Sociedad

Ni EE. UU., ni China: la batalla por el control del planeta la libran Elon Musk y Jeff Bezos en el espacio

Dos imperios privados están haciendo lo que ninguna potencia ha logrado: sacar la civilización de su cuna. Mientras uno teje una red de millones de satélites para que la IA piense en tiempo real, el otro levanta estaciones industriales para que el planeta respire.

Space Frontiers
Redactor Jefe de Especiales
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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El planeta se nos ha quedado pequeño. No porque no haya sitio para más gente, sino porque la informática más actual, esa Inteligencia Artificial que se traga la electricidad en cantidades industriales, ya no es sostenible en los márgenes de nuestra red ni en los polígonos donde nacieron los primeros centros de datos. La pelea que manda hoy, en pleno 2026, no es por ver quién lanza el cohete más alto ni quién vuelve antes a la Luna. La guerra es por el cerebro del mundo. Y no la están librando China y EE. UU., sino dos empresas privadas. Si Musk y Bezos consiguen lo que quieren, el cerebro que controlará el mundo va a dejar de vivir en la Tierra.

Elon Musk lleva la delantera porque fue el primero en ver el negocio. Cerró el debate de si esto era un plan de garaje cuando convirtió a Starlink en la mayor operadora del planeta con casi 10.000 satélites en órbita. Es una cifra de locos: él solo posee el 66% de todos los satélites activos que orbitan la Tierra y lanza semanalmente misiones que suelen colocar entre 20 y 28 satélites cada una. El pasado 4 de febrero, dio el golpe definitivo al solicitar a la comisión federal de comunicaciones del gobierno de EE. UU. (FCC) permiso para un sistema de ¡¡¡un millón!!! de satélites‑servidor que está pendiente de aprobación. Pero el truco no es solo el número, sino el movimiento. Sus ingenieros están bajando 4.400 de sus satélites de los 550 kilómetros a los 480 en una maniobra coordinada con el Comando Espacial de EE. UU. Buscan arañar milisegundos. Al acercar el metal al suelo, la señal vuela, la latencia cae y la IA tiene, por fin, el tiempo de respuesta que necesita para dominar el mundo en tiempo real.

Jeff Bezos eligió otro ritmo, pero viene con un músculo industrial que asusta. Su apuesta, rebautizada como Amazon Leo, ha dejado de ser un proyecto para ser un despliegue masivo con fábrica propia, más de 80 misiones contratadas y unos 212 satélites ya lanzados al espacio en febrero de 2026. Mientras Musk va por delante en el número de satélites en órbita, Bezos llega con la cartera de clientes de Amazon Web Services atada. Pero su visión va mucho más allá de una red de internet. Bezos quiere construir ciudades industriales en órbita. Lo que hace años parecía ciencia ficción, es hoy su hoja de ruta con proyectos como el Orbital Reef, una estación espacial privada diseñada para funcionar como el primer parque empresarial fuera del planeta. Es el lugar donde planea sacar de la Tierra los procesos que más contaminan y más energía consumen. Y la guinda serían sus ya míticas Colonias O’Neill. Hábitats cilíndricos que roten en el espacio para generar gravedad artificial, en los que vivan y trabajen millones de personas.

Mientras el mundo mira al cielo, en Starbase se levanta la infraestructura que permitirá a Musk mudar la Inteligencia Artificial fuera de la atmósfera. Lo que hoy es acero y grúas en Texas, mañana será el nodo central del cerebro digital que gobernará el planeta.NurPhoto

La verdadera carrera no es por la IA o internet. Es por subir la computación al espacio. No es un sueño húmedo de ingenieros, sino la respuesta a una ecuación que ya no se puede resolver en la superficie: potencia + energía + refrigeración. Los grandes modelos de IA necesitan megavatios estables y agua para evacuar calor como si no hubiera un mañana. En la Tierra, esas necesidades empiezan a salir carísimas por el suelo, los permisos y las subestaciones eléctricas que nunca llegan.

En órbita, sin embargo, el guion cambia. Si eliges bien la altura, la energía solar tiene una capacidad de generación eléctrica que puede ser entre cuatro y ocho veces superior a la de la Tierra. Allí arriba el sol nunca se pone, salvo por eclipses, no existen las nubes y la atmósfera no la dispersa. El frío no hay que fabricarlo porque el espacio profundo está a 270 grados bajo cero; el vacío es el disipador de calor definitivo si diseñas radiadores a lo grande. Y luego está la física pura: en el vacío del espacio, los datos viajan a la velocidad de la luz, un 30-40% más rápido que cuando tienen que atravesar el cristal de la fibra óptica terrestre. No solo es más barato enfriar los ordenadores allí arriba; es que la información llega antes. De ahí que el “centro de datos orbital” haya pasado de idea extravagante de películas de ciencia ficción a plan industrial.

Elon Musk juega con ventaja porque tiene el pack completo: el cohete para subir los equipos y una necesidad de potencia para su propia IA que no tiene fondo. Sus coches de Tesla y su chat Grok son máquinas hambrientas de datos. Si la próxima hornada de Starlink integra procesadores en lugar de solo antenas, esos satélites dejarán de ser simples repetidores para convertirse en mini centros de datos con cerebro propio. Musk podrá mudar el entrenamiento de su Inteligencia Artificial al cielo, aprovechando una red de miles de servidores flotando a 500 kilómetros de altura. Es el plan maestro: una mente digital que vive fuera de la atmósfera, alimentada por el sol y conectada por láser.

Un cohete Atlas V en Cabo Cañaveral con la primera avanzadilla de satélites Kuiper. No es solo internet; es el desembarco de Jeff Bezos en la órbita baja para llevarse el cerebro de su nube (AWS) fuera de la Tierra y competir cara a cara con el dominio de Musk.Anadolu

Jeff Bezos contraataca desde Blue Origin con una idea que suena a profecía: quiere que la Tierra sea un parque natural y el espacio nuestra zona industrial. Su plan es sacar las ‘fábricas’ de datos fuera del planeta para que la Tierra respire y deje de ser un radiador gigante. Para que ese invento funcione, está desplegando TeraWave, una especie de autopista de luz invisible que conecta esos servidores espaciales con cualquier punto del mapa. Si Musk está construyendo el ordenador, Bezos quiere construir la red eléctrica y la carretera de fibra óptica que lo una todo, moviendo trillones de datos por segundo mediante láseres que atraviesan el vacío.

Y luego está el tablero jurídico. Se suele decir que el espacio es de todos y que allí arriba no hay ley. No es verdad. Los satélites están bajo la jurisdicción del país que los registra, según los tratados de 1967. Si montas un centro de datos con bandera estadounidense, te aplica su ley; si es europeo, el GDPR viaja con los datos. El problema no es la falta de leyes, sino la soberanía corporativa de facto que nace cuando una sola empresa gestiona decenas de miles de nodos y ocupa frecuencias críticas. Musk y Bezos no están adelantando a Estados Unidos o China porque estos no quieran dar la batalla, sino porque la velocidad industrial privada es imposible de seguir para una agencia pública. El que fabrica satélites en cadena y tiene millones de clientes se convierte en regulador por la vía de los hechos: “date prisa”, y luego ya hablamos con el legislador.

Al final, la infraestructura está mutando de torres y cables para volverse orbital y programable. Quien gobierne esos servidores, quien decida qué tráfico tiene prioridad o quien garantice a un país que su nube seguirá viva si cae el sistema eléctrico, puede tener el poder más absoluto de la historia de la humanidad. Por eso la pelea es por el mando a distancia. Musk ofrece velocidad; Bezos ofrece la fiabilidad de una nube que ya es el motor de media economía mundial. El que gane la carrera de los dos será el dueño del cerebro del planeta.

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