la intensidad y las ganas de ganar el partido. Dos tapones de Giannis Antetokounmpo a Lebron, faltas en ataque provocadas por Kyle Lowry, varios robos clave de Kawhi Leonard; un final que olía a una final. “Se podía sentir la presencia de Kobe en el partido” declaró Lebron después de que su equipo ganara por la mínima (155-157) en un enorme partido.

La alegría duró entre poco y nada. De nuevo, el formato fue en declive, y en 2024, tras el que Mike Malone (entrenador en ese partido) calificó como el peor de la historia, tanto el final Elam como el sistema de draft con capitanes vieron su final. Silver prometió un partido en el que se iba a defender, con el formato Este contra Oeste de vuelta, pero la realidad fue un completo desastre; aún peor que el año anterior. En 2025 el evento tocó fondo. No hubo dos equipos, sino cuatro: tres de ellos formados por ocho jugadores (de entre los 24 elegidos) y uno compuesto por jóvenes estrellas, con varios mini partidos dividios en dos semifinales y una final; un formato tan confuso como absurdo. Cuando a Draymond Green (en ese momento comentarista del partido) le preguntaron qué nota le daría a este formato del uno al diez, respondió con contundencia: “ten being the best, a zero. It sucks". Si el diez es lo mejor, un cero. Es una mierda. De las tres horas que duró el evento se jugó un total de 42 miuntos de baloncesto, menos del 25% del total.

Lo que sobre el papel debería ser el pináculo del baloncesto competitivo; los mejores del mundo enfrentandose entre ellos, se ha convertido, por desgracia, en una decepcion constante. En 2024, Anthony Davis respondió una pregunta sobre la falta de competitividad del partido de las estrellas: “obivamente todo el mundo quiere que sea competitivo, pero nadie quiere lesionarse. Te imaginas que un jugador vaya al mate, otro vaya a defenderle y (dios no lo quiera) pase algo grave, ¿en un partido del All Star?El pívot tiene parte de razón, sin embargo, esto siempre ha sido así, no ha cambiado con el tiempo. El riesgo de una lesión siempre ha estado ahí, y aún cuando el partido era competitivo de verdad, nadie llegó a sufrir la tragedia que todo el mundo teme.

El problema del partido de las estrellas va más allá del baloncesto; la MLB y NFL sufren situaciones parecidas con sus respectivos All Star: cada vez menos recepción de audiencias, y cada vez más necesidad de encontrar una tecla que parece no exisitr. El verdadero secreto reside en una cuestión interna; las televisiones y sus contratos. A lo largo de este siglo, la NBA ha ido firmando acuerdos televisivos cada vez más grandes, lo que ha ido aumentando considerablemente el salario de los jugadores, pero también sus pérdidas potenciales; los jugadores pierden más mucho más dinero si se lesionan que hace unas décadas. En los años 90, era prácticamente imposible que un jugador ganara más de 10 millones anuales; hoy es el salario medio, lo que cobran los jugadores de rol. Se arriesgan fortunas sin precedentes en una burbuja que solo sigue creciendo: el cambio que sufrió el partido del All Star desde 2016 no se debe tanto al ‘efecto Curry’, sino al contrato que la NBA firmó con ESPN; 9 años y 24 billones, triplicando los 7,4 de 2007 y barriendo del mapa los 4,6 de 2002. Esta temporada, con los nueve años del anterior contrato cumplidos, la liga ha firmado un acuerdo de 76 billones por para la próxima década. El partido de las estrellas ha dejado de ser una oportunidad y se ha convertido en una amenaza.

La dejadez de los últimos años también se refleja en el resto del fin de semana. En el año 1976 se probó por primera vez el concurso de mates, pero fue en 1984 cuando se implementó como una tradición. A finales de esa década, la rivalidad de Jordan con Dominique Wilkins iba más allá de luchar por ser el mejor jugador de la Conferencia Este; competían por ser el mejor dunker del mundo. Sin embargo, poco a poco las estrellas fueron perdiendo interés en este evento. Los días de Vince Carter y Jason Richardson también quedaron atrás; ahora Mac McClung recibe cada año un contrato dual para ganar el concurso de mates, y después le devuelven a la G League. Shai Gilgeous-Alexander asoció el declive de este fin de semana a la falta de bonificaciones hacia los jugadores: “el dinero habla, cuantos más incentivos hubiera más enserio se lo tomaría la gente”. Y a pesar de sonar caprichoso, el MVP tiene su fundamento; el éxito de la NBA Cup con su premio de medio millón por cabeza lo demuestra. Por su parte, Victor Wembanyama se ha reafirmado recientemente en su idea particular de competitividad; ‘Wemby’ cree en el All Star: “quiero empujar a las grandes estrellas a jugar lo este partido lo más duro posible. Si ellos no lo hacen, lo haré yo solo. Espero hacer de contraste, ser un tío que se vuelve loco, que se tira a por el balón y lucha cada posesión”. Toda una variedad de opiniones sobre a las causas y las posibles soluciones para salir de la crisis actual, pero la única realidad es que este partido ya no es lo que una vez fue.

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