El día que el Sha de Irán montó la fiesta más cara del siglo XX en pleno desierto: 50.000 pájaros muertos y un tarro de tierra final
El último Sha de Irán quiso comprar el futuro con petrodólares y diamantes. Pero el despilfarro delirante y la represión fueron sus notas de suicidio. Así fue como un monarca desconectado de la realidad le abrió la puerta al Islam político y a un conflicto global que, en 2026, sigue más vivo que nunca.
En 1935, Reza Sha decidió que Persia sonaba a bazares y cuentos, y él quería fábricas y trenes. Así que envió una carta a todas las embajadas extranjeras: a partir de ese momento, el país que durante siglos había sido conocido como Persia debía llamarse Irán.
Reza Sha había llegado al poder en 1925 y se propuso transformar un país feudal en un Estado moderno. Carreteras, ferrocarriles, escuelas, uniformes occidentales y prohibición del velo en público. Todo rápido, todo a golpe de decreto. Pero su hijo heredaría algo mucho más complejo: un país dividido entre tradición y progreso, religión y Estado, Oriente y Occidente.
Mohammad Reza Pahlavi subió al trono en 1941, con apenas 21 años, tras la abdicación forzada de su padre durante la invasión anglo-soviética por su simpatía con Alemania. Era joven, educado en Suiza, elegante, y con una idea fija heredada de su padre: convertir Irán en la “quinta potencia mundial”. “En diez años nuestro nivel de vida será como el de Europa, y en veinte superaremos a Estados Unidos”, llegó a decir. Ambición no le faltaba. Dinero tampoco: el petróleo fluía y las arcas se llenaban. Pero la modernización que soñaba no lo fue para todos, y esa fue su perdición.
La Revolución Blanca (que terminó en negro)
El Sha lo llamó la Revolución Blanca, pero olvidó que no se puede modernizar un país a bofetadas. A los clérigos les quitó las tierras; a los comerciantes del bazar les destrozó el negocio con grandes superficies; a los intelectuales les coaccionó con la SAVAK. La policía secreta del Sha era el brazo armado de su paranoia. Para entender por qué el pueblo iraní acabó abrazando a un ayatolá que vivía en una modesta cabaña en Francia, hay que saber cómo llevó el miedo hasta el extremo en las calles.
El Sha no era un monstruo sediento de sangre, sino más bien un ingenuo. Creía que el progreso era una orden que se daba desde un trono. Durante su exilio, el propio Sha reconocería: “Mis consejeros construyeron un muro entre mi pueblo y yo. No me di cuenta de lo que pasaba. Cuando me quise dar cuenta, lo había perdido todo”. Una frase que resume toda su tragedia.
La fiesta de Persépolis
En octubre de 1971, el Sha decidió celebrar los 2.500 años de la monarquía persa. No se le ocurrió nada mejor que montar una ciudad de tiendas de campaña de seda en mitad del desierto, en Persépolis. Se sirvieron más de 20 toneladas de comida y se bebieron miles de botellas de vino y whisky. Fue la fiesta más cara del siglo XX. Aquello era el delirio de un hombre que no pisaba el suelo.
Mandó traer el catering de Maxim’s de París. Cincuenta mil pájaros cantores fueron importados para alegrar el ambiente. La mayoría murió a los tres días por el calor del desierto. Se sirvieron huevos de codorniz rellenos de perlas de caviar del Caspio y champán Rose de 1959. Mientras los reyes y presidentes de todo el mundo brindaban entre ruinas milenarias, los campesinos iraníes no tenían agua potable a pocos kilómetros. Fue el principio del fin, la nota de suicidio de una dinastía. El Sha no vivía en Irán, vivía en una fantasía pagada con petrodólares.
El punto de no retorno: El incendio del Cinema Rex
El suceso que hizo que todo explotara fue el incendio del Cinema Rex en Abadán, en agosto de 1978. Alrededor de cuatrocientos civiles murieron quemados vivos mientras veían una película. La oposición acusó a la SAVAK. El Sha dijo que habían sido los extremistas religiosos.
Daba igual quién tuviera razón. En la calle, la sentencia ya estaba dictada. El Ayatolá Jomeini no necesitaba misiles para derrocar el régimen; le bastaban unas cintas de casete que se distribuían de mano en mano por todo el país. Su mensaje era sencillo: “El Sha es el perro de los americanos”. En un país humillado, ese mensaje era dinamita.
Hubo una frase de Jomeini que lo resumió todo: “Incluso si el Sha se disculpa mil veces, el pueblo no lo escuchará. No se puede perdonar a quien ha vendido el alma de la nación”.
El Viernes Negro y el tarro de tierra
El 8 de septiembre de 1978, conocido como el Viernes Negro, miles de personas salieron a la plaza de Jaleh en Teherán. El ejército abrió fuego. No hubo conteo oficial de muertos, pero la sangre que corrió fue el sello de la Revolución.
A partir de ahí, el Sha fue un fantasma. Los americanos no sabían si apoyarlo o dejarlo caer. El Rey, enfermo de un cáncer del que murió en 1980, deambulaba por su palacio viendo cómo sus generales desertaban uno tras otro. El 16 de enero de 1979, subió a su avión para no volver jamás. Llevaba consigo un pequeño tarro con tierra de Irán.
El cambio de paradigma: El fin del mundo conocido
Lo que ocurrió después fue un bofetón de realidad que todavía hoy tiene consecuencias. Con la huida del Sha no solo se vació un trono, sino que saltó por los aires el manual con el que Occidente entendía el planeta. El mundo descubrió que una revolución religiosa podía tumbar a una monarquía blindada por la CIA. Y el nacimiento del Islam político rompió la cintura a todos los analistas de Washington.
Aquella caída provocó una crisis del petróleo que noqueó la economía mundial durante años. Sin el Sha ejerciendo de “gendarme del Golfo”, la región se convirtió en un tablero de ajedrez sangriento donde Irán y Arabia Saudí empezaron una partida que todavía no ha terminado, con Irak atrapado en medio.
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Hoy, cuando abres el periódico y lees lo que está sucediendo en Oriente Próximo, lo que estás viendo en realidad son las cenizas de aquella fiesta en Persépolis. El Sha pensó que podía comprar el futuro con caviar y diamantes, pero se olvidó de que la historia no se escribe en los salones de París, sino en la calle, con los pies hundidos en el barro. Casi siempre, los imperios caen porque los que mandan dejan de entender el idioma de su propio pueblo. Y quizá eso sea lo mismo que está pasando en Irán hoy, en 2026.
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