Relaciones Internacionales

¿Quién ha matado al hijo de Gadafi? Libia teme una nueva espiral entre facciones armadas tras la muerte de Saif al‑Islam

Asesinado en su casa de Zintan por un comando de cuatro encapuchados, deja un vacío político que reabre viejas fracturas en Libia. Su muerte desata sospechas entre facciones rivales y amenaza con avivar una nueva espiral de violencia.

Redactora de Actualidad
Cosecha del 81. Licenciada en Periodismo. Desde 2017 en Diario AS. Si hay un directo, estará tecleando. Sino, estará buscando una entrevista, un destino por descubrir o un personaje al que conocer.
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La madrugada del martes 3 de febrero, cuatro hombres encapuchados asaltaron la vivienda de Saif al‑Islam Gadafi (tenía 53 años) en la localidad de Zintan y lo abatieron a tiros tras inutilizar las cámaras de seguridad, según su equipo político. Zintan se encuentra en el noroeste de Libia, en la región montañosa de Nafusa, y está situada aproximadamente entre 129 y 136 kilómetros al suroeste de Trípoli, se cree que Saif estuvo en algún combate esos días por allí.

La Fiscalía confirmó después el fallecimiento por heridas de bala y abrió una investigación formal. Este viernes 6 de febrero, miles de personas acudieron a Bani Walid para despedirlo en un funeral multitudinario que exhibió el arraigo del gadafismo en enclaves tribales clave. La autoría sigue sin atribución oficial y el crimen ya altera el equilibrio entre milicias y bloques políticos rivales en Libia.

Claves del caso: lo que se sabe y lo que no

El ataque: la versión más extendida, difundida por su abogado Khaled al‑Zaidi y su asesor Abdulla Othman, apunta a cuatro encapuchados que forzaron el acceso, apagaron la videovigilancia y se enfrentaron con Saif dentro de la propiedad. Varios medios internacionales reprodujeron ese relato inicial. La Brigada 444, señalada en redes, negó cualquier implicación. No hay detenciones conocidas ni señalamiento oficial de autores intelectuales.

El funeral: la localidad de Bani Walid (donde Warfalla reina, es una confederación tribal, la más numerosa de Libia, con cerca de un millón de miembros, cuyo bastión histórico es Bani Walid) fue escenario de la inhumación el viernes 6, con presencia masiva de leales y una seguridad reforzada. La asistencia subrayó la brecha política y la vigencia de un voto “nostálgico” con capacidad de movilización.

Funeral del Saif al Islam el viernes.

Cronología esencial (martes–viernes)

Martes 3 de febrero (madrugada). Asalto y asesinato en Zintan. Su oficina denuncia “cobarde y traicionera” ejecución tras el apagado de cámaras. Fiscalía abre caso. Primeras confirmaciones por familia/abogado; medios internacionales recogen la noticia.

Miércoles 4 de febrero. Autoridades judiciales libias informan de examen forense y confirman heridas de bala como causa de la muerte; niegan participación presuntas unidades señaladas en redes. Los relatos periodísticos consolidan la cifra de cuatro asaltantes encapuchados. Sigue sin saberse nada del cuerpo, ni imágenes ni vídeos.

Viernes 6 de febrero. Funeral en Bani Walid con miles de asistentes; ausencia de delegaciones visibles de los gobiernos rivales ni de Trípoli ni de Bengasi. El duelo se convierte en muestra de fuerza simbólica del llamado movimiento verde.

Durante el levantamiento de 2011, mientras el régimen de Muammar Gadafi se derrumbaba y antes de que su padre fuera capturado y ejecutado por los rebeldes en octubre de ese año, Saif al‑Islam declaró a Reuters: “Aquí luchamos en Libia, aquí morimos en Libia”. La dijo en febrero de ese año, cuando la insurrección contra el régimen ya avanzaba. Era su forma de prometer resistencia, reforzando la narrativa de que la familia Gadafi no abandonaría el país. Fue interpretada como una profecía trágica: meses después, su padre murió linchado por milicianos en Sirte; él mismo fue capturado en noviembre.

Qué dice su entorno político

El equipo de Saif sostiene que ha sido un asesinato político ejecutado por un comando de cuatro hombres que inutilizó la videovigilancia antes de la entrada. Hablan de “martirio” y exigen una investigación imparcial. La narrativa busca fijar la idea de una eliminación dirigida contra un candidato con base social propia.

Lo que dicen los gobiernos rivales y las milicias

El Gobierno de Unidad Nacional (Trípoli). El primer ministro Abdelhamid Dbeiba condenó el crimen, afirmó que las asesinatos profundizan la división y reivindicó una salida electoral y de estado de derecho. El exjefe del Consejo de Estado, Khaled al‑Mishri, pidió una investigación urgente y transparente. En el plano operativo, la Brigada 444 negó cualquier implicación, principalmente porque opera en Trípoli, no a las afueras, no era su misión ni objetivo, y según analistas turcos (muy presentes en el país) Zintan no entra dentro de su marco de acción.

El bloque oriental (la familia Haftar) desde Bengasi. El LNA no ha asumido una posición protagónica pública más allá del reconocimiento del hecho; analistas subrayan que la candidatura de Saif era un obstáculo para un reparto de poder entre este y Trípoli, por su potencial para capitalizar el voto anti‑élite en ambos lados.

La cobertura apunta a la preocupación por el impacto en el calendario electoral (que la HNEC -son las siglas de la High National Election Commission, es decir, la Alta Comisión Nacional Electoral de Libia, el organismo oficial encargado de organizar, supervisar y certificar las elecciones presidenciales y parlamentarias del país-, había ligado a abril (cosa harto probable igualmente), y por el refuerzo de la impunidad al quedar truncadas las posibles vías judiciales, incluida la CPI. Ademas, la hoja de ruta de la ONU no se ha cumplido, pese a los informes de la representante Hannah Tetteh.

Perfil y peso real de Saif: el tercer polo que incomodaba a todos

Durante los años 2000, Saif al‑Islam fue el hijo “presentable” del régimen: el interlocutor con Occidente que defendía la renuncia a las armas de destrucción masiva y negoció la compensación por el atentado de Lockerbie (el vuelo 103 de Pan Am fue derribado por una bomba sobre la localidad escocesa en 1988, matando a 270 personas). Ese capital político se derrumbó en el año 2011, cuando apoyó la represión de la revuelta y terminó acusado por la CPI y condenado en ausencia por las autoridades de Trípoli.

Tras ser liberado en 2017, gracias a una amnistía concedida por las autoridades del este, volvió a escena como aspirante presidencial, vendiéndose como el candidato del “orden y la estabilidad” frente a unas élites divididas y desprestigiadas. En 2021 llegó incluso a encabezar sondeos locales y a tensar el proceso electoral, convirtiéndose en un tercer polo real con capacidad para romper los equilibrios entre el Gobierno de Trípoli y el bloque de Haftar, y para sorprender en unas elecciones que nunca llegaron a celebrarse.

¿A quién beneficia su muerte?

Sin Saif, los dos bloques tienen menos incertidumbre y más margen para cerrar leyes y fechas (falta saber si quieren). Habría un calendario electoral más manejable. Pero el coste con el voto saifista puede ser pasar a una abstención o una gran protesta, erosionando la legitimidad del proceso.

En el corredor Zintan–Bani Walid–Sirte, la eliminación del referente clásico puede reordenar los pactos tribales y las zonas de influencia. El funeral mostró la capacidad de movilización del ‘tejido verde’ de la familia. ¿Es posible un rebote emocional en clave de venganza o presión territorial? Por qué no.

Se podría también leer su muerte como una reducción de la volatilidad electoral. No hay pruebas públicas que vinculen a ningún Estado, afirmar lo contrario sería especulativo hasta que la investigación arroje datos periciales y haya detenciones. De hecho, ningún gobierno occidental ha comentado nada sobre este asunto, silencio informativo.

Implicaciones inmediatas

  • Seguridad: hay riesgo de escalada localizada si el entorno busca un ajuste de cuentas. La superposición entre milicias y autoridades municipales complica aislar a los responsables.
  • Política: hay una ventana de oportunidad para llegar a acuerdos (leyes electorales, financiación, cronograma) sin el “veto social” que encarnaba Saif. A la vez, llega una erosión de la confianza en la vía institucional si el crimen queda impune.
  • Justicia y legitimidad: el asesinato debilita las expectativas de rendición de cuentas (tanto al Corte Penal Internacional como ante tribunales libios) y refuerza la idea de que la violencia decide las candidaturas en Libia.

El funeral como termómetro político

Las exequias en Bani Walid concentraron a miles de seguidores de distintas regiones, sin presencia destacada de autoridades de Trípoli o del este. Los testimonios subrayaron la idea de “mártir” y la culpa compartida entre las élites rivales. Para sus leales, el entierro fue un acto político: una exhibición de fuerza social, un recuerdo a la memoria del viejo régimen y un aviso de que hay un voto huérfano que no se integrará sin garantías y verdad.

El asesinato de Saif al‑Islam no solo mata a un candidato: reordena los futuros incentivos, facilita los pactos entre las élites y alimenta la percepción de que, en Libia, la violencia sigue ganando a la política. El funeral de Bani Walid prueba que su figura movilizaba a un electorado real. Si la investigación no arroja resultados en semanas, la impunidad terminará siendo el mayor beneficiario del crimen.

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