Emprender en mitad de la selva peruana: “Nuestros padres sólo tenían recursos para sacar adelante a sus hijos, esta generación tendrá más”
Las etnias huitoto y bora conviven en armonía en la comunidad indígena de Pucaurquillo, en la cuenca del Ampiyacu, en plena Amazonía peruana
Si la vida real fuera una obra de Shakespeare -o una ficción de Hollywood, en realidad- la comunidad indígena de Pucaurquillo, situada en el Amazonas peruano, sería un rosario de rivalidades, dramas y conflictos. Sin embargo, no lo es. Y aquí, en la cuenca del río Ampiyacu, que también da nombre a la región a la que atraviesa, las etnias huitoto y bora conviven en un solo territorio dividido en dos partes, pero cuya delimitación geográfica apenas se intuye. En Pucaurquillo, que ahora recibe la visita de los expedicionarios de la asociación española Ruta Inti, las 46 familias huitotos y las 42 boras (unas 500 personas en total) comparten escuela, centro de salud, y hasta disco bar. Y también comparten un objetivo común, que puede hacerse extensible al resto de comunidades indígenas de la Amazonía peruana: el deseo de luchar por mejores servicios, comunicaciones, y respeto a su modo de vida por parte de las administraciones.
Según datos del Instituto Nacional de Estadística peruano, la población indígena de este país es de más de 300 mil personas, pertenecientes a 55 etnias diferentes que habitan en 8.900 localidades. De estas, la mayor parte, alrededor del 19%, se encuentra en la región de Loreto, al norte de Perú, colindando con Ecuador, Colombia y Brasil. Pucaurquillo es la más grande de su zona, aunque se encuentra a unas 12 horas en barco de Iquitos, la capital de la región y metrópoli más cercana. Una ciudad en mitad de la selva. De hecho, la más grande del mundo sin conexión terrestre. Solo se puede llegar a Iquitos en avión o en barco. Y aunque huelga decirlo: no, los indígenas no van en taparrabos ni llevan una cerbatana en la mano todo el día. Los más jóvenes tienen Tiktok y llevan camisetas con el 10 de Mbappé a la espalda. De hecho, esta es una de las principales preocupaciones de los mayores del lugar: la paulatina pérdida de las tradiciones ancestrales de la comunidad.
Sin embargo, la vida es, sin duda, diferente. El sol despunta con fuerza sobre las seis de la mañana, sumiendo ya a los habitantes de Pucaurquillo en sus tareas, que llevan a cabo sin prisa pero sin pausa. Los niños y adolescentes acuden a la escuela de la comunidad, en la que estudian por igual boras y huitotos. Los hombres salen a pescar en sus barcas, o se dedican a otras obligaciones tradicionalmente masculinas; las mujeres comienzan a pensar en cómo cocinarán las presas que los cazadores derribaron la noche anterior, abriéndose paso en la espesura de la selva a machetazos. No obstante, aunque el trabajo está repartido en roles de género, no puede decirse que sea una sociedad puramente patriarcal. Todos acuden a recolectar el fruto de la siembra al ‘chacras’, que es como se conoce al huerto comunitario. De allí vuelven cargados de banana, yuca, maíz y decenas de frutas autóctonas.
De hecho, aquí existe la Asociación de Mujeres Indígenas de Pucaurquillo en la que, paradójicamente, hay también dos hombres. Su propósito fundacional es organizar y centralizar la producción de artesanía local, que se ha convertido en un sector fundamental en la prosperidad de la comunidad. Senia Pérez es su presidenta, y una referencia en el tejido de chambira, el material con el que, tensando el hilo con los dedos de los pies, confeccionan los bolsos, pulseras, y otros artículos que posteriormente venden en ferias de otras comunidades, y a los pocos visitantes que acuden cada año a Pucaurquillo. “El objetivo de la Asociación es preservar el trabajo que nos dejaron nuestros abuelos, y cuidar la siembra de chambira. Nosotros no tenemos mercado, así que es importante cuidar la artesanía”, dice. María Collantes, vocal de la parte bora de la comunidad, coincide: “Antes no sabíamos cuánto valía nuestro trabajo, ganábamos dos o tres soles por él. Ahora, entre 50 y 80”.
Frente a la casa de Senia se encuentra la tienda que doña Luz regenta desde hace 13 años, la Bodega Blanca Alejandra, llamada así por su hija, de 12, que asegura que le gustaría estudiar contabilidad. A la pregunta de por qué las nuevas generaciones de Pucaurquillo tendrán más oportunidades que las anteriores, Luz vuelve a poner el foco en la artesanía: “Es por los emprendedores”, apunta, “nuestros padres sólo tenían recursos para sacar adelante a sus hijos, esta generación tendrá más”. Y esto es una verdad indiscutible ateniéndonos a los hechos, aunque no exenta de polémica. Cada vez más jóvenes indígenas cuentan con estudios universitarios y tienen la posibilidad de desplazarse a Iquitos para cursarlos. Sin embargo, no todas las familias tienen la posibilidad de cumplimentar este deseo.
Continuando por la senda shakesperiana, en Pucaurquillo se da el hecho de que dos hermanos, Robinson y René Rivera, son, respectivamente, vicepresidente y presidente de huitotos el uno; y boras el otro. Ambos nacieron bora, pero Robinson encontró el amor en el sector huitoto, y 22 años de matrimonio con doña Jéssica le han llevado a un puesto de autoridad en una etnia que no es en la que se crio. La directiva a la que pertenece es la encargada de administrar la comunidad, y las asambleas en las que todos los vecinos se reúnen para tomar, por mayoría, las decisiones que afecten a la misma. Estas reuniones se llevan a cabo en la Maloca, la casa comunal tradicional, una enorme cabaña de madera liderada por el Apu, una figura simbólica encargada de preservar las tradiciones ritualistas como la ceremonia del mambé. El Apu prepara en un gran caldero una mezcla de hojas de coca con ceniza de cecropia, que posteriormente se machaca en un mortero y se masca durante varios minutos. Un rito que se lleva a cabo con el objetivo de “pensar, tomar decisiones, y sentir los espíritus de la selva”, según apunta don Víctor, el Apu de la Maloca bora, que a sus 84 años permanece durante largo rato en cuclillas preparando la mezcla.
Robinson es un hombre serio, de facciones duras, y desvivido por su comunidad. Su visión sobre el futuro de sus jóvenes es algo más oscura: “Muchos de los estudiantes que terminan la secundaria no van a poder hacer las carreras que piensan”, reflexiona, “muchas veces no vamos a tener los recursos para poder llevarlos y matricularse durante cinco años”. Y lanza un férreo ataque contra las administraciones: “En esta zona estamos olvidados, vivimos en la oscuridad. No tenemos una buena comunicación si pasa algo. Aquí no hay cobertura”. Robinson, además, reparte la culpa. Considera que es responsabilidad tanto de la municipalidad de Pebas, a la que pertenecen, como de la región de Loreto, así como del gobierno nacional, presidido por la polémica Dina Boluarte, a la que no duda en calificar de “muy mala”. Su hermano, René, al que se parece como dos gotas de lluvia amazónica, coincide en el diagnóstico, y recuerda el gobierno de Alberto Fujimori con añoranza, pues sostiene que él sí se preocupó por las comunidades indígenas: “Fujimori pisó este suelo. Él no era malo, fueron sus funcionarios los que lo malograron”. René, por otra parte, apunta a la dependencia de las organizaciones sin ánimo de lucro: “La situación ha cambiado porque hay algunas ONGs que dan apoyo a los jóvenes de la comunidad para que puedan estudiar”. Aunque se lamenta de la falta de reciprocidad de muchos estudiantes: “hay jóvenes a los que apoyamos y después no ponen de su parte, no vuelven para colaborar, y eso nos hace quedar mal como dirigentes”.
Esta precariedad en los servicios de la que se quejan los hermanos Rivera se hace palpable en el puesto de salud de Pucaurquillo, en el que trabajan Johnny y Miguel, dos enfermeros de gesto cansado. Aquí no hay médicos, los diagnósticos más graves se tratan en la cercana ciudad de Pebas, a media hora y diez soles ida y vuelta en motocarro, el método de transporte por antonomasia de la Amazonía. Los coches hay que traerlos en barco y los caminos no están habilitados, por lo que esta motocicleta fusionada en su parte trasera con una suerte de destartalado carruaje es la manera de moverse en esta zona. “Resfríos y dolores” son las dolencias que Johnny y Miguel tratan con más frecuencia. Pocas neumonías, y rara vez tienen que tratar una mordedura de serpiente. No consideran la malaria un problema serio, porque el tratamiento para curarla lo tienen a mano. En su opinión, el principal problema de salud de la cuenca del Ampiyacu es que “las personas se automedican”, y ambos coinciden en que las autoridades “podrían dar más”.
Noticias relacionadas
Aunque más crudo lo tienen, por otro lado, los homólogos de la Amazonía peruana a los agentes forestales. En una desvencijada edificación con tejado de chapa del sector bora se encuentra el cuartel del SERNANP, el Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado. No hay ningún cartel en la puerta que indique que ahí se encuentra su sede en Pucaurquillo porque, tal y como señala Dagoberto, uno de los cuatro hombres con pinta de tipos duros que descansan dentro, la suya es “una profesión peligrosa”. La Amazonía peruana está sufriendo en los últimos años los calamitosos estragos de la minería informal, probablemente el asunto más crítico para la política peruana ahora mismo. Y eso es decir mucho cuando hablamos de un país en constante estado de máxima tensión institucional, y aquejado de una corrupción endémica desde hace décadas. La deforestación, la contaminación de las aguas, y las relaciones con el crimen organizado están trayendo verdaderos problemas a la zona. Hasta ahora, el vecino distrito de Madre de Dios era el más castigado por esta problemática pero, en palabras de Dagoberto, “aquí está empezando”. Según datos del Ministerio de Economía de Perú, se estima que en 2025 la producción de oro procedente de la minería ilegal supere por primera vez a la reglada.
Es por ello quizá que Rosendo, el hijo de 16 años de Robinson, el líder huitoto, quiere estudiar ciencias forestales cuando termine la secundaria. Aunque tiene claro que, al terminar, quiere regresar a Pucaurquillo para “ayudar a los niños”. Menos claro lo tiene Stacy, una joven bora de 18 años que empieza este otoño sus estudios universitarios. Si le preguntas a dónde le gustaría ir al finalizarlos, Stacy responde que “a todos lados”. Los vecinos de Pucaurquillo se retiran a sus hogares poco después de caer la noche, que trae consigo legiones de sedientos mosquitos. Termina el día, y con él las actividades de un pueblo íntimamente ligado a la tierra y los ciclos de la naturaleza. Una manera de vivir cuya preservación quita el sueño a los mayores del lugar. El mismo sueño que invade a los más jóvenes, que sueñan con viajes a lugares remotos, y aulas universitarias en Iquitos.