Opinión

Vonn, el grito que congela los Juegos

Los días previos se escucharon todo tipo de opiniones a favor y en contra de que bajara con el cruzado roto. Pero la decisión era suya. Apostó y, desgraciadamente, perdió.

Aleksandra Szmigiel
Redactor Jefe Más Deporte
Nació en Guadalajara en 1973. Licenciado en Periodismo por la Complutense. En AS desde el año 2000, es redactor jefe de Más Deporte. Ha cubierto cinco Juegos Olímpicos y unos Paralímpicos, Grand Slams de tenis, Davis, Laureus, candidaturas olímpicas, política, dopaje o grandes combates de boxeo. Le gusta escribir de deporte y también practicarlo.
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La imagen de Lindsey Vonn rota, su grito de dolor, sus lamentos (“¡Dios mío, no puedo, no puedo!”) después de desequilibrarse en la ‘lanzadera’ de la pista de Tofane cuando comenzaba a deslizarse hacia un sueño inacabado será, también, la imagen de los Juegos. El deporte es así. Gloria y drama. Como se quedó clavado en el cerebro el grito de dolor de Carolina Marín en París 2024 tras destrozarse, otra vez, la rodilla. Pero el caso de Vonn, la esquiadora que comparte Olimpo en la nieve con Mikaela Shiffrin, suscitará también el debate. ¿Fue imprudente lanzarse a más de 100 km/h con el ligamento cruzado de la rodilla izquierda roto? ¿Fue imprudente volver a competir después de que tuvieran que reconstruirle la derecha a base de titanio? Posiblemente sí.

Estos días, se escucharon opiniones de traumatólogos. Unos decían que, dependiendo de la afectación de otras partes de la articulación, podía bajar. Otros, que era una auténtica locura intentarlo. Que las consecuencias de una nueva caída podían ser fatales. No sólo para la rodilla afectada en Crans-Montana, sino para la reconstruida también. Vonn puso en riesgo su futuro no sólo como deportista de élite, sino que posiblemente se jugó la salud para disfrutar una vida normal en el futuro. Tiró la moneda y salió cruz. Decidió apostar contra todo y perdió. Escuchó y tomó una decisión. La suya. A su maravillosa historia de superación le faltó sólo el último capítulo. La de verla otra vez en un podio olímpico. Lo merecía, claro, pero la lógica pudo más que el deseo.

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