Sociedad

Un pastelero dimite y a los nueve meses llama a la puerta de los tribunales pidiendo 150.000 euros de indemnización

¿Puede una dimisión callada, escrita en un momento de agotamiento, ser revisada cuando uno por fin reúne el valor de denunciar lo que vivió? Cuestión jurídica, sí, pero también profundamente humana.

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A veces, las rupturas laborales no ocurren en el momento del adiós, sino muchos meses después, cuando por fin se hace silencio. Eso es lo que le pasó a un pastelero francés que, tras 12 años trabajando en la misma empresa artesanal y familiar, decidió marcharse en marzo de 2018. Su carta de dimisión fue breve, casi tímida: sin reproches, sin explosiones, solo un gesto discreto de quien siente que ha llegado al límite pero no encuentra (todavía) las palabras. Y más tarde las encontró.

Durante más de una década, este hombre había crecido dentro del obrador: había aprendido, había enseñado, había formado a aprendices, había salvado Navidades y Pascuas trabajando bajo presión, e incluso había dado cursos a los clientes tras la jornada. Era el tipo de trabajador que sostiene un oficio con sus manos y su constancia, pero seguía clasificado oficialmente como simple “ouvrier qualifié”, el nivel más alto de su categoría… y, aun así, muy por debajo de la realidad de su labor diaria.

Cuando dejó la empresa, no dijo nada. Cumplió su preaviso y se marchó. Cerró la puerta con educación, como tantos trabajadores que se van con una mezcla de cansancio y pudor. Pero nueve meses después, algo se removió. En diciembre de 2018, decidió acudir a los tribunales laborales. Y entonces salió todo lo que no había dicho antes.

Para él, su dimisión no había sido voluntaria, sino una salida forzada por la carga de trabajo, por los ritmos agotadores de las temporadas altas, por esa sensación de no poder más. Asegura incluso que le habían negado una ruptura convencional semanas antes, aunque no pudo demostrarlo. En su relato, continuar así era imposible. Por eso pedía que su dimisión se reinterpretase como un despido sin causa real.

Y con ello, llegaba la cifra que llamó la atención mediática: casi 150.000 euros, en un conjunto de reclamaciones que incluían horas extra, diferencias salariales por una reclasificación, indemnización por trabajo disimulado, vacaciones no pagadas y daños e intereses. Era, en esencia, el intento de reconstruir lo que él consideraba que habían sido años de entrega mal reconocida.

Por su lado, la empresa defendía una versión completamente distinta: que el pastelero siempre estuvo bien clasificado, que las horas extra se pagaron, que el trabajo era intenso… sí, pero normal en el sector. Y, sobre todo, que la dimisión había sido clara, libre y sin reservas, imposible de reinterpretar meses después.

En el fondo del conflicto aparece una pregunta que trasciende este caso concreto:¿Puede una dimisión callada, escrita en un momento de agotamiento, ser revisada cuando uno por fin reúne el valor de denunciar lo que vivió? Es una cuestión jurídica, sí, pero también profundamente humana. ¿Cuántas veces nos vamos sin saber cómo expresar el cansancio acumulado? ¿Cuántas veces tapamos lo que duele por respeto o miedo?

Este pastelero llevó esa contradicción a los tribunales. La justicia ya ha dado su veredicto (y no siempre es el que esperan quienes buscan reconocimiento a posteriori), pero su historia deja una huella más amplia: la de quienes, entre madrugones, hornos calientes y temporadas imposibles, sostienen un oficio esencial… hasta que un día se quedan sin fuerzas para seguir.

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El tribunal consideró que las pruebas presentadas fueron tardías y no demostraron la presunta mala conducta. Pero el trabajador por fin pudo decir en voz alta lo que sentía, cómo lo sentía y lo que merecía. Aunque la justicia, en este caso, no fallara a su favor, deja una duda razonable.

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