Augusta echa a un campeón del British Open por usar el móvil
Ni siquiera Mark Calcavecchia, destinatario de la Jarra de Clarete en 1989 y segundo en el Masters de 1988, se libra de las estrictas políticas del club.
Augusta no hace prisioneros. Es uno de los lugares del mundo en los que el principio de justicia equitativa alcanza su máxima expresión. Las normas son las normas, seas quien seas, y se aplican con rigurosidad. El último ejemplo de ello está en Mark Calcavecchia, que fue expulsado el martes de la propiedad por incumplir una de ellas, la que impide utilizar teléfonos móviles dentro del campo.
Calcavecchia no es ni mucho menos un cualquiera. Tiene a su nombre 13 victorias en el PGA Tour y fue campeón del British Open en 1989. Un año antes acabó segundo en el Masters que ganó Sandy Lyle. Desde hace años juega el Champions Tour, el circuito estadounidense para jugadores de 50 años en adelante, en el que ha ganado cuatro veces. Formó parte del equipo estadounidense de la Ryder en cuatro ocasiones.
Según informa Golfweek, fue ‘cazado’ haciendo uso de su dispositivo y la seguridad del club procedió a retirarle su acreditación. En declaraciones vía telefónica al mismo medio aseguró: “No tengo nada malo que decir de Augusta ni del Masters, así que creo que deberíamos colgar ahora mismo”.
Ni se corre ni se grita
No es la única regla peculiar de este torneo. En Augusta tampoco se puede correr, lo que da lugar a una escena digna de ver cada jueves de torneo en las primeras horas de la mañana, cuando un mar de espectadores aguarda impaciente a que se abran las puertas. Una vez abiertas la competición por hacerse con un lugar privilegiado en los márgenes de calles y greenes se convierte en un caos ordenado. Se trata de andar lo más rápido posible sin llegar a esprintar para plantar la silla donde se pueda (está permitido hacer uso de una silla ajena con la única condición de volver a cederle el sitio a su titular si lo reclama). Si se dejase caer alguna vez por este rincón de Georgia, la marchadora María Pérez tendría garantizadas las mejores vistas de la parroquia.
Otro principio fundamental es no gritar. Y de hecho las reacciones del público a lo que hacen los jugadores son más bien sosegadas. Los aplausos y los estallidos de júbilo se dispensan con sobriedad. La excentricidad es anatema, el motivo por el que nunca verán a Donald Trump aterrizar con su Marine One allí.
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