El ciclismo no suele fallar

Albert Torres conquistó su primera medalla mundial en 2013. Tenía 23 años. El balear se colgó una plata en la madison, la vieja americana, que estuvo a punto de no correr. Torres había sufrido el atropello de un coche. Y su pareja de faena, David Muntaner, se había roto recientemente una clavícula y, para colmo, no había sido seleccionado para aquellos Mundiales de Minsk. “Si quieres participar, te tienes que pagar el viaje”, le dijo la Federación, que andaba inmersa en un agujero económico, con una deuda heredada y con las subvenciones públicas recortadas. Muntaner tuvo que buscar un patrocinador privado que le costeó el viaje y el alojamiento: Reciclajes Pérez, una chatarrería familiar de Palma de Mallorca. El presidente de la RFEC, José Luis López Cerrón, recordó aquellas vacas flacas durante los Desayunos Olímpicos de AS. Y dio las gracias a los ciclistas “por su paciencia y comprensión”. El bache ha sido superado y ahora aspira ambicioso a los podios de Tokio 2020, donde España irá con posibilidades de éxito en tres de sus cuatro disciplinas: ruta, pista y mountain bike.

Torres, un protagonista de aquella historia, se erige como una de esas bazas gracias al regreso de la madison al programa olímpico, emparejado ahora con Sebastián Mora. El ciclismo es un vivero de medallas para el deporte español, concretamente el tercero (15), por detrás de la vela (19) y del piragüismo (16) y por delante del atletismo (14) y del tenis (12). Desde Barcelona 1992 sólo ha fallado en el podio en Londres 2012. La mayoría procede de la pista: nueve metales. Y el último fue el bronce del biker Carlos Coloma en Río 2016. El riojano no tiene asegurada su plaza en Tokio, pero ha modelado a su sucesora, Rocío del Alba, un valor de 22 años que ya sueña con medallas. Ellos son las opciones sobre ruedas, junto al incombustible Alejandro Valverde en ruta. Y no suelen fallar.