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La candidatura de Pirineos muere sin nombre

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Aprendí de Juan Cueto, uno de los hombres más sabios que he conocido en mi vida, que la premisa más importante es la que no se menciona. Lo he recordado ahora que se ha esfumado el sueño de unos JJ OO de Invierno en los Pirineos. La primera vez que Alejandro Blanco me habló de ello le pregunté cómo se iba a llamar. “Eso lo dejamos para el final”, creo que me contestó. El final ha llegado y la candidatura no ha llegado a tener nombre. En los correos internos para las reuniones o trámites se aludía a ella como ‘Juegos de Invierno 2030′. En Cataluña manejaban una denominación propia: ‘Barcelona-Pirineus’, que irritaba al lado aragonés.

Era difícil que esto saliera bien. Cuando se creó el Estadio Olímpico de Sevilla para un Mundial de Atletismo (y con vistas a una ilusoria candidatura olímpica) corrió la idea de juntar allí a Sevilla y Betis, que harían un dinero vendiendo sus terrenos. Como en Milán, se decía. Sevillistas y béticos estuvieron esta vez de acuerdo: cada uno en su casa y Dios en la de todos. Otra vez recogí en AS la iniciativa de unos asturianos que sugerían fundir el Oviedo y el Sporting en un ‘Asturias’ que jugaría en Avilés y tendría el potencial sumado de ambos. Menos mal que no editorialicé a favor de la idea. Aun así, las reacciones fueron furibundas.

La intención de esta candidatura era buena, como lo fue la de aquellas, pero vivimos tiempos de absoluta falta de buena voluntad en la política. Y si tan difícil era ponerle nombre a la idea era muy fácil que pasara lo que ha pasado. No hace falta extenderse, ni sería sano, en los recelos cruzados entre una Cataluña gobernada por separatistas y un Aragón que se recuerda como cabecera del reino medieval. Así que han pasado meses discutiendo que cuántas y cuáles pruebas aquí y cuantas cuáles pruebas allá mientras la premisa más importante no se mencionó hasta muy al final, cuando ya no había remedio: ¿cómo se iba a llamar esta candidatura?