El ‘portaaviones insumergible’ de EEUU que Trump teme perder en el Índico: es el último eslabón del ‘collar de perlas’ de China
En 1971, Londres gaseó a las mascotas de los nativos para regalarle a EE. UU. su base más estratégica en el Índico. Hoy, tras la cesión de la soberanía a Mauricio, el atolón de Diego García se convierte en un polvorín donde Pekín ha olido la sangre y Washington teme perder su “portaaviones insumergible”.
La historia de las Islas Chagos empieza con el exterminio de decenas de perros. Cuando los británicos aceptaron convertir el atolón de Diego García en una base estadounidense, se encontraron con un problema: allí vivía gente. Para que el Pentágono tuviera una nueva base de operaciones, Londres ejecutó una limpieza quirúrgica y atroz entre 1967 y 1971. A los chaguenses les expulsaron de sus casas y de su tierra; a sus perros, la compañía fiel de una vida en el Índico, los encerraban en cobertizos y los gaseaban con los tubos de escape de los camiones militares frente a sus dueños para forzar su marcha. Una vez más, en un oscuro historial de siglos de abusos, el imperio no tuvo compasión con los nativos.
Aquellos exiliados fueron abandonados en los muelles de Port Louis y terminaron malviviendo en los suburbios de Mauricio, mirando un horizonte que ya no les pertenecía. Mientras tanto, Diego García se convirtió en un portaaviones de cemento. Un lugar sin familias, sin niños, solo con pistas de aterrizaje y hangares. Como curiosidad, en la base existe un cementerio chaguense que los militares estadounidenses cuidan y mantienen. Una vez al año, se permite a un pequeño grupo de exiliados volver solo para limpiar las tumbas bajo vigilancia armada. Pueden tocar a sus muertos, pero no pueden vivir en su tierra.
Desde esa mota de polvo, los bombarderos B-52 despegaron para cambiar el mapa de Irak y Afganistán. Diego García ha sido durante años la única pista de EE. UU. que permite a los gigantes del aire cargar toneladas de bombas y golpear cualquier rincón de Asia o el Golfo sin pedir permiso a un aliado incómodo. En 1991 fue el polvorín de la Guerra del Golfo y en 2001 el trampolín para la invasión de los santuarios de Al Qaeda. Es el punto clave desde el que Washington domina el Índico, una gasolinera blindada que nunca cierra.
El verdadero secreto de la isla no está en sus pistas, sino en su silencio. Diego García ha sido, durante décadas, uno de los ‘sitios negros’ de la CIA. Un infierno en la tierra. Aviones sin matrícula aterrizaban de madrugada con sospechosos de terrorismo que simplemente desaparecían de los registros oficiales. Allí, bajo las palmeras, se realizaron interrogatorios y rendiciones extraordinarias que no habrían pasado el filtro de ningún tribunal internacional. Londres lo negó hasta que en 2008 el Secretario de Exteriores, David Miliband, tuvo que pedir disculpas ante el Parlamento. Admitió que vuelos de la CIA con detenidos hicieron escala en la isla. Hasta entonces, Chagos había sido el limbo legal perfecto.
Pero en este 2026, el tablero ha dado un vuelco brutal, que convierte la base en un punto clave en la guerra silenciosa que están manteniendo China y EE. UU. por dominar el planeta. Inglaterra, asfixiada por la presión internacional, ha cedido la soberanía a las Islas Mauricio. El imperio ha arriado la bandera, pero ha dejado una letra pequeña: la base se queda. Se han firmado 99 años de alquiler para que Estados Unidos no tenga que mover un solo tornillo.
Y lo curioso es que ese fue el momento en el que se empezaron a escuchar gritos de Donald Trump en el Despacho Oval.
El enfado de Trump es el del propietario que de pronto pierde el control de la comunidad de vecinos. Sabe que Mauricio no es Londres; es una nación que habla el idioma de las inversiones de Pekín. China lleva años regando la zona con infraestructuras y préstamos, y el temor en Mar-a-Lago es que, al entregar la soberanía, se ha entregado el derecho a decidir quién es el vecino.
El miedo de Trump no es que los barcos chinos atraquen en Diego García mañana, sino que China utilice la “diplomacia del talonario” para influir en el gobierno de Mauricio. Si dentro de diez o veinte años Mauricio decide que China es un socio más rentable, podrían empezar a poner trabas, subir el “alquiler” o, peor aún, permitir que Pekín instale equipos de vigilancia electrónica en las islas vecinas del archipiélago, a tiro de piedra de los secretos estadounidenses.
Para los estrategas de Pekín, la isla es una cuenta pendiente conocida como el “Portaaviones Insumergible”. Un nudo que asfixia su expansión y que permite a Washington y la India pinzar a China. Desde esa pista, EE. UU. puede cortar el suministro de petróleo chino en menos de veinticuatro horas. Para el gobierno de Xi Jinping, la base es el único eslabón que falta para cerrar su “Collar de Perlas”, esa red de puertos amigos que va desde sus costas hasta Sudán y que hoy tiene un agujero negro justo en el centro del Índico.
Además, para la propaganda china, Diego García es el lugar donde “desapareció” el vuelo MH370 en 2014. La potencia asiática alimentó la teoría de que el avión fue secuestrado y llevado a la base, convirtiéndolo en un símbolo del mal imperialista. Pekín ha olido la sangre.
La paradoja es tan cruel como fue gasear a los perros en 1971. Los chaguenses ahora pueden volver a sus islas, pero tienen prohibido pisar Diego García. Verán los aviones pasar desde la orilla, sabiendo que su hogar se convertirá en uno de los lugares más vigilados del mundo, pero que la llave de su casa ya no está en Londres ni en Washington, sino en una carambola geopolítica que apunta a China.
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Chagos ya no es una base; es otro ejemplo de cómo China y EE. UU. intentan expulsarse mutuamente de sus zonas de influencia. Venezuela, Taiwán, Cuba, y ahora una isla minúscula con una importancia gigantesca.
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