Aday Mara reescribe la historia
Los Wolverines de Míchigan se hicieron con el título de la NCAA al vencer a UConn, que pierde por primera vez una final. Aday Mara, primer jugador masculino español de la historia en alzarse con el torneo universitario.
Se acabó el espectáculo. La NCAA ha llegado a su fin con la conclusión de la Final Four, de ese March Madness que tuvo su resolución en Indianápolis, esa locura que empieza en marzo pero termina en abril. Ahí, donde se han escrito algunas de las historias más grandes de la historia del baloncesto, donde tantas y tantas promesas han pasado de ser niños a ser hombres, poniendo la primera piedra en lo que luego han sido carreras espectaculares o, al menos, dando un motivo de alegría a una afición determinada. Míchigan y UConn concluyeron el torneo de todos los torneos, ese que permite a Estados Unidos presumir de poder organizar el mayor espectáculo del mundo. Con todos los ojos puestos en lo extraordinario mientras se deja de lado a una NBA en la que coincide su momento más tedioso. El contraste mantiene vivo el deporte, algo de lo que saben mucho al otro lado del Atlántico.
El tsunami de emociones constantes tuvo su punto y final en una batalla inédita en dicha ronda, pero con dos equipos que darían mucho que hablar. Míchigan aspiraba al segundo título de su historia, el primero desde 1989 para un equipo que también disputó la final en 1992 y 1993, con Chris Webber, Jalen Rose y un equipo de ensueño, que luego se diluyó y que no pisaba una Final Four desde el 2000, cuando Aday Mara tenía 5 años. A los Huskies les sonreía más la historia: por ahí habían pasado estrellas como Ray Allen, jugadores contraculturales como Charlie Villanueva y otros de culto como Caron Butler o Rudy Gay. Seis títulos en sus vitrinas, incluidos los de 2023 y 2024, ya con Dan Hurley en el banquillo, un entrenador con un modus operandi muy concreto a la par que llamativo y que, por atreverse, se atrevió incluso a plantar a los Lakers y los 70 millones que le ofrecieron hace dos veranos para finalmente quedarse con JJ Redick.
El yin y el yan, la entidad del juego interior y la de la anarquía, el toma y el daca en una final que no defraudó y que fue como suelen ser estas cosas: llena de errores propios de la precocidad, con decisiones precipitadas y cuestionables, pero con la emoción inherente a un torneo que lo tiene todo, incluida una dosis de extravagancia y abrasión que convierten el March Madness en lo que es: una competición única que cobra un nuevo sentido con las eliminatorias por el título. Si ganas avanzas, pero si pierdes te vas a casa. Un win or go home, una frase inherente a los séptimos partidos de los playoffs de la NBA cuando se dan, pero que aquí depende de todos y cada uno de los partidos que se juegan en marzo. Una vez más, la locura habitual de un campeonato que nunca decepciona, pero que sólo tiene un ganador. El que sobrevive a todo, incluso a sí mismo. Que es, en última instancia, la lucha más difícil que libra cualquiera en el momento de la verdad.
Los Wolverines de Míchigan se hicieron con la victoria (69-63) y con el segundo título de su historia, una proeza extraordinaria, única, épica. Y una que se consiguió a base de sangre, sudor y lágrimas. UConn, que había hecho de los milagros el pan de cada día, no pudo esta vez hacerse con el partido y perdió la primera final de su historia. Y la emoción se hizo con ganadores y perdedores por diferentes motivos: Alex Karaban, autor de 17 puntos y 11 rebotes, lloraba amargamente. Mientras que Aday Mara, que se convirtió en el primer jugador masculino español de la historia en hacerse con el título de la NCAA, se encaminaba hacia las gradas para fundirse en un sentido abrazo con sus padres, que acudieron a ver a ese canterano del Casademont Zaragoza que ha pasado de ser un niño a hacerse un hombre. De no tener protagonismo en UCLA, la mítica universidad en la que jugó Kareem Abdul-Jabbar (entonces Lew Alcindor) y donde era vitoreado en los pocos minutos que tenía, a encontrar su sitio y la felicidad en Míchigan, lugar en el que se ha consolidado como la gran promesa del baloncesto español.
Junto con Karaban, Tarris Reed logró 13 puntos y 14 rebotes y Braylon Mullins logró 11, los mismos que Solo Ball. Los Wolverines, con un pobrísimo 2 de 15 en triples, lo tuvieron todo bastante repartido: Yaxel Lendeborg sumó 13, Morez Johnson 12 y Elliot Cadeau fue el elemento diferenciador con 19. Mara, que esta vez tuvo menos protagonismo que en semifinales (26 tantos, 9 rechaces...), se quedó en 8 y 4, pero estuvo perfecto en defensa, desviando balones, obligando a sus rivales a doblar balones y condenando a situaciones incómodas mientras permitía espacios en ataque. Estuvo 30 minutos en pista, pero vio el final del partido desde el banquillo: Míchigan gozaba de ventaja, pero los Huskies apretaban en demasía y se necesitaba fiabilidad desde el tiro libre, el talón de Aquiles del español. Fue un acierto, ya que los locales lanzaron con un 25 de 28 desde la personal. Ahí estuvo la final.
Ahora, toca disfrutar del botín recogido y esperar a ver qué hace Aday Mara, que fue incluido en el mejor quinteto del torneo, con su futuro. El pívot de 221 centímetros puede presentarse al draft (es la opción más probable) u optar por estar otro año más en la NCAA y completar su ciclo universitario. Muchos lo situaban ya en primera ronda, pero durante el torneo y viendo su nivel ha empezado a subir puestos en las apuestas y algunas voces especulaban sobre la posibilidad de que fuera elegido incluso en el top 10. Pronto saldremos de dudas, pero lo que es totalmente innegable, más que indiscutible, es que el chico que se crió en Zaragoza y que estaba en UCLA a verlas venir, incapaz de adaptarse al baloncesto de ritmos vertiginosos, triples y cambios defensivos contantes, ha demostrado una madurez superlativa para su edad y ha inscrito su nombre con letras de otro en los libros del baloncesto estadounidense y, claro, en los del español. Una hazaña única, maravillosa. Y una verdad transformadora: Aday Mara reescribe la historia.
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