Mucho más que una “noche de martillos”: por qué EE.UU. ha dado a Irán un ultimátum si no quiere la guerra
Esta vez el plan no son ataques quirúrgicos de una sola noche. Washington habla de una campaña de semanas para desmantelar el poder de Teherán. Mientras los portaaviones ‘Ford’ y ‘Lincoln’ toman posiciones, estas son las razones por las que EE. UU. se prepara para el choque.
En Washington nadie quiere apretar el botón, pero todo el mundo trabaja como si la mano ya estuviera bajando. Es el clásico “habla suave y lleva un gran garrote”, solo que esta vez el garrote es un garaje entero de portaaviones. En el Mar Arábigo y el Golfo de Omán esperan órdenes el USS Gerald R. Ford y el USS Abraham Lincoln: dos colosos que suman unas 150 aeronaves, desde los invisibles F-35C hasta los F/A-18 Super Hornet, apoyados por una escolta de al menos 12 destructores clase Arleigh Burke cargados con más de 400 misiles Tomahawk listos para entrar por una ventana en Teherán. A ese poder militar hay que sumarle los refuerzos que calientan motores en Diego García y en las bases europeas y la capacidad de fuego latente en los submarinos clase Ohio que nadie ve, pero todos saben que están ahí. Mientras tanto, en Ginebra y Mascate, los diplomáticos se cruzan miradas de hielo sobre carpetas llenas de líneas rojas.
¿Por qué ahora? Porque la Casa Blanca asegura que Irán no solo ha recuperado músculo tras la guerra de doce días del pasado junio, sino que además mantiene un programa nuclear y un arsenal de misiles que, a ojos de Washington y de Jerusalén, cambian el equilibrio de la región. Trump ya lo soltó con su estilo de ultimátum y sus portavoces lo repiten como un mantra: si no hay acuerdo, habrá “algo muy duro”.
Esta vez el Pentágono no planea una “noche de martillos” como la de junio. Las filtraciones hablan de una campaña de semanas. Nodos de mando, comunicaciones, bases de misiles. Todo está en la diana. La capacidad es inmediata; la voluntad, por ahora, es una moneda al aire. Como dice Amos Yadlin, exjefe de Inteligencia israelí: “estamos más cerca que nunca, pero una superpotencia no va a la guerra sin agotar el papel antes que la pólvora”. Eso sí, el ejército estadounidense está preparado para ir con todo “este fin de semana” si el presidente lo ordena.
Por ahora, la negociación parece un callejón sin salida. Washington exige el “enriquecimiento cero” de uranio en territorio iraní, que limite de forma verificable su programa de misiles y que retire el apoyo a su red de milicias y actores aliados en la región. Teherán responde que su soberanía no se negocia y que el uranio se queda en casa. Y punto. Máximos contra líneas rojas.
Mientras, Irán enseña los dientes en el Estrecho de Ormuz con maniobras de la Guardia Revolucionaria para recordar que pueden cerrar el grifo del petróleo cuando quieran. Rusia asoma el morro con ejercicios navales conjuntos para enfriar los ánimos. Y la IAEA, desesperada, pregunta por el destino de 440 kilos de uranio altamente enriquecido y pide acceso pleno a las grandes plantas. Teherán responde con fotos de hormigón y tierra cubriendo instalaciones sensibles, escudos tipo “sarcófago”, y retoques en entradas de túneles y bases de misiles. El mensaje es claro: “aunque nos golpeéis, seguiremos aquí”.
En este tira y afloja hay anécdotas que, si no fueran tan serias, sonarían a película. Ese martes 3 de febrero, por la mañana, un F‑35C de la Lincoln derribó un Shahed iraní que iba directo hacia el portaaviones. “Se acercó agresivamente… y siguió pese a las medidas de desescalada”, dijo CENTCOM. Por la tarde, tres horas después, dos lanchas rápidas iraníes y un dron Mohajer intentaron detener en Ormuz al petrolero de bandera estadounidense Stena Imperative: “Detengan máquinas y prepárense para ser abordados”, ordenaron por radio. El capitán no levantó el pie; el destructor USS McFaul lo recogió y lo escoltó fuera de peligro. Días después, Irán siguió sus ensayos de toma de buques, restringió parcialmente el tráfico en el estrecho y el almirante Tangsiri afirmó que: “Estamos listos para cerrar el Estrecho cuando nos lo ordenen”.
Para quien esté imaginando marines desembarcando en Bushehr o columnas de tanques camino de Teherán, eso parece completamente descartado. Lo que se baraja en los pasillos del ala oeste es una campaña aérea y naval de precisión, una cirugía de varias semanas diseñada para dejar al régimen sin pulmones y sin margen de maniobra. Trump nunca ha ocultado su alergia a las ‘botas sobre el suelo’ en Oriente Medio. Sabe que una invasión sería una ratonera aún peor que Afganistán. Irán conserva arsenales de misiles y drones, y una red de milicias, capaces de incendiar medio mapa y disparar el coste político y humano de cualquier intento de ocupación. Es un país con un territorio y una población inabarcable para cualquier agresor. De hecho, Ankara, que conoce bien el vecindario, avisa de que “un bombardeo no derriba un régimen” y “la región no aguanta otra guerra”. Traducido: si hay conflicto, será de pistas y silos, no de trincheras… salvo que todo se descontrole y el choque escale por error de cálculo, algo que piensan todos los analistas cuando miran Ormuz y los precios del crudo.
Lo único seguro que se puede escribir hoy, es que el ataque está listo, pero no es inevitable. El mundo contiene la respiración por una coma en un párrafo sobre enriquecimiento de uranio. Todo lo demás: los portaaviones, las filtraciones de “este fin de semana” o las frases inflamadas, dan forma al teatro necesario para que el otro entienda que el reloj corre. Y esta vez, el segundero suena más fuerte que nunca. El cielo ya no huele a nubes, huele a queroseno.
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