Rayo Vallecano

Álvaro García, un “canijo” que es leyenda: “Si no está entre los mejores de la historia del Rayo, ¿quién va a estar?”

El extremo, de 33 años, supera a Cota como el rayista con más partidos en Primera (198). AS charla con su padre, su primer entrenador, su representante y con el mítico lateral franjirrojo.

Juan Aguado
Redactora de la Sección de Fútbol
Redactora de fútbol del Diario AS desde 2007 y licenciada en Periodismo por la Universidad Complutense de Madrid. El fútbol modesto y las historias que esconde son su pasión. Por eso el Rayo la atrapó y el deporte paralímpico la enamoró.
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“Si no metes a Álvaro García entre los diez mejores jugadores de la historia del Rayo, ¿a quién vas a poner?”. Así defiende, como hacía cuando era lateral, Jesús Diego Cota a su sucesor, con uñas y dientes. Hasta la pasada jornada, las piernas del legendario zaguero eran las que más partidos contaban de la Franja en Primera (197), pero en La Cartuja se produjo el relevo. Ahora el extremo utrerano, con 33 años, ha cogido el testigo (198) para seguir construyendo la historia. “Ya te dije: ‘Si yo fuese el entrenador, no te habría sacado para no quitarme el récord”, bromea Cota con su heredero entre miradas cómplices y carcajadas. Juntos posan para AS en una foto que rezuma tanta admiración como duelos en la élite. “Estoy encantado de que me haya superado Álvaro, porque cumple con todo lo que debe ser un futbolista del Rayo. Además de unas condiciones bárbaras, aporta compañerismo. Cuando lo necesitas, está. Es un jugador de equipo y me hubiera encantado tenerlo de compañero”, se sincera el vallecano, que el 7 de enero de 1996, con cien partidos en la máxima categoría, superó a su admirado Tanco.

Fue un sueño cumplido, como el de vivir del fútbol. Ese con el que fantaseaba Álvaro de niño, cuando no se separaba del balón. “Jugaba en todos lados: en el colegio, en el barrio con los chiquillos de su edad… Ahora hay pistas, pero antes eran dos porterías y albero”, recuerda su padre Paco. Precisamente, de él —y de sus tíos, uno de ellos pasó por la cantera del Betis— heredó su pasión por el fútbol. Eso sí, su padre era mediapunta y diestro. “Álvaro se venía conmigo y se ponía en la banda con el balón mientras yo jugaba”, confiesa Paco, que no lo hacía nada mal. Sus vecinos de Utrera lo confirman y Álvaro le vacila con eso. “Le da coraje (risas). Él dice que yo no he jugado con foco, pero lo he hecho en los campos de antiguamente y con esos balones que pesaban…”, reivindica el padre.

Ya desde pequeño, Alvarito apuntaba maneras. “Era muy gracioso, porque era muy chiquitito. Cuando jugaba, había que darles tres o cuatro vueltas a las camisetas y a las calzonas. Le quedaban todas grandes. Era muy rapidito, parecía un gorrión corriendo. La gente decía: ‘No puede correr tanto con lo chico que es”, asegura su padre, que siempre lo ha visto actuar de extremo zurdo, salvo en prebenjamines y benjamines: “Ahí lo ponían muy arribita porque, como era tan rápido, cada balón que cogía era gol”. Años después, en el San Fernando y en el Rayo repetiría como nueve. Consciente de su talento, Paco llevó a Álvaro a hacer una prueba en el Betis cuando era juvenil, pero no se quedó. “Le descartaron porque era muy bajito”, se sorprendió su padre, que le había visto destacar en todos los partidos.

“Había que darles tres o cuatro vueltas a las camisetas y a las calzonas. Le quedaban todas grandes”.

Paco, su padre

Tanto fue así, que el extremo obligó a Miguel Ángel Montoya a subirle al juvenil de primer año del CD Utrera antes de tiempo. “Destacaba en exceso. Era imposible dejarlo en el banquillo. Jugaba siempre”, rememora uno de sus primeros entrenadores, quien le tuvo un año a sus órdenes: “Una de sus grandes virtudes es que ha cambiado poco. Como persona, tiene una timidez controlada. Es muy llano, cercano y buena gente. Como futbolista, tenía una velocidad de jugador profesional y un desparpajo impresionante. Era un rayo y un currela”. Su talento le abría puertas, aunque su estatura se las cerraba, como le sucedió también a otra leyenda rayista, Felines. “No firmó por las canteras de Betis y Sevilla porque era un canijo. Poca gente es capaz de llegar a Primera como él”, valora Montoya, que sigue hablando de fútbol con Álvaro y dándole consejos… de míster. “Él jugaba muy abierto en banda y yo le insistía en que tirara más diagonales buscando la portería y el gol. Se lo sigo diciendo. Hay que ser un pelín más egoísta cuando tienes talento y él pecaba de ser demasiada buena gente”, esgrime.

Paco seguía atento cada encuentro de su hijo. Se ponía solo en una esquina, lejos del ruido y del resto de padres. “Lo veía tranquilito en un rincón. Al final me decía mi mujer: ‘¿Cómo ha jugado el niño?’. Le respondía: ‘Bueno, podía haberlo hecho mejor’. ‘¡Pero si ha marcado dos goles!’, contestaba. A lo que le replicaba: ‘Pues podía haber hecho tres, ¿no?’. Me regañaba. Para mi mujer su hijo siempre es el mejor”, ríe Paco, que sabe muy bien que el éxito de Álvaro se construye sobre dos pilares: el sacrificio y el esfuerzo. “El fútbol le ha costado mucho. Él no salía, se quedaba en casa o iba con Laura, su novia entonces y ahora su mujer, y no faltaba a ningún entrenamiento. Nos íbamos de puente y le tenía que traer de vuelta. Luego igual ni le citaban, pero nunca faltaba. Yo veía que era bueno, pero a los entrenadores les gustan mucho los jugadores grandes”, lamenta su padre.

Álvaro tenía algo y Montoya lo veía clarísimo. Por eso, no podía quedarse de brazos cruzados y pasó a la acción. “Cuando llegó a edad senior le intenté buscar un representante. Rafita coincidió conmigo en el curso de entrenador nacional, hicimos amistad y le dije: ‘En Utrera hay un canijo que corre…’. Vino a verlo. El primer día no le convenció, pero le insistí y el segundo le gustó. Me costó invitarle dos veces a comer (risas), cuenta el técnico, quien también dirigió a Ceballos. Y es que Utrera es cuna de grandes futbolistas, siendo Reyes su máximo exponente. El ídolo del extremo franjirrojo de niño, de quien tenía fotos y posters suyos en casa. “Lo del pueblo es digno de estudio. Se juega mucho en la calle y eso te da frescura y alegría. Además, la escuela municipal trabaja muy bien”, analiza Montoya.

En Utrera sigue trabajando Paco en la carpintería, donde llevaba a Álvaro para que viese cómo era la vida real y eligiese bien su camino. “Álvaro prefirió el fútbol (risas). Me lo llevaba en verano conmigo. Lo levantaba temprano, a las 07:30 horas, y le tenía hasta mediodía entretenido. Funcionó”, asiente su padre, quien desvela: “Muy buen estudiante no era. Laura era quien le animaba a continuar”. Y se sacó el Bachiller, TAFAD y luego INEF.

“No firmó por las canteras de Betis y Sevilla porque era un canijo”.

Montoya, su primer entrenador

Los destinos y las categorías se fueron sucediendo: San Fernando, Granada, Racing, Cádiz… hasta aterrizar en Vallecas en el verano de 2018. “Tengo grabado el día que fichó por el Rayo. Me llamó a última hora y me dijo: ‘Papá, voy a Santa Justa con el coche, que tengo un AVE para ir a firmar’. Veía que no llegaba. Me pidió que fuera para allá y recogiera su coche, para ganar el tiempo de tener que aparcar. Cogió el tren tres minutos antes de que saliese. Me dio las llaves y salió corriendo”, describe Paco. El fichaje se hizo oficial el 23 de agosto y se convertía en el más caro de la historia de la Franja en ese momento, tras pagar al Cádiz alrededor de cinco millones de euros. Aquel sambenito le pesó. “El primer año fue complicado”, corrobora su padre y también Montoya: “El cambio le costó”.

Con Míchel y Paco Jémez en el banquillo, no lograba brillar. Su filosofía de juego no le beneficiaba, pero todo cambió con Iraola. Su estilo y el tándem que formó por el flanco izquierdo con Fran García dieron alas a Álvaro, quien firmó goles clave para el Rayo, como el que abrió la remontada de Montilivi, que valió el último ascenso. Ahí, con 28 años, por fin explotó. Su crecimiento en Primera —también de la mano de Iñigo— ha sido imparable, coronándose pichichi de la Franja en la 2023-24 y entrando en una prelista de De la Fuente. “Esa es una de las dos espinitas que tengo clavadas con él: que no haya pisado la Selección cuando ha hecho méritos y que no haya jugado en el Sevilla. Y eso que yo soy bético… (risas)”, afirma Montoya.

No ir con La Roja es una de las cosas inexplicables de su carrera, a la que intentan buscar respuesta sus representantes, Adrián Gómez y Borja Pérez-Peñas, de You First. “Si Álvaro tuviese cuatro o cinco años menos estaría en la Selección. Por rendimiento inmediato, se ha merecido ir y ha estado muy cerca. Cuando empezamos con él, hace casi tres años, quisimos entender por qué su explosión había sido tardía. Cada jugador tiene su camino y Álvaro ha demostrado resiliencia. Ha sido un currante y ha ido paso a paso”, dice Borja, sobre el mejor ejemplo de que la estatura y la edad son solo números. Y el extremo, los únicos que entiende son los de la historia. “Cumple de inicio o desde el banquillo y ha sacado adelante eliminatorias importantes en Conference. A base de trabajo, constancia y actitud dio la vuelta a un mal comienzo para ser un mito de la Franja”, dice otro, Cota.

Es complicado imaginarse a Álvaro sin el Rayo y al Rayo sin Álvaro. El matrimonio debería continuar. Lo normal es que termine su carrera en Vallecas. Ojalá sea así, porque es feliz”, reflexionan sus agentes, que ya concretaron su última renovación hasta 2028. Para entonces, el extremo tendrá 35 años. Parte de su legado es el rayismo que corre por las venas de sus hijos Álvaro y Vega. “La cría antes de hablar ya cantaba el himno del Rayo”, subraya su orgulloso abuelo, un asiduo a Vallecas. Este sábado estará en la grada ante el Athletic. “Ahora vamos a ver más a los nietos que al hijo (risas)”, desliza Paco, quien estuvo en Bratislava con otros familiares de otros jugadores. ¡Solo los de Álvaro ya eran ocho! “Tenemos un grupo de WhatsApp con la familia más futbolera. Le han cambiado el nombre y es ‘leyenda del Rayo’. Ahí está el Tito Pepe, que vive en Móstoles y no se pierde ni un partido”, apunta.

“Si Álvaro tuviese cuatro o cinco años menos estaría en la Selección”.

Borja Pérez-Peñas, su representante

Utrera está pendiente de su vecino, que siempre que puede se escapa para pasear sus calles. Reencontrarse con sus raíces y hacerse fotos con los niños, algo que nunca pudo hacer con Reyes por vergonzoso. “Es uno más. Se para con todos los vecinos”, insiste Montoya, a lo que Paco prosigue: “A Álvaro le tira mucho su pueblo. Él pertenece a dos hermandades: una en Sevilla (La Estrella de Triana), a la que se apuntó con el niño, y otra en Utrera (La Trinidad), que sale el Domingo de Ramos y el Jueves Santo”. De hecho, su localidad natal le ha concedido el Mostachón de Oro de Utrera 2025, su mayor reconocimiento.

Por su carrera y por su persona. Es el mejor embajador de Utrera y también de la Franja. “Me he encontrado a poca gente con su integridad en el mundo del fútbol. Es un chico muy normal, educado, alejado de los estereotipos. Álvaro es leyenda del Rayo porque, en momentos importantes, ha sido decisivo para lograr grandes objetivos. Además, su comportamiento en el campo es ejemplar. No tiene una mala palabra o un mal gesto”, argumenta Borja Pérez-Peñas, que admira su profesionalidad. El extremo cuenta con un entrenador personal, nutricionista… y grandes dosis de sensatez. Esa que le mantiene los pies en el suelo, a pesar de que está cotizado. “Siempre ha tenido mercado. El 80% de los equipos de Primera le querrían”, sentencian sus representantes.

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El 100% del rayismo le adora. “El fútbol moderno hace muy difícil que la gente esté muchos años en el mismo equipo. Que me haya superado habla muy bien de Álvaro y del Rayo, que se ha asentado en Primera”, concluye Cota, que aún se aferra al récord de partidos totales con la elástica vallecana (458). El extremo anda en los 303. Álvaro tiene trazos de otros mitos de la Franja: la estatura y habilidad de Felines, el compromiso de Cota, la magia de Míchel… aderezados por una eterna sonrisa. La de la timidez controlada. La del rayo del Rayo. La de un canijo que es muy grande.

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