Sociedad

El Apocalipsis según La Habana: las diez plagas que asolan la isla de Cuba en su peor crisis en décadas

Desde los cero grados en Matanzas hasta los huevos a 4.500 pesos: Cuba no vive una crisis, vive un relato de abandono. Sin el petróleo de Maduro y bajo el cerrojazo de Trump, la isla se enfrenta a las diez plagas que han decidido que el tiempo de descuento y la esperanza se están terminando.

Anadolu
Redactor Jefe de Especiales
Empezó a trabajar en AS en 1992 en la producción de especiales, guías, revistas y productos editoriales. Ha sido portadista de periódico, redactor jefe de diseño e infografía desde 1999 y pionero en la información de NFL en España con el blog y el podcast Zona Roja. Actualmente está centrado en la realización de especiales web e historias visuales
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Primero fue la oscuridad. Después, el frío imposible. Luego, el hambre. Y así, una tras otra, fueron cayendo sobre Cuba señales que parecen arrancadas de un viejo libro de profecías. La gente empezó a contarlas como quien enumera desgracias, pero la lista ha crecido tanto que ya no es un inventario. Y empieza a sonar a algo más antiguo, más terrible, más bíblico: las diez plagas.

Y la primera plaga descendió sobre la isla. Y su nombre fue Tinieblas. Porque el fulgor de los hogares menguó, y los hombres caminaban tanteando las paredes. La luz dejó de ser un derecho y pasó a ser un racionamiento. Y vio la gente que el déficit de fuerza se acercaba a los dos mil megavatios, casi igual al número de sus angustias. Pues la demanda era como tres mil y cien y la provisión apenas mil y ciento. Así faltaban mil ochocientos y más en sus tardes y amaneceres. Y los apagones se sucedían, extendiéndose por días enteros. Y en las noches más oscuras, las gentes se agolpaban en las puertas de los hoteles, para aprovechar los generadores.

Y la segunda plaga fue Hielo. Y fue cosa nunca vista en la Historia, ni siquiera por los más ancianos. Porque en la madrugada del tercer día del segundo mes, el espíritu de la escarcha descendió sobre Indio Hatuey, en Matanzas, y marcó cero grados. La temperatura más baja registrada jamás en la isla. Los campos quedaron blancos como si un ángel hubiera soplado su aliento helado. Y el pueblo tembló en sus casas, mientras los niños clamaron por un abrigo allá donde ni siquiera existen.

Y la tercera plaga fue Hambre. Y vino sin trompetas, silenciosa. Y fue un hambre rara y humillante. No por falta de tierra, sino por precios que casi nadie podía pagar. Porque el huevo, que es alimento sencillo y humilde, se vendía como tesoro de mercaderes. Y se halló que el cartón se vendía por dos mil setecientos pesos, y hasta por cuatro mil quinientos cuando la desesperación nublaba las mentes. Y hasta en las tiendas para gentiles solo se podía conseguir por 5,40 monedas de dólar. Y la gente decía: “¿Qué mesa puede sostener esto?”. Y sus despensas quedaban vacías porque sus salarios mensuales rondan los dos mil cien pesos.

Y la cuarta plaga fue Fuego. Y no trajo la luz, sino la oscuridad. Porque el decimotercer día, una columna negra se alzó sobre la Refinería Ñico López. Y ocultó el sol en los cielos de La Habana. Y aunque los guardianes dijeron: “El fuego fue contenido, no hubo heridos”, el pueblo vio la señal y temió, pues entendió cuán frágiles eran sus hornos y calderas. Y muchos lo vieron como una maldición caída sobre las máquinas que sostenían la vida de la Isla.

Y la quinta plaga fue Sed. Porque las aguas dejaron de correr por los conductos por falta de electricidad. Sin energía, las bombas enmudecieron, y las casas esperaban en vano el susurro de los grifos. Entonces llegaron las pipas, camiones cisterna que recorrían los barrios tirados por motores fatigados. Y se supo que más de seiscientos mil cubanos dependían ya de ellas para beber, como rebaños errantes. Y hubo barrios de la capital donde el agua tardaba días, y aun semanas, en llegar.

Y la sexta plaga fue Éxodo. Porque muchos cubanos, hartos de sufrimiento y pesares, partieron y no volvieron. Y los contadores de almas revisaron sus registros y descubrieron que en la Isla ya solo quedaban ocho millones y medio de almas. Muy por debajo de los 10 millones que poblaban la Isla antes de que las plagas se desataran. Y el gigante del norte dijo que más de doscientas mil almas cruzaron hacia sus tierras floridas en un solo año. La Isla envejecía, se vaciaba y se hacía más sola.

Y la séptima plaga fue Papel Mojado. Porque la moneda se deshizo como barro al sol y perdió su sustancia. Y el dólar, que antes era extranjero, se enseñoreó de la Isla. Y se pagaba a quinientos pesos en los mercados ocultos, mientras los escribas del Banco cubano proclamaban una tasa de cuatrocientos cincuenta y ocho que nadie creía. Y se vio gente que pesaba los billetes en vez de contarlos, porque el valor había huido de ellos como espíritu cansado.

Y la octava plaga fue Desamparo. Porque el tercer día del primer mes, la captura de su paladín, el gobernante Maduro, rompió el cordón que alimentaba a la Isla con petróleo extranjero. Y los depósitos quedaron como tinajas vacías, y el transporte menguó, y las lámparas perdieron su aceite. Y los aviones no pudieron volar, y lo poco que aún se movía quedó detenido, como si un ángel hubiera puesto su mano sobre los motores.

Y la novena plaga fue Cerrojazo. Porque el poderoso reino del norte decretó que todo país que diera petróleo a la Isla sería castigado con aranceles. Y los sabios de la ONU proclamaron que aquello era un bloqueo de combustible. Y además prevaleció la ley antigua que decía: “Todo navío que toque la Isla quedará ciento ochenta días sin atracar en los puertos del norte”. Y así se cerraron rutas, puertos y esperanzas. Y los cubanos miraron al cielo y no vieron aviones, al mar y no vieron barcos. Y vieron que estaban solos, y perdieron la esperanza bajo un cielo sin alas y un mar sin velas.

Y la décima plaga fue Abandono. Porque los hoteles del norte de la isla, en Varadero y en las cayerías,cerraron sus puertas por falta de energía. Y los pocos huéspedes que quedaron fueron movidos de un lugar a otro, como quien traslada ganado en tiempo de sequía. Y las aerolíneas extranjeras, viendo la carencia de combustible, suspendieron vuelos y recogieron a los suyos. Y todo ello sucedió en la estación en que el turismo debía sostener la economía. Y ahí se acabó la divisa extranjera, lo único que aún podía salvar la isla. Y muchos trabajadores, hasta sesenta de cada cien, dejaron de acudir a sus faenas, pues el espíritu estaba vencido, y nada esperaban ya del esfuerzo.

Y así son las plagas que caen sobre la tierra de Cuba. No enviadas por el cielo, sino nacidas de años de desgaste, silencio y abandono. Y con el temor de que no se queden en diez, como en Egipto, sino que sean muchas más. Y sigan golpeando durante años, mientras se multiplica el llanto y la desesperación.

Y el pueblo, cansado, se pregunta mirando al cielo: “¿Habrá un éxodo, o habrá un amanecer? ¿O quedaremos aquí, contando las horas sin luz, midiendo el agua en cubos, y esperando que alguien parta el mar de la escasez?”

Y no hallan voz que les responda.

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