Adiós a la censura en Irán: así han librado Elon Musk y Starlink la guerra de las ‘antenas clandestinas’ contra la horca
Mientras Teherán amenaza a los usuarios con la horca, el contrabando mete terminales de Starlink a tres mil dólares la pieza. Con ellas se está creando una red de resistencia digital, pagada con criptomonedas, que ha convertido el cielo en el aliado más peligroso de las protestas.
Las movilizaciones en Irán empezaron con gritos, pero siguen creciendo gracias a un susurro digital que baja del cielo. En las montañas del Kurdistán, las mulas ya no solo cargan fardos de té o bidones de gasolina. Ahora, bajo las mantas de lana, los contrabandistas esconden cajas blancas con un logo que parece una flecha apuntando al infinito: Starlink. Es el contrabando más peligroso del siglo XXI. Si te pillan con una botella de whisky en Teherán, te dan ochenta latigazos; si te pillan con una antena de Elon Musk, puedes morir en la horca.
En la era digital, los dictadores tienen una nueva arma definitiva: el apagón digital. Pero lo que ocurrió el pasado 9 de enero de 2026 fue distinto. No fue un simple corte; fue una desconexión total. Tras doce días de protestas masivas, el régimen de Teherán bajó la persiana del mundo y sumergió a 85 millones de personas en una oscuridad absoluta. En ese vacío, las señales de Starlink dejaron de ser un lujo para convertirse en el único cordón umbilical con la realidad. Washington ya había previsto este escenario años atrás: en 2022, el Departamento del Tesoro emitió la Licencia General D-2, un permiso legal que autorizaba a las tecnológicas a perforar el muro digital iraní. Con ese blindaje jurídico en la mano y el visto bueno que la administración Biden dio en su día, Elon Musk solo tuvo que pulsar una tecla para que sus satélites iluminaran el apagón de los ayatolás.
El camino de una antena hasta un tejado de Teherán es una odisea que parece sacada de una novela de espionaje. Los equipos se compran de forma masiva en Dubái o Kuwait. Desde allí, cruzan el Golfo Pérsico en lanchas rápidas que juegan al gato y el ratón con la Guardia Revolucionaria. Una vez en tierra, entran en juego los ‘kolbars’, porteadores kurdos que cruzan la frontera iraquí a pie. Para ellos es solo carga; para el estudiante de la Universidad de Sharif, es la única ventana para contarle al mundo que sus compañeros están siendo detenidos. En el mercado negro de Irán, un equipo de Starlink puede costar 3.000 dólares, una fortuna que comunidades enteras de vecinos pagan a escote. Instalan un solo terminal y reparten la señal mediante repetidores Wi-Fi por todo el bloque.
El propio Musk ha sido inusualmente directo sobre esto. En diciembre de 2022, confirmó que ya había cerca de 100 terminales activos en el país. Parece poco, pero han pasado cuatro años y el número se ha multiplicado. Y en una red de malla, una sola antena puede dar señal a todo un edificio o una manzana. “Starlink está operativo en Irán”, escribió Musk. Fue una declaración de guerra digital.
El régimen no se ha quedado de brazos cruzados. Teherán ha respondido con una ley salvaje aprobada en junio de 2025: la posesión de un equipo Starlink puede castigarse con la pena de muerte si se considera espionaje. Han llevado la guerra a la ONU, denunciando a Musk ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT). La UIT les dio la razón sobre el papel, exigiendo a Musk que pida permiso para operar. Musk, sencillamente, ha ignorado la resolución.
Irán también ha desplegado unidades de guerra electrónica encargadas de lo que llaman “caza de señales”. Utilizan equipos de triangulación de fabricación rusa para detectar la frecuencia específica en la que emiten los platos de Starlink. Si el plato está encendido demasiado tiempo, la policía puede localizar su ubicación exacta en cuestión de minutos. La contramedida de los activistas es pura guerrilla tecnológica. Pintan los platos de gris mate para que no brillen ante los drones, los esconden dentro de cajas de plástico o entre la basura… Mientras, los manuales circulan sin parar en canales de Telegram, como los del investigador Nariman Gharib, para enseñar cómo encender la señal solo en ráfagas de diez minutos o cómo pagar la suscripción con criptomonedas para no dejar rastro bancario. Es tecnología del futuro operada con la astucia de quien se juega la horca.
Lo más curioso es que mientras la policía caza terminales en los suburbios, en las embajadas, ministerios y oficinas de propaganda del régimen, los platos de Starlink operan con total impunidad. Los mismos que ordenan el apagón necesitan el satélite para seguir trabajando. A veces, estas señales consentidas escapan por las rendijas y los vecinos se conectan de forma pirata. El internet de los verdugos alimentando a las víctimas.
En Pekín también están preocupados. Los generales del Ejército Popular de Liberación han publicado artículos en el PLA Daily, diario oficial del ejército, advirtiendo que Starlink es una extensión del Pentágono. Saben que si Musk puede perforar el cortafuegos de Irán, puede hacer lo mismo con ellos. De hecho, China ya ha empezado a probar armas láser y microondas diseñadas específicamente para cegar o destruir los satélites de Starlink en caso de necesidad. Para Xi Jinping, Musk no es un empresario; es un caballo de Troya que flota a 550 kilómetros de altura.
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En Irán, la mejor arma hoy no es un fusil, sino un plato blanco de plástico que burla la censura desde una azotea. Pekín lo mira con recelo, Washington con una sonrisa cómplice y los jóvenes de Teherán con la esperanza de quien, por primera vez, ha dejado de estar solo en la oscuridad.
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