El rico y desconocido país fronterizo a Venezuela que Maduro amenazó con invadir por su apoyo a Donald Trump
Bases militares, blindados en la selva y portaaviones en el Caribe: la disputa por el Essequibo enfrentó a Venezuela con Guyana y puso en alerta a Estados Unidos, Brasil y toda la región ante un conflicto que amenaza con desbordarse.
En 1990, Sadam Hussein miró hacia Kuwait y vio petróleo, oportunidad y una excusa nacionalista. El resto es historia: una invasión que desató la tormenta del desierto y cambió el mapa geopolítico. Hoy, a más de seis mil kilómetros, Nicolás Maduro parecía mirar el Essequibo con la misma mezcla de ambición y urgencia. ¿Estamos ante el prólogo de una guerra caribeña que podría acabar con intervención internacional?
Para entenderlo hay que retroceder más de un siglo. El Essequibo, ese pedazo de tierra que ocupa dos tercios de Guyana, fue adjudicado en 1899 por un laudo arbitral que Venezuela nunca aceptó del todo. Durante décadas fue un problema dormido, hasta que en 2015 ExxonMobil descubrió petróleo en la zona y el mapa volvió a arder. Guyana pasó de ser un país agrícola y minero a convertirse en el nuevo Kuwait del Caribe. Hoy produce más de 650.000 barriles diarios y apunta a 1,7 millones en 2030. Para un país de apenas 800.000 habitantes, es como si tocara la lotería varias veces seguidas.
Maduro olió la oportunidad y en diciembre de 2023 organizó un referéndum consultivo para legitimar la anexión. El resultado oficial fue un 97 % a favor, aunque la participación real dejó muchas dudas. “Este es un mandato histórico”, proclamó Maduro en cadena nacional, mientras Guyana corría a la ONU para denunciar lo que consideraba una amenaza inmediata. La Corte Internacional de Justicia reaccionó rápido: ordenó a Venezuela abstenerse de cualquier acción que alterara el statu quo. Pero Caracas siguió adelante. Incluso anunció elecciones en el Essequibo para mayo de 2025, desafiando las órdenes de La Haya. Las celebró de forma simbólica el 25 de mayo: se eligió gobernador y diputados, aunque solo votaron poco más de 21.000 personas en dos parroquias del estado Bolívar, lejos del territorio controlado por Guyana.
Y aquí entra el paralelismo con Kuwait. Sadam usó la retórica nacionalista para justificar su invasión. Maduro hace lo mismo: despliegues militares en la frontera, patrullas en el río Cuyuni y bases en la isla de Anacoco. Venezuela la ocupó en 1966, justo después de la independencia de Guyana, y desde entonces es un punto caliente. Hoy es el epicentro del despliegue militar, con hospital, escuela y aeródromo. Incluso bautizó la operación como “Escudo Bolivariano”, intentando que la épica pueda tapar la crisis económica que ahoga a Venezuela. Ahora, con su detención, todo ese plan se ha desbaratado.
Estados Unidos ya dejó claro que no se quedaría de brazos cruzados. “Sería un día muy malo para el régimen venezolano si atacara a Guyana o a ExxonMobil… y no terminaría bien”, advirtió Marco Rubio en Georgetown, con un tono que no dejaba lugar a dudas. Y remató: “Tenemos una Armada grande y compromisos vigentes con Guyana”. Washington reforzó su presencia en el Caribe con aviones, buques y Marines. El portaaviones USS Gerald R. Ford, el más grande y avanzado del mundo, llegó a la región en noviembre de 2025 con más de 4.000 tripulantes y barcos escolta. No era postureo: este 3 de enero atacó Venezuela.
Mientras tanto, Brasil movió ficha. En diciembre de 2023 lanzó la Operación Roraima para blindar su frontera norte. El convoy brasileño ofreció una imagen que parecía sacada de una película: 28 blindados (14 Guaicurus, 8 Guaraní, 6 Cascavel) recorriendo 3.500 kilómetros desde Campo Grande hasta Boa Vista, cruzando la selva amazónica. “No participaremos en un problema que es de Venezuela con Guyana”, dijo el ministro José Múcio, pero reforzó la frontera para evitar que se convirtiera en “una trinchera”. Hoy, Brasil tiene allí unos 600 soldados y un regimiento mecanizado listo para actuar.
Y no es el único actor regional. Trinidad y Tobago se ha convertido en plataforma estratégica para EE UU. El 26 de octubre de 2025, el destructor USS Gravely atracó en Puerto España y los Marines desembarcaron para ejercicios conjuntos. Las fotos dieron la vuelta al Caribe. Uniformes estadounidenses en una isla que hasta hace poco solo salía en las noticias por su carnaval. Maduro reaccionó furioso: “Están militarizando el Caribe para amenazar la paz”, dijo en televisión, mientras su canciller acusaba a Trinidad de ser “peón del imperialismo”.
En el terreno, la tensión se palpa. Pescadores guyaneses cuentan que desde hace meses ven helicópteros sobrevolando la isla de Anacoco, donde Venezuela ha levantado una base militar con hospital, escuela y aeródromo. Según CSIS, hay 65.000 soldados desplegados en la zona, tiendas de campaña para batallones móviles y una pista que podría recibir aviones de transporte. “Nunca habíamos visto tanto movimiento”, dice un habitante de Tumeremo, en el lado venezolano, que prefiere no dar su nombre. “Es como si se prepararan para algo grande”.
Guyana, por su parte, refuerza su vigilancia y denuncia cada incursión. El 3 de marzo de 2025, un buque patrulla venezolano se acercó peligrosamente al FPSO Liza Destiny, una plataforma flotante operada por ExxonMobil que produce más de 120.000 barriles diarios y que fue el primer gran símbolo del boom petrolero guyanés. En mayo, tres ataques con armas de fuego desde la orilla venezolana contra patrullas guyanesas en el río Cuyuni terminaron en intercambio de disparos. No hubo muertos, pero el mensaje quedó claro: la frontera es una mecha encendida.
Y ahora entra Trump en escena. Guyana no ha ocultado su entusiasmo por el regreso del republicano a la Casa Blanca. El presidente Irfaan Ali felicitó a Trump y dijo que espera “trabajar estrechamente con la administración Trump para fortalecer los lazos en energía, seguridad y prosperidad regional”. El vicepresidente Bharrat Jagdeo fue más directo: “Trump y Marco Rubio darán un apoyo sólido en el contencioso fronterizo con Venezuela”. Ese respaldo no es gratuito: Guyana sabe que su petróleo es estratégico y que Washington no permitirá que Maduro lo toque.
La administración Trump ha respondido con músculo. Lanzó la Operación Southern Spear, una misión militar en el Caribe con aviones, buques, drones MQ 9 y más de 10.000 efectivos (unos 5.000 en Puerto Rico) para “defender nuestro hogar y eliminar narco-terroristas”. En septiembre y octubre de 2025, EE UU. hundió al menos nueve embarcaciones sospechosas, con más de 80 muertos, incluyendo lanchas venezolanas vinculadas al Tren de Aragua. Oficialmente es una operación antidroga, pero todo apunta a que el objetivo principal podría ser blindar los intereses petroleros de Guyana. Porque en esta historia, la cocaína puede ser la excusa y el crudo, la razón.
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¿Puede repetirse la historia de Kuwait? El escenario tiene todos los ingredientes: petróleo, nacionalismo, despliegues militares y una potencia dispuesta a intervenir. La diferencia es que aquí no hablamos del desierto, sino de selva, ríos y un Caribe que se llena de barcos de guerra. Si Maduro decide avanzar, la respuesta podría ser fulminante. Y entonces el Essequibo dejará de ser un nombre exótico para convertirse en el epicentro de una crisis global.
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