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Marc Márquez no deja ni las migas

Marc Márquez sufrió una caída el viernes, en los libres. También rodó por los suelos el sábado, en la clasificación. Y este domingo le bastaba con evitar esos accidentes para proclamarse otra vez campeón del Mundo. El ilerdense podía permitirse no arriesgar, no necesitaba exponerse. Si sacaba dos puntos más que Andrea Dovizioso, el octavo título iba para el zurrón. Y el italiano estuvo por detrás desde la salida, lejos de la puja por la corona y por el gran premio. Aun así, Márquez arriesgó. Está en su naturaleza.

El pulso de la carrera lo sostuvo con Fabio Quartararo, un maravilloso piloto de 20 años que todavía no ha estrenado victoria, pero sí ha demostrado que es muy rápido, como confirman las cuatro poles que suma en este campeonato. Márquez se la jugó en la última vuelta, superó al francés y remató el Mundial a lo grande, con un triunfo en Tailandia, a falta de cuatro premios. Buriram se traduce como la Ciudad de la Felicidad. Un buen lugar para su octava alegría en un Mundial, la sexta en MotoGP.

Márquez tampoco hizo nada nuevo. Ya nos tiene acostumbrados a estas emociones. De hecho fue casi un calco del año pasado, cuando venció en el Gran Premio de Japón para coronarse campeón a falta de tres carreras, y un día después de haberse caído en la clasificación. Unos ingredientes parecidos para un cocinado similar. Los ases del deporte son así. No dejan ni las migas en el mantel.

Marc es el mejor piloto de siempre a su edad, 26 años, como ya lo era antes con 25. Su voracidad le hace subir los escalones a pares. Con su sexto título de MotoGP ha adelantado en la máxima categoría a Mick Doohan, otro icono de Honda, que se retiró con cinco mundiales de 500cc en su palmarés, y sólo ve por delante a Valentino Rossi, con siete, y a Giacomo Agostini, con ocho. Nombres de leyenda en el motociclismo. Marc Márquez también lo es. Una leyenda viva y hambrienta. Insaciable.