No solo Groenlandia, estos son todos los lugares del planeta que Estados Unidos ha comprado o expoliado en 200 años
¿Sabías que EE. UU. se anexionó 70 islas solo por el guano o que Hawái fue un golpe de empresarios de la piña? Un inventario implacable del desahucio global que empezó con Luisiana y hoy apunta hasta a Canadá, mientras millones de ciudadanos bajo su bandera siguen sin poder votar.
Dicen que Donald Trump es un hombre de negocios, pero la realidad es que solo es el último heredero de una inmobiliaria que lleva dos siglos desahuciando al resto del planeta. Ahora, en este arranque de 2026, el mundo se echa las manos a la cabeza porque Washington mira a Groenlandia con hambre y amenaza a Canadá con aranceles que huelen a invasión silenciosa. Nos sorprende. Nos escandaliza. Pero no es algo nuevo. Estados Unidos no es un país; es un proceso de expansión que no sabe dónde termina. Y si no lo crees, pregunta en Copenhague. En 1946 ya ofrecieron cien millones de dólares en barras de oro por la misma Groenlandia que exigen ahora.
Lo de Canadá es el mismo perro con distinto collar. Aranceles del 50% para forzar una sumisión que ya intentaron a cañonazos en 1812. El mensaje es simple: si tienes recursos y posición estratégica, acabarán llamando a tu puerta con un cheque o con una amenaza. Es su naturaleza. No es un país que se hizo, es un país que ha sido comprado en unos casos, robado en otros y que con los años no ha cambiado esa mentalidad anexionista del que piensa que todo el mundo debe ser suyo si les interesa.
Todo empezó con trece colonias enfadadas, pero el primer gran salto al vacío fue en 1803 con la Compra de Luisiana. No hablamos de un estado, sino de una cuarta parte de lo que hoy es EE. UU. Llegaba desde el río Misisipi hasta los Grandes Lagos y ocupaba todo el medio oeste. Fue un negocio de carambola. Napoleón se lo quitó a España en los despachos en 1800 bajo el compromiso de que no podía venderlo a un tercer país. Pero el corso estaba más ocupado intentando invadir media Europa y también hacía lo que le venía en gana. Como necesitaba dinero para pólvora, decidió vender lo que no era suyo por 15 millones de dólares. Jefferson aceptó antes de que los españoles pudieran siquiera protestar. En un solo día, EE. UU. duplicó su tamaño.
Pero la joya que más deseaban era Florida, y la querían por una cuestión de ‘orden público’. En la Florida española existía el Fuerte Mose, el primer asentamiento de negros libres en América. España ofrecía libertad a cualquier esclavo que escapara de las plantaciones de Georgia si juraba lealtad al Rey y se convertía al catolicismo. Para los americanos, Florida era una herida abierta en su sistema esclavista. En 1819, uno de los mayores esclavistas de todos los tiempos, llamado Andrew Jackson, invadió la península con el pretexto de perseguir a los indios seminolas, pero el objetivo real de hacer una cacería humana. El resultado fue el Tratado de Adams-Onís: España, humillada y al borde de la quiebra, entregó Florida. El precio fueron cinco millones de dólares que EE. UU. nunca mandó a Madrid; se los quedaron para pagar supuestas indemnizaciones de España a ciudadanos americanos por los ‘esclavos robados’.
Lo más irónico es que, mientras EE. UU. derriba estatuas de Cristóbal Colón, mantiene la ecuestre de un esclavista como Andrew Jackson en Lafayette Square, justo enfrente de la Casa Blanca, y otro puñado de ellas dedicadas a él repartidas por el país. Para colmo, su efigie aparece en los billetes de 20 dólares.
Aquella hambre de territorios se convirtió en ansia con el “Destino Manifiesto”. En 1845 se anexionaron Texas, que ya había sido ‘cocinado’ por colonos americanos que se rebelaron contra México. Pero el gran banquete fue en 1848. Provocaron una guerra, llegaron a Ciudad de México y obligaron al vecino del sur a firmar el Tratado de Guadalupe Hidalgo. Se quedaron con el 55% del territorio mexicano: California, Nevada, Utah, Arizona, Nuevo México y partes de Colorado y Wyoming. Pagaron 15 millones por medio continente. Cinco años después, como el ferrocarril necesitaba una ruta llana hacia el Pacífico, compraron un trozo más de Arizona y Nuevo México por otros 10 millones en la Venta de la Mesilla.
Solo quedaba fuera de su control el territorio de Oregón en el norte de la costa oeste, que pertenecía a Gran Bretaña. En 1846 dieron un ultimátum, o se lo cedían o lo tomarían por la fuerza: “54-40 o lucha”. Los ingleses, vistos los antecedentes, firmaron su cesión sin rechistar. Fue la última pieza del puzzle continental.
Sin embargo, el apetito no conoce fronteras. En 1856 aprobaron la Ley de Islas del Guano. Otra historia surrealista y desconocida: cualquier ciudadano americano podía reclamar para EE. UU. cualquier isla deshabitada que tuviera caca de pájaro, el oro blanco de la agricultura de entonces, sin importar quién fuera su propietario anterior. Así se anexionaron más de 70 islas y atolones: Baker, Howland, Jarvis, el atolón Johnston, Kingman Reef, las islas Midway y la isla Navassa, que todavía hoy es reclamada sin éxito por Haití, porque se ve desde sus costas y les pertenecía desde 1801. Bajo Nuevo y el Banco Serranilla son otros dos arrecifes en el Caribe que EE. UU. administra y que le reclaman sin éxito Colombia, Jamaica y Nicaragua.
En 1867 llegó el turno de Alaska. Los rusos estaban desesperados por dinero tras la guerra de Crimea y pensaron que le colaban un arcón de hielo inservible al secretario de Estado William Seward por 7,2 millones. Los periódicos lo llamaron “la locura de Seward”. Hoy, con el petróleo y el oro que han salido de allí, el loco parece el zar.
El desastre total para nosotros llegó en 1898. El año que España dejó de ser España. Nos hundieron el orgullo en Cuba y nos quitaron lo que quedaba del imperio. Por las Filipinas pagaron 20 millones como quien paga un rescate, pero Puerto Rico y Guam se los quedaron como cesión por indemnización de guerra. Lo de Guam es la anécdota que mejor define nuestra decadencia: cuando el crucero USS Charleston empezó a cañonear la isla, el gobernador español mandó un bote para darle la bienvenida, ¡porque no sabía que España y EE. UU. estaban en guerra! No nos enteramos de nada.
Ese mismo verano, aprovecharon el ruido de las bombas para anexionarse Hawái. No fue una conquista militar, fue un golpe de estado de unos fruteros. Un grupo de empresarios del azúcar y la piña, liderados por los Dole, derrocaron a la reina Liliʻuokalani para que sus productos entraran en EE. UU. sin pagar aranceles. La soberanía de un pueblo sacrificada por el margen de beneficio de una lata de piña.
Un año después, en 1899, se repartieron las Islas Samoa con Alemania tras una guerra civil alimentada por las potencias. Firmaron un tratado para partir el archipiélago por la mitad: el Este, con el puerto estratégico de Pago Pago, para Washington. Aún hoy, es el único territorio del mundo en el que sus habitantes son ‘nacionales’ pero no ciudadanos. Tienen pasaporte estadounidense, pero no derecho a voto. La antigua parte alemana es independiente desde 1962, pero EE. UU. no suelta su presa.
En el siglo XX, la expansión se volvió más sofisticada. En 1903 se inventaron un país, Panamá, separándolo de Colombia, para poder construir el Canal y quedarse con una franja de diez millas de ancho a perpetuidad. Desde 1999 no es suyo de derecho, aunque lo controlan militarmente. En 1917, le compraron las Islas Vírgenes a Dinamarca por 25 millones de oro solo para evitar que los submarinos alemanes tuvieran una base en el Caribe.
Otro caso delirante es el de la Isla Swains en 1925. Un atolón que durante siete décadas fue el cortijo privado de una familia estadounidense, los Jennings, que la gestionaban como reyes absolutos tras comprársela a un capitán británico por calderilla. Cuando Londres y Washington se cansaron de discutir sobre el mapa, EE. UU. simplemente se la anexionó formalmente.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Pacífico se convirtió en su charca privada. Se quedaron con las Islas Marianas del Norte, la Isla Wake y establecieron pactos de control total sobre las Islas Marshall, Micronesia y Palaos, que son naciones soberanas sobre el papel, pero protectorados militares americanos en la realidad. Y por supuesto, está Guantánamo, el trozo de Cuba que se quedaron en 1903 con un contrato de alquiler que no tiene fecha de caducidad.
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Hoy, en 2026, el paradigma ha cambiado pero el espíritu es el mismo. EE. UU. nació rebelándose contra un imperio que les cobraba impuestos sin representación, y ha acabado gestionando territorios como Puerto Rico o Guam donde millones de ciudadanos viven bajo su bandera, obedecen sus leyes y mueren en sus guerras, pero no pueden votar a su presidente.
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