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Ni el USS Arizona ni el USS Indianápolis: el naufragio más emblemático de EEUU fue en el Lago Superior y el motivo sigue siendo un misterio

El barco se hundió hace 50 años después de ‘desaparecer’ del radar de un barco que le acompañaba. No emitió ninguna señal de socorro tras su última comunicación.

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Redactor en Actualidad
Nació en Villanueva de Alcardete en 1990. De La Mancha al Diario AS. Graduado en Periodismo y Comunicación Audiovisual, siempre tuvo claro que lo suyo eran las letras. Antes de formar parte de AS pasó por Marca Plus, Grupo V y Marca. En 2019 llega a AS y, tras pasar por la web, la pandemia le coloca en Actualidad. La fotografía, su otra afición.
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La historia naval está repleta de barcos hundidos a lo largo de los siglos. De acuerdo con estimaciones de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), cerca de tres millones de navíos han dado con sus huesos de metal en el fondo del mar a lo largo de toda la historia.

Desde grandes buques de guerra hasta pequeños barcos mercantes, el destino ha sido el mismo. La mayoría de estos hundimientos se debe a las consecuencias de los conflictos bélicos (principalmente, durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial), aunque hoy en día se estima que cada año se pierden entre 25 y 50 grandes embarcaciones.

Muchos de estos navíos pertenecen a Estados Unidos, que solo durante la Segunda Guerra Mundial perdió más de 1.200 buques, entre destructores, submarinos y otros barcos de transporte. Entre los naufragios más destacados se encuentran el USS Arizona (perdido en Pearl Harbor) o el USS Indianápolis. Sin embargo, el que está rodeado de más misterio es el SS Edmund Fitzgerald.

El último viaje del capitán McSorley

Medio siglo ha pasado desde la desaparición de este barco, un carguero lacustre que desapareció de los radares la tarde del 10 de noviembre de 1975 en el Lago Superior. Al frente de esta embarcación, de 222 metros de eslora, estaba Ernest McSorley, que durante su carrera se labró una reputación como el capitán capaz de capear cualquier tormenta. “No tenemos constancia de que jamás diera la vuelta”, asegura sobre él John U. Bacon, autor del libro ‘Los vendavales de noviembre: La historia jamás contada del Edmund Fitzgerald’.

Pero aquella tarde las cosas se complicaron más de lo esperado. Iba a ser el último viaje del capitán McSorley, que iba a jubilarse después de más de 40 años. Tras partir desde Superior (uno de los llamados ‘Grandes Lagos’, junto a los de Míchigan, Hurón, Erie y Ontario, en la frontera entre Estados Unidos y Canadá) con una carga de 26.000 toneladas de taconita, con Detroit como destino, pronto repararon en una temperatura inusualmente cálida, una señal de que algo andaba mal.

SS Edmund FitzgeraldSociedad Histórica de Naufragios de los Grandes Lagos

Al poco de partir, el Servicio Meteorológico Nacional emitió una alerta de temporal en el Lago Superior, prediciendo olas de más de tres metros de altura y vientos cercanos a los 100 kilómetros por hora. Una tormenta que hizo pensar a McSorley: si seguir el camino habitual, de 30 horas, por el lago hasta Whitefish Bay, o tomar la ruta norte, de 44 horas, y que bordeaba la costa canadiense.

Acostumbrado a navegar por mares embravecidos, el capitán apostó en un primer momento por el trayecto más corto. Sin embargo, con el empeoramiento de las condiciones llegaron las dudas, que le hicieron cambiar de opinión. Tomó la ruta norte y, a las 15:00 horas, el capitán Bernie Cooper, del Arthur M. Anderson, detectó su presencia en el radar. “Mirad esto. Ese es el Fitzgerald”, le dijo a su primer oficial.

Daños antes de desaparecer

El barco de McSorley se estaba acercando a un peligroso arrecife poco profundo, cercano a la isla Caribou. Al poco tiempo, el capitán informó de los daños en el navío. “He sufrido algunos daños en la cubierta. Tengo una barandilla de la barandilla caída, dos respiraderos perdidos o dañados y una escora. Estoy revisando. ¿Te quedarás conmigo hasta que llegue a Whitefish?”, le dijo Cooper. Fruto de los daños, los radares de barco dejaron de funcionar, pero siguió adelante.

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McSorley, en su último viaje, se encontraba con “uno de los peores mares en los que jamás había estado”. A las 19:00 volvió a comunicarse con el Anderson: “Nos mantenemos a flote”, fue su última transmisión. Y, a partir de entonces, no hubo más señales por radio, el Fitzgerald dejó de responder a las llamadas del Anderson y desapareció de su radar. No llegó a enviar nunca una señal de socorro y, finalmente, acabó hundiéndose a unas 17 millas náuticas de la costa y acabando con la vida de sus 29 tripulantes.

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