Benfica - Real Madrid

Zigoni, seda fina entre Di Stéfano y Eusebio

El exfutbolista italiano presume, en una charla con AS, de haber jugado contra el Real Madrid y contra el Benfica justo antes de la batalla de Da Luz.

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Hay poesías sinsentido e historias inacabadas, que además carecen de un inicio articulado y sólido arquitectónicamente. Hay versos libres que pasan por la vida como un chispazo. Luego se marchan sin decir adiós, quizás incapaces de soportar el peso que supondría tomarse la existencia, o el fútbol, demasiado en serio. Uno de ellos lo protagonizó Gianfranco Zigoni (Oderzo, 1944). La suya no es la historia de un jugador conformista o indolente, sino de un ángel en busca de cariño para escapar del aburrimiento, de la monotonía, del poderoso drama que supone vivir si sin dar rienda suelta a su ciclotímica rima.

“¿Sabes que jugué contra el Madrid de Di Stéfano y el Benfica de Eusebio?”, irrumpe con virulencia en su conversación telefónica con AS desde su pueblo natal, insertado en la provincia de Treviso, cerca de Venecia. “Era un niño. Tenía 17 o 18 años. Enfrente, Puskas, Gento y el gran Alfredo. Era increíble. La piel de gallina. Verás… Yo, como muchos italianos, crecimos jugando al fútbol en la parroquia, y ya allí escuchabas esos nombres. De repente, te los encuentras en un partido. Ese día anotó Di Stefano, pero después empaté yo. Un sueño. Era como tocar el cielo con la mano. Sí, era un amistoso, pero el Comunale de Turín estaba lleno. Jugué al lado de Omar Sívori, uno de los más grandes de siempre”, relata. El partido lo remató Puskás con un doblete, pero poco importaba el resultado. En el marcador final (3-1) su nombre estaba iluminado junto a monstruos sacros.

El final es el inicio. Zigoni, un ala izquierda capaz de hacer las veces de delantero, proviene de una humilde familia de campesinos. Su zona, rural, no dista de los fértiles arrozales del río Po. Debutó en la Juventus en 1961 y jugó hasta 1964. Después, tras una cesión al Genoa, regresó a la Vecchia Signora para hacer historia. Entre 1966 y 1970 ganó un Scudetto gracias a su gol decisivo contra la Lazio y estuvo a un paso de disputar la final de la Copa de Europa de no haberse topado con el Benfica. “Espera, déjame volver al partido contra el Madrid en 1963. Era el 8 de mayo, Trofeo de la Amistad, que terminamos ganando por el 0-2 en el Bernabéu (se decidió a penaltis tras el global de 3-3). Zoco, Amancio, Santamaría… ¿Sabes qué dijo él? Tras acabar el encuentro se dirigió a Sivori para preguntarle por mí. Fue mágico”, recuerda. El resto es un cuadro sin lienzo. Perfectamente inacabado.

“Omar, ¿Quién es ese hijo de puta que parece Pelé? El Pelé blanco, sí. Háblame de él”. Efectivamente, no iba mal encaminado el entonces macizo defensor blanco, nacido en Uruguay, pero nacionalizado español. Sí, Zigo era O Rei, aunque permanentemente incompleto. Muy de vez en cuando. Solo si se lo permitía su estado de ánimo, sus ganas de jugar al fútbol, algo demasiado sacrificado, cosido con cadenas férreas para un ser indómito y salvaje. Un futbolista excesivo, eléctrico, que caminaría de puntillas -con soberbia- por las arenas movedizas de un mundo que no le pertenecía. Era ingenuo, pero simulaba arrogancia.

“¡Qué noche! Con nosotros ya estaba Luis Del Sol, un amigo, gran andaluz. Jugamos cuatro años en la Juve y dos en la Roma. Hombre sensacional, y en el campo incansable. En los cromos de Panini aparezco junto a él. Le llamé poco antes que falleciera. Un amigo; un centrocampista enorme”, reconoce Zigo, hoy un cowboy crepuscular, alma grácil y libre, todo corazón, aunque en su día caminaba con celeridad sin mirar atrás para no caer del precipicio. Su ecosistema lo protagonizaban cochazos, abrigos de piel en el banquillo cuando no jugaba titular, pistola y, especialmente cuando estuvo en la Roma con Heriberto Herrera, una prodigiosa apología de la frívola mundanidad. La Dolce Vita en todas sus esferas: mujeres, alcohol…

Imagen de Gianfranco Zigoni.

Los Blancos en Europa

Para el Pelé de Oderzo, personaje de culto, inmaterial, contracultural… Canalla y generoso, siempre incapaz de pactar con la moral o la ética para sobrevivir, lo más importante del fútbol fue, quizás, los intangibles más intrascendentes. Los elevó a la categoría de arte. Una gesta -la de revertir la insufrible realidad- al alcance de predestinados. Es como pintar amapolas en el cemento armado. “Apenas veo fútbol hoy, pero lo de entonces… Ese amistoso que en realidad no lo era… Esa Copa de Europa, querido... Porque no te lo he dicho, pero el año antes (1962) ya estuve en Madrid para disputar los cuartos de final con la Juventus. Se clasificaron por el valor doble de los goles, pero en el Santiago Bernabéu ganamos 0-1 con gol de Sívori. Era la primera vez que perdían un partido en casa en la máxima competición europea”, recuerda, a la vez que reconoce el alivio que sintió cuando finalmente no jugó como titular ese envite gourmet. “Yo estaba en el once inicialmente, pero se recuperó Sergio Stacchini, teórico titular. Nuestro entrenador era Carlo Parola, el mítico, el icónico que sale hoy como imagen oficial en los álbumes Panini. El del escorzo en el aire. Un grande. Me hizo debutar con tan solo 17 años”. Era un niño obligado a ser grande y regalar certezas. Un mago, aunque aún con pies de barro.

Una cosa es cierta. Su relato está lleno de páginas en blanco, aunque otras son dignas del Nóbel de literatura. “¡Mamma mia, Madrid! Estaba llena de tifosi bianconeri. Entrenamos en el estadio, y yo era un niño que rezaba por no jugar. Tenía miedo. Sé que me habría marcado Casado, muy duro. Además, tenía diez años más que yo, creo. Ellos eran los mejores, dirigidos por el gran Miguel Muñoz. Nosotros teníamos también a John Charles. Éramos un gran equipo”, explica.

Ese año, precisamente, Real Madrid y Benfica se toparon en la final de Ámsterdam. Los Blancos, ya con cinco Orejonas consecutivas en su haber, contras Las Águilas, bañadas en almíbar. 5-3 final para los portugueses de Eusebio, Águas, Coluna y, sobre todo, el técnico Bela Guttmann, cuya maldición hoy sigue vigente. “Sí, eso dice la leyenda. Incluso le van a poner flores a su tumba para que levante el castigo. Le recuerdo. Esa frase. Fue la última vez que logró un título europeo. Al parecer, nada más ganar, pidió una mejora del contrato… La directiva lusa no la aceptó, y terminó despidiéndole”, rememora Zigoni. Y es que el de Budapest pronunció algo que resuena incluso hoy en el Da Luz de Lisboa, donde precisamente arriba la nave de Arbeloa.

Un Real Madrid necesitado frente al Benfica ahogado, dinamitado por su historia (ocho finales perdidas desde entonces). Afuera, custodiando el templo, la estatua del gurú húngaro en bronce que desprende un brillo refulgente. Puerta 18. “Sin mí el equipo no volverá a ganar en el Viejo Continente durante cien años”, soltó como un trueno tras la manita en la épica final del 62. El exabrupto, maquiavélico, es hoy una pesadilla infinita. Un epílogo con sabor a epitafio. Un menhir que tratará de alguna manera aligerar el entrenador de Setúbal: José Mourinho. “Repito que ya no veo fútbol”, espeta impertérrito Zigoni, un insoportable y melancólico genio. Hoy un plácido y sosegado abuelo; entonces desenfreno, gas, despilfarro, tabaco, goma quemada y una Colt 45 en el bolsillo. Un libro, una historia plagada de asteriscos. Seda fina entre dos mundos interrelacionados.

Eusebio y los suyos

“¿Tú sabías que también jugué contra Eusebio?” Interpela justo antes de terminar la charla un sábado plomizo en medio de una Italia profunda salpicada por lluvias incesantes y mal tiempo.

El último capítulo vira en torno a la eliminatoria Juventus-Benfica, pero ya sin un Bela Guttmann que, al parecer -siempre según el libro de su compatriota Jeno Csaknady- ya había tomado la decisión de marcharse antes de la disputa salarial. De hecho, siempre le acompañó un fuerte temperamento, curtido -en parte- tras sobrevivir al Holocausto.

Dejó un coloso. Ese Benfica había ganado dos Copas de Europa consecutivas (1961-62). El desierto, una profecía tormentosa, comenzaría en 1963, cuando cayó contra el Milán. Después, se entregó al Inter de Suárez y Helenio Herrera (1965) y al Manchester United de Charlton y Best, en 1968. Ahí, casi sin pedir la vez, emerge nuevamente el tótem Gianfranco Zigani, quizás para terminar de despedirse. “Nos enfrentamos en semifinales. Jugué los dos partidos. Ellos, además de Eusebio, tenían a Mario Coluna, José Augusto, Simoes… 2-0 en Portugal, pero casi al final. Ya en la vuelta, en Turín, de nuevo Eusebio de falta en el minuto noventa. El campeón fue el Manchester United, que eliminó al Madrid. 4-1 en la final, pero tres goles en la prórroga. Jugué siempre contra los mejores, salvo Maradona, lógicamente”, matiza. Entre los grandes, lógicamente, no podía faltar Pelé, a quien retó en un amistoso Roma-Santos (1972).

Hay algo que aún no se ha dicho de Zigoni, un vaquero venido a menos, pequeño héroe insobornable. Un cuento sin final feliz. “Si tengo que comparar al mejor Benfica con aquel Madrid, me quedo con los españoles. Una defensa durísima, José Araquistáin en la portería, y arriba Amancio, Del Sol, Puskas, Gento… Su primera derrota, en casa contra la Juve. Yo estaba en el banquillo. Se la deja Charles para que, desde atrás, remate Sívori. Omar, ¡Qué jugador! Mi carrera fue otra”. Sí, y tiene faltas de ortografía, pero es maravillosa. Si uno va a Verona comprueba que allí Zigoni es Di Stéfano, Eusebio, Best y Pelé. Una mezcla de todos. Una dimensión elevada. Un dios. Un ser superior a la fábula de Romeo y Julieta. El dueño de los evangelios apócrifos del Hellas, donde jugó de 1972 a 1978. Allí tuvo continuidad. Rechazó a los mejores equipos. Se sintió en casa, feliz. Encontró equilibrio físico y mental. Pudo ser él con sus asteriscos.

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La pregunta que se presenta -pues- es pertinente. Justo hoy que Benfica y Madrid dirimen su músculo en Europa... Zigo, como el otrora excéntrico y bohemio Ezio Vendrame, el trágico Gigi Meroni -caminaba con una gallina por Turín, orilla Toro- y otros muchos fuegos tormentosos de Italia (Lentini, Cassano…) ¿Fueron efímeros, o más bien duraron demasiado? Quizás Best representó, en cierta manera, el ‘Zigoni de los Diablos Rojos’. Además, como el italiano, quién sabe si estimaba el Che Guevara y el Rayo Vallecano. Si escribía poemas a mano y tomaba prosecco con salami y queso… Si en el páramo del sufrimiento y el dolor, sólo se dedicó a plantar destellos de alegría hasta que pudo y quiso. Sin reglas ni juicio. Sin rima ortodoxa.

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