Sociedad

El Palacio de Golestán, en Teherán, ya ha sido dañado: así peligran los 29 tesoros patrimonio de la humanidad de Irán

Desde los jardines persas a Persépolis, pasando por Yazd o Golestán, Irán reúne una constelación de lugares únicos que hoy conviven pared con pared con objetivos militares. Una guerra moderna que amenaza siglos de historia irrepetible.

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Redactor Jefe de Especiales
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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Imaginen un país que es, en realidad, un museo al aire libre donde la gente desayuna, va a trabajar o reza pared con pared con la historia. Irán no es solo un tablero de ajedrez geopolítico; es un inventario de belleza acumulada durante 2.500 años que hoy se encuentra en una situación imposible. El problema de los monumentos es que no pueden echarse a un lado, y en la geografía iraní, el patrimonio mundial suele compartir código postal con los objetivos estratégicos. Los expertos en patrimonio llevan años alertando de que un conflicto en esta región podría destruir capítulos enteros de la historia humana.

La UNESCO reconoce hoy 29 lugares como Patrimonio Mundial, un récord que lo coloca entre los diez países con más tesoros culturales del planeta. Y aun así, la lista se queda corta. En el noroeste, los monasterios armenios resisten entre montañas; en el centro, Yazd sigue siendo la mayor ciudad de adobe habitada del mundo; en todo el país sobreviven los jardines persas que dieron origen a la idea de paraíso y los qanats, esas venas subterráneas que llevan agua al desierto desde hace milenios. Irán es una constelación de lugares frágiles, dispersos por 1,6 millones de kilómetros cuadrados donde cada coordenada podría convertirse, de un día para otro, en un punto vulnerable.

La galaxia de cristal de los Qajar. El Palacio de Golestán, en Teherán, es el testimonio de una era que quiso unir el arte persa con la modernidad europea. Lo que aquí parece piedra inamovible es, en realidad, un delicado ecosistema de espejos y luz hoy expuesto a la vibración de la capital.UCG

Esa fragilidad tiene su símbolo perfecto en Teherán: el Palacio de Golestán. La Dinastía Qajar lo convirtió en sede del poder a finales del siglo XVIII como una carta de presentación al mundo y, más tarde, en el XIX, fue reformado para mezclar el refinamiento persa con los lujos que traían de sus viajes por Europa. Su joya era el Salón de los Espejos, una obra maestra de la ingeniería de la luz donde miles de teselas devolvían el sol con una intensidad que hace innecesaria la electricidad. Pero no nos engañemos: el vidrio es el peor aliado de la guerra. La física es implacable: a partir de 1 psi de presión, las ventanas estallan. No hace falta que un misil apunte al palacio; basta una sacudida cercana para que una lluvia de astillas borre en un segundo generaciones de artesanía.

Y como era de temer, ha sucedido. Las ondas expansivas de explosiones cercanas han hecho saltar por los aires teselas que habían sobrevivido a dos siglos de historia, han arrancado puertas, han quebrado rosetones y han dejado el suelo sembrado de fragmentos de mosaicos. La UNESCO lo ha lamentado en público: el golpe no ha sido directo, pero bastó la sacudida para herir uno de los símbolos más delicados del país. Aunque todavía falta un informe detallado, lo que ya se ve es suficiente para entender lo evidente: lo que ayer era una obra maestra de la artesanía persa, hoy está muy dañado.

La "mitad del mundo" bajo las estrellas. Una vista nocturna de la Plaza de Naqsh-e Jahan en Isfahán, capturada en 1999. Diseñada en el siglo XVII como el epicentro del poder persa, sus arcadas siguen conectando hoy la Mezquita del Imán con el latido del Gran Bazar.Kaveh Kazemi

Si bajamos hacia el sur, la Plaza de Naqsh‑e Jahan de Isfahán es el cénit del urbanismo del siglo XVII. El sha Abbas diseñó este espacio para que la religión, el comercio y el poder se miraran de frente. El turquesa de sus cúpulas es cerámica vidriada que ha sobrevivido a todo. Veremos si lo consigue en esta era en la que el objetivo militar puede estar pared con pared con una obra maestra. Isfahán es hoy el núcleo industrial y atómico del país. Los informes de la AIEA tras las ofensivas de 2025 ya mencionan daños “extensos” en el complejo de conversión de uranio. El drama es que, en Isfahán, el patrimonio y los objetivos militares son, literalmente, vecinos de portal.

Las cicatrices del shabestán. Vista de la Mezquita Jameh de Isfahán en septiembre de 2023. Este templo, que empezó a construirse en el siglo IX, es un catálogo vivo de la arquitectura persa que ya supo lo que es el plomo: en 1985 fue alcanzada por un misil iraquí, obligando a sus artesanos a una reconstrucción heroica.Anadolu

La memoria de la ciudad ya sabe lo que es el plomo. Durante la “guerra de las ciudades” en los ochenta, los bombardeos iraquíes golpearon el entorno de la Mezquita Jameh, que sufrió un impacto directo en 1985. La historiadora Sussan Babaie contaba cómo, años después, los artesanos le señalaban con orgullo, y tristeza, las zonas del shabestán que tuvieron que reconstruir a toda prisa. Esas cicatrices en el ladrillo son el recordatorio de que Isfahán siempre ha estado en la lista de objetivos.

Operarios en el complejo turístico de Malayer, a 391 km de Teherán, trabajando en la conservación de los símbolos aqueménidas en septiembre de 2025. El proyecto busca promover la conciencia cultural en un momento en que los monumentos originales de la UNESCO se encuentran en una situación de vulnerabilidad extrema.NurPhoto

Persépolis juega en otra liga de riesgo. Allí no hay radares ni búnkeres. A sesenta kilómetros de Shiraz, la capital ceremonial que fundó Darío I es el último testigo de un imperio que llegó a gobernar a casi la mitad de la humanidad. Sus relieves muestran procesiones de paz grabadas en piedra hace 2.500 años. Pero Persépolis tiene una debilidad: su valor simbólico. Alejandro Magno no la entregó al saqueo y al fuego por necesidad militar, sino para enviar un mensaje de dominio absoluto al mundo antiguo. Hoy, aunque parezca que esa terraza de piedra no es un objetivo estratégico, sigue siendo el alma de una civilización. Dañarla no solo sería un error de cálculo; sería herir el orgullo de un pueblo y provocaría una indignación mundial difícil de apagar, porque hay derrotas que no se miden en territorios, sino en memoria.

Vista de la Ciudadela de Bam en mayo de 2025, tras dos décadas de una reconstrucción que ha devuelto a la vida la estructura de adobe más grande del mundo. Lo que el terremoto de 2003 niveló, el esfuerzo humano lo ha vuelto a levantar palada a palada, desafiando a un tiempo que hoy vuelve a ser incierto.NurPhoto

Más al sureste, en Bam, el barro nos recuerda que la constancia también es una forma de resistencia. Tras el terremoto de 2003, se han necesitado dos décadas de trabajo manual, palada a palada, para levantar la ciudadela de adobe más grande del planeta. Pero el adobe vibra de forma distinta a la piedra; absorbe la energía “de dentro hacia fuera”. Una serie de detonaciones en la región, aunque no toquen sus murallas, podría deshacer lo que los maestros locales han tardado una vida en reconstruir, ladrillo a ladrillo, con el mismo barro de sus antepasados.

El recorrido termina de vuelta en Shiraz, bajo las cúpulas de Shah Cheragh, el santuario del “Rey de la Luz”. Si los palacios de Teherán son para ser admirados, este recinto es para ser vivido. Su interior es un despliegue de ayeneh-kari (el arte del mosaico de espejos) llevado al extremo: millones de fragmentos de cristal verde y plata que multiplican la luz hasta que el aire parece sólido. Es un lugar donde el tiempo se detiene, pero que en los últimos años ha tenido que aprender a convivir con el miedo.

Interior del santuario de Shah Cheragh en Shiraz, donde millones de espejos custodian el descanso de los hermanos Amir Ahmad y Mir Muhammad. Lo que en el siglo IX fue un refugio frente a la persecución abasí, es hoy un "objetivo blando" donde la luz de las teselas convive con la memoria de los recientes atentados.picture alliance

Porque Shah Cheragh ya ha sangrado, y no por un error de cálculo balístico. En octubre de 2022 y de nuevo en agosto de 2023, el santuario fue escenario de ataques terroristas reivindicados por el Estado Islámico. El primero fue especialmente brutal: un tirador entró en el recinto durante la hora del rezo, dejando 15 muertos. Naciones Unidas calificó el acto de “atroz”, no solo por la pérdida de vidas, sino por lo que representaba: el patrimonio convertido en un “objetivo blando”.

Al final, la geografía de Irán es una trampa. Los monumentos están clavados a una tierra que se ha convertido en un corredor de misiles. Ni el cristal de Teherán, ni el azulejo de Isfahán, ni el barro de Bam tienen defensa cuando la física decide golpear. Las guerras pueden durar décadas, pero la piedra de Persépolis, una vez hecha polvo, no vuelve a levantarse.

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